Un peligroso caso, y al mismo tiempo de libro -por cierto reincidente- es el de Pere Navarro, el director de la DGT, que se ha descolgado hace unos días con unas declaraciones colmadas de sabiduría: “usar cada día el coche para transportar a una sola persona es un lujo”, ha sentenciado, y no contento, para aquellos a los que hubiese faltado cierto contexto y razón, ha rematado este sujeto aclarando, apelando a la pura física, que “es absurdo mover más de 1.500 kilos para desplazar a menos de 100”.
Hay muchas cosas absurdas en este país, mucho más que el hecho de que una madre de familia coja su coche por la mañana para desplazarse hasta su lugar de trabajo mientras el padre de familia coja un coche distinto, traslade a sus hijos hasta el colegio y, acto seguido, lo haga (¡oh, en solitario!) hasta su oficina, que puede estar en el extremo opuesto de la ciudad.
Es más absurdo e insostenible que esto, bastante más, tener que soportar a un gobierno de ineptos y ladrones. Pero esto no inquieta al señor Navarro, porque forma parte de la banda. O mantener con el sudor de la frente de cada ciudadano la flota de coches oficiales más onerosa de todo el continente europeo. Pero esto tampoco inquieta al señor Navarro. Nos pretenden tomar por idiotas y, cuando agachamos el lomo como sociedad, tal vez en gran medida lo seamos, como en las viñetas de Forges.
Declaraciones descacharrantes y lamentables como las de Navarro prueban hasta qué punto las castas parasitarias (no sólo cargos electos sino toda suerte de enchufados, por engolados y solemnes que se presenten) están usando las políticas derivadas de la agenda 2030 como total instrumento de control, con o sin anestesia. Subir impuestos verdes, vigilar inquisitorialmente el consumo energético, limitar o prohibir la actividad de ciertos sectores productivos, introducir constantemente mecanismos precisamente de control y sanción desde la administración…
No son sólo políticas que, en última instancia, encarecen la vida del ciudadano corriente y moliente sino que, siendo trasladadas a la opinión pública por ciertos cabestros, botarates y demás palanganeros, pretenden responsabilizar, culpabilizar, criminalizar al ciudadano corriente y moliente por muchas de sus conductas, que han sido, son y deberían ser totalmente normales.
La agenda globalista -en apariencia apoyada por expertos y organismos técnicos- es el bulldozer de las clases medias y bajas; significa, desde el punto de vista material, un camino inexorable al empobrecimiento. Algún día es posible que en países como en España se ponga freno a sus inicuos atropellos. Y sería de justicia, entonces, poner en una balanza a quienes retomaron la senda del sentido común, de la libertad y de la creación de riqueza. Y a quienes, como contrapeso, callaron, tragaron o avalaron a cabestros, botarates y demás palanganeros como los que piensan que, en el mundo aparentemente desarrollado de 2026, el hecho de que un particular suba a su propio vehículo en solitario es un lujo que no nos podemos permitir. ¿Lo veremos pronto?