Meritxell Hernández, experta en sostenibilidad y CEO de Roll’eat, denuncia la normalización de esta conducta: “La estética del orden se está convirtiendo en una fábrica silenciosa de basura. Estamos tirando envases útiles para sustituirlos por otros nuevos solo porque quedan mejor en un vídeo de 30 segundos”.
Los datos más recientes refuerzan esta alerta. En 2024, España recicló 1.560.404 toneladas de envases domésticos, un 5,4% más que el año anterior, según Ecoembes. Del total, 589.885 toneladas correspondieron a envases plásticos, una cifra también al alza. Aunque estas cifras podrían interpretarse como un indicio positivo, esconden una realidad menos amable: el sistema está absorbiendo un volumen creciente de envases porque su consumo sigue aumentando. De hecho, el mismo estudio refleja que en 2024 las empresas pusieron en el mercado 2.045.761 toneladas de envases, un 19,5% más que en 2020.
Doble residuo, doble impacto
Hernández subraya que “la sostenibilidad no puede medirse por la estética”. Y advierte que estas tendencias fomentan una doble compra: la del propio producto y la del contenedor acrílico que lo sustituye. Esto genera un doble residuo y una doble huella ambiental. “Confundimos orden con sostenibilidad. Confundimos vida real con escaparate. Y cuando priorizamos lo que se ve por encima de lo que usamos, terminamos produciendo basura innecesaria”, lamenta la experta.
Las cifras ponen en evidencia este desajuste. Ya en 2023 España reciclaba más de 733.000 toneladas de envases plásticos, volumen que siguió creciendo en 2024 empujado por un consumo cada vez mayor. Aunque el país alcanzó en 2024 una tasa del 76,3% de envases reciclados, cumpliendo los objetivos del Real Decreto 1055/2022, el desafío actual ya no es reciclar más, sino producir menos residuos desde el origen.
Y es precisamente ahí donde las tendencias estéticas de organización digital están jugando en contra. La presión por mostrar hogares perfectamente uniformados está impulsando decisiones de consumo que multiplican residuos innecesarios y alimentan una cultura material difícil de sostener. Para Hernández, la clave es evidente: “No necesitamos más contenedores, sino menos objetos superfluos. La sostenibilidad empieza por un gesto básico y radical: usar lo que ya tenemos. El verdadero compromiso ambiental no siempre es instagramable”.