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Miedo

Miedo
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domingo 08 de marzo de 2026, 09:15h

Como dijo Cervantes, en beneficio de la humanidad, por boca de un universal Don Quijote, y no solo de La Mancha, el miedo es, junto con la injusticia y la ignorancia, el único con género masculino de los tres gigantes contra los que a todos más de una vez nos va a tocar luchar.

No obstante, disponer de tal herramienta es fundamental para incrementar el éxito en la obligada tarea diaria de la supervivencia. La ausencia de miedo solo existe si está dañada o es disfuncional la amígdala cerebral. Lo contrario al miedo no es la valentía; esta solo es el antídoto contra el bloqueo que produce. Por ese motivo, si ciertamente solo pensar en enfrentar el miedo te hace sentir aterrorizado y te paralizas, obligarte a llevar dicho enfrentamiento a término es la única forma de hacerte más valiente, es decir, de proveerte del antídoto.

No hay que tener miedo a envejecer; lo que debe asustar y mucho es llegar a la vejez sin haber aprendido lo suficiente, sin haber reducido el tamaño de uno de los otros dos de género femenino gigantes cervantinos.

Y tendrías que preguntarte. ¿Para qué reducirlo? ¿Y cuánto es lo suficiente? A lo que alcanzada la edad provecta deberías poder responder: Sí, siendo optimista, podría decirse que no sé poco, pero también sé que es infinitamente más lo que no sé y jamás llegaré a saber; por eso mismo no debo dejar de aplicarme, dicho en el más puro estilo goyesco, lo de “aun aprendo”, y en consecuencia no debo nunca dejar de seguir aprendiendo.

El miedo es consustancial con la vida; y la muerte, que no ha hecho mérito alguno para que se lo tengas, con su visita para siempre te despoja de él. Con base en esa actitud, cuando se vaya acercando el momento y te pregunten: ¿Sientes el miedo? Podrás responder, en mi representación vital mental hecha con forma de moneda; en la cruz hay un viejo prudente que lo evita y en la cara un osado joven de edad avanzada que todavía se resiste a rendirse o a huir.

Es el miedo no entendido el que lleva a verlo todo en blanco y negro; será comprenderlo y hacerlo propio lo que haga en primer lugar que aparezca en el panorama la extensa gama de los grises y, después, a quien asume el riesgo con arrojo y se atreve a subir un peldaño más, será la valentía, integrada en una mitad por la conciencia y en la otra mitad por el olvido, curiosamente, aunque no necesariamente para mucho rato, la que lo mostrará todo colorido.

El miedo no se vence con motivación, se le gana con la acción y facilita mucho tal empresa aderezarla con un punto de humor. Recuerdo al veterano buceador que si un día no procedía al descenso para el que había sido contratado no recibía los emolumentos con los que garantizaba el sustento de su prole, así que no tenía otra opción cada jornada que la de entrar en el agua oscura; era su trabajo y se esperaba que cumpliera; y justo entonces cuando de espaldas comenzaba su bajada por la escalerilla de popa y el mar solo le llegaba por el tobillo, nadando alrededor del barco se dejó ver sobresaliendo en la superficie la aleta dorsal un gran tiburón blanco de seis metros de largo; un vigilante marinero subido en la amura de babor fumando un cigarrillo le advirtió, ese “pececillo tragón” te podría engullir en un santiamén con las bombonas de aire incluidas, yo que tú no correría ese peligro, sería más prudente posponer la inmersión. Y sereno, el enjuto hombre rana respondió: “No es mal consejo, pero ya se sabe que en momentos como ahora, que bajo ningún concepto se puede posponer la reparación, cuando toca, no hay otra, y en tal ocasión, para ejecutar y consumar, cada uno debe asumir y correr su propio riesgo, grumete; yo el de servir de posible alimento y ese pedazo de cabrón el de sufrir una posible indigestión.”

Si estamos de acuerdo en que el primer objetivo debe ser siempre la eficacia de la acción, previamente a ponerla en marcha y comenzar el entrenamiento para superar el miedo, antes que nada hay que empezar por determinar bien dónde focalizar el esfuerzo; la gacela, para reducir su temor a ser devorada por el león, puede, lo que no es precisamente nada fácil, centrarse en superar en la carrera por la vida al depredador; o puede, por ser más factible conseguirlo, afinar el tiro y emplear el consumo de su limitada energía en lograr no ser nunca la más lenta de toda la manada.

Hay uno que siempre me llamó la atención, dado el hipócrita escaparate en el que se ha convertido nuestra sociedad, donde tantas veces solo se aplica para calificar al personal el grado de cumplimiento de la satisfacción de la expectativa ajena, donde no pocas veces se nos mide por aquello de “tanto tienes, tanto vales” y donde desde muy joven te inculcan el sentimiento de culpa. Es un miedo al que se le puede, si nos subimos al carro de la empatía, encontrar justificación; es ese que se tiene al fracaso cuando uno se ha esforzado al máximo sin escatimar trabajo, sudor, gasto de coraje ni buscar excusas o razones para bajar el ritmo.

Esto me recuerda la anécdota del esforzado alumno que, a mediados de junio, el día del examen, en el momento previo a entrar en la clase donde iba a someterse a la prueba oral de evaluación de final de carrera, a peor fortuna, con el catedrático más duro de la facultad; de sus compañeros escuchó: ¡mucha suerte! Y girando la cabeza, mirando al cielo implorante con voz potente, gritó: ¡suerte no, justicia! Pasada una hora, cuando los estudiantes que le habían precedido no se habían extendido más de media, al salir del aula, tras terminar su largo turno, sus amigos expectantes le preguntaron: “¿Cuál ha sido la sentencia?” Y cabizbajo, con una voz ronca que apenas le salía del cuerpo, contestó, después de quedarme sin saliva suplicándole cuarenta y cinco minutos un miserable aprobado; ese indeseable me ha puesto un cuatro con noventa y cinco; el muy hijo de mala madre me ha fastidiado el verano; me toca volver en septiembre. Y el más tonto del grupo, en todos hay uno al que se debería desterrar; para animarlo, le dijo: “Tranquilo, no te preocupes, ya te lo sabes, solo tienes que repasar un poco”.

Por todo lo anterior, y alguna experiencia propia que no pienso contar, con el tiempo he aprendido que sentir el miedo y sobre todo el miedo al futuro, según las circunstancias que te tocan en suerte, a veces tiene su lógica no carente de sentido, pero con el tiempo también he aprendido que a veces la vida nos sorprende y en su quehacer caprichoso nos resuelve las cosas que nos preocupan y asustan de una manera curiosa; eso sí, si confías, no interfieres y la dejas que funcione sola, libre y a su aire.

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