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Minoría

domingo 22 de marzo de 2026, 10:27h
Minoría

A mis soledades voy,

de mis soledades vengo,

porque para andar conmigo

me bastan mis pensamientos.

Para mi fortuna, cada vez que he comprado un boleto para el sorteo de la “Lotería de la compañía para hacer el camino de la vida”, he sido siempre beneficiario de un premio: en un par de ocasiones fui señalado con el que sería el equivalente a los “Euromillones”, que a día de hoy el importe recibido, aunque menguado, sigue conmigo casi en su totalidad; también en no pocas veces colmó mi alegría el que sería el análogo al “Gordo de Navidad”, alguno de estos fue muy bien empleado y sigue aportándome grandes satisfacciones; y además, para rematar, por si fuera poco, en otras muchas me ha tocado la “Pedrea”, los cuales en su totalidad los he gastado para disfrutar.

No obstante, en esta reseñada estrofa que inicia un romance de Lope Félix de Vega Carpio publicado en 1632, cuando ya tenía el Fénix de los Ingenios la edad de setenta años, y que cuando la leí por primera vez con quince años, en la clase de un profesor al que algún dolor de cabeza produje, ya me pareció encontrar toda una declaración de principios; con descaro y sin permiso alguno del autor la tomé prestada, sin intención de devolución y confiando en que operara la institución romana de la usucapión, como guía básica de vida.

Y en consecuencia, nunca se me ocurrió apuntarme a ninguna de las corrientes de pensamiento generalizadas, a las que ahora los cursis llaman democratizadas, sobre la única base de su aceptación y defensa por una mayoría mayoritaria (valga el pleonasmo), ni siquiera cuando su fundamento se apoya en concepciones humanitarias, y mucho menos a las que tienen, aunque sea simplemente en modo ligero, un tufo a buenismo. Cuando me las ofrecen, preciso con urgencia un cubo.

¿Qué quieren que les diga? Me gustó y gusta practicar aquello de: “No volar alto quizás, pero sí volar solo”. Que, en honor a la verdad, lo aprendí e interioricé al leer la fabulosa obra de teatro de Edmond Rostand (estrenada en 1897) inspirada en la vida del poeta, dramaturgo y duelista francés Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac.

Es lo que tiene leer, una acción que se realiza en soledad y que luego a menudo provoca el rechazo a sumarse al montón de los que suscriben lemas de rechazo iniciados con un “no”, obvios, breves y exentos del más mínimo matiz. Disfrutar de los monemas negros plasmados sobre blanco con sentido y profundidad hace que se prefiera, si no hay otra opción posible, llegado el caso, colocarse al lado, en una esquina pero bien visible, de la minoría minoritaria (acéptenme de nuevo el pleonasmo), que esgrime una pancarta que reza: ¡No a los eslóganes baratos!

Esa, la de pertenecer a una minoría de la que en cierto modo también quiero alejarme por riesgo a sentir la decepción que antes o después produce cualquier masa, por pequeña que sea, es una de las varias razones por las que nunca he sido partidario de celebrar lo que tiene todo el mundo, como por ejemplo es poseer un año más, cuando tras el lapsus temporal de tal duración sigues vivo. El cumpleaños me pareció desde joven una vulgaridad; prefiero alguna noche, jamás todas, celebrar mi particular “cumpledías” y, por supuesto, en soledad. Alguien dirá: “No es excluyente la práctica de ambos”, lo que es cierto y no se puede negar, pero hacerlo es acaparar e incrementar la probabilidad de duplicar, aunque ello solo se podría producir un día en todo el año, y eso es otra innecesaria manifestación, a mi parecer también muy vulgar. La pertenencia a la minoría lleva implícita la ubicación, las más de las veces, en el lado estrecho del embudo, aunque la lógica de la mayoría parezca indicar que el reparto entre menos hace que se toque a más.

No suscribo ni me fío ni me convence la apariencia, pues nunca en esta está depositada la sustancia, y menos la del grupo de estrenado nuevo cuño, que con alaracas como si fueran feriantes de veredas estrechas, anuncia el debut de su espectáculo y, si miras atentamente debajo, a falta de ideas nuevas, se cree original porque ha encontrado otra fórmula para que sean compradas, y no precisamente a un precio barato, una vez más las viejas [ideas] de sobra conocidas por todos y que repetidamente ya antes fracasaron.

Siempre me incomodó y enfadó mucho que el regalo viniera envuelto en un colorido papel de valor superior al del obsequio, y me genera una gran cantidad de ira interior cuando, al ir a romperlo, para dejar al descubierto lo que hay dentro, me dicen que no lo haga a lo bruto, que es un papel muy bonito. Y entonces recorre mi pensamiento: ¡Un mojón va a ser bonito! ¿Cómo puede ser así visto cuando en verdad el falaz envoltorio únicamente es el cómplice de una estafa?

Dadas las muchas que por doquier nos ofrecen, cada vez son más las que se venden con esta atractiva forma. Hoy en día, una idea empaquetada de manera elegante puede perfectamente ocultar una auténtica chapuza intelectual, totalmente alejada del principio elemental que dice, y se cumple, que con independencia de las vueltas y revueltas que se le quiera dar, al final sí o sí en el universo las cuentas en el balance, sea por ósmosis o por percusión, siempre terminan por cuadrar.

Reivindico y ruego encarecidamente, contrariamente a lo que hoy es costumbre, que a las minorías en las que me integro no se les preste ninguna atención; reivindico la minoría desde el “no derecho” de los demás a absorbernos. La última de la que formo parte, me he sumado esta semana, es la de los “No opinión”; es un grupo contracorriente que, en un mundo donde tantos son expertos de tanto y están deseando manifestar la suya, nos esforzamos porque cada vez sean más las cuestiones sobre las que nos podamos dar el lujo de no tener opinión. Cerramos puertas mentales porque se ahorra mucha energía, no porque al opinar sobre cualquier cosa se termine perdiendo, sino porque al no opinar, aquella se transforma y se focaliza en lo que de verdad para la mayoría, vista su conducta, no merece la pena.

Hay quien prefiere estar equivocado en amor y compañía junto con la maldita mayoría a estar acertado en solitario. Nunca fue mi caso; si al final es lo que toca, también para estar equivocado, mientras quepa probabilidad de reparación para el posible hecho de haber causado daño, en cuestiones de pensamiento se me acomoda mejor estar solo o, en todo caso, en amable acompañamiento de una muy pequeña minoría que pase desapercibida; a lo sumo dos, que tres ya es multitud.

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