Pienso en la simplicidad del mundo en que vivimos. Si para entendernos bien hay que ir al dibujito, o es que no sabemos expresar nuestras ideas por escrito, o el que lee anda un poco justito de entendederas y le hace falta la ilustración.
No hay que pensar mucho para darnos cuenta que si esta tendencia se asienta, y tiene todo el aspecto, puede suponer un paso atrás en la capacidad de comunicarnos. Y en ese retroceso no está claro adonde podemos llegar. Venimos de una sociedad que no hace tanto era mayoritariamente analfabeta y que echaba mano de pregoneros, juglares, teatrillos básicos y cuentos con moraleja para informar y entretener. Lo que facilitaba la manipulación al máximo de los individuos.
El gran avance fue, precisamente, que la humanidad comenzó a leer, a informarse y a tener ideas propias.
Todavía más apocalíptico sería que, cómo nos desprendamos de toda palabra escrita, en favor del dibujo, nos podemos retrotraer a períodos tan lejanos en donde el personal andaba con poco más que un taparrabos… Un poco exagerado lo que digo, pero el camino ya ha comenzado.
Esto de escribir o hablar, desarrollar un pensamiento, argumentarlo con cierta extensión, o pensar lo que se va a decir se está convirtiendo en una especie de deporte antiguo o snob, tipo el cricket, o uno de esos. Que lo practican solo unos pocos, vamos.
Hay un esfuerzo en la escritura que no apetece. Y por tanto, los conceptos se simplifican. Y se acomoda uno a los emojis o a frases muy cortas acompañadas de los dibujitos, con toda su limitación. Luego, como es normal, vienen las confusiones: “es que me has entendido mal…” Si bien, cabe algo más breve aun como sería el ghosting: no te contesto, desaparezco y adiós muy buenas y nos ahorramos toda la palabrería.
La simplicidad de lo escrito también es la de lo hablado. Escuché hace poco una frase de una persona que consiguió reafirmarme: “Yo, Asia, lo tengo muy trillado”. Quién sabe a lo que se refería: religión, política, arquitectura, filosofía, gastronomía…, pero esa persona en su mente, como bien decía, lo tenía trillado y con seguridad, todo revuelto. No me imagino a Marco Polo, por lo de Asia, narrando a su regreso a Venecia sus viajes de forma tan sucinta.
Fue Wittgenstein el que dijo «los límites del lenguaje son los límites de mi mundo», y por tanto, opino que el que no esté dispuesto a ampliar su lenguaje no podrá ampliar su mundo o no lo comprenderá.
Me permito animarlos a la rebelión: hablemos y escribamos español con sus eñes y sus tildes, digamos y escribamos tacos sonoros de entre la gran variedad existente y los dibujitos, con todo el respeto, para los cuentos.
Y si un día uno está jodido, pero de verdad, hay que decirlo así, no con un emoji, qué carajo.