El fútbol está para unir, nunca para señalar ni humillar por religión, origen o identidad. Y la manifestación de “esos pocos” es evidente que hay que erradicarla en aras, siempre, del respeto; en la grada, en el campo y fuera de él, porque no hay rivalidad ni partido que justifique la difusión de odio, incluso por aquellos descerebrados que entienden, inconscientemente, que un marco festivo lo puede justificar.
Dicho lo cual, lo que no es admisible es (aprovechando que el Pisuerga en este caso pasa por Cornellá) la campaña que grupos minoritarios y radicales han lanzado para criminalizar a la hinchada española en su conjunto y, de paso, vetar la presencia de la selección española en Cataluña.
Tiene todo el sentido que los Mossos, como han hecho, anuncien una investigación para identificar a quienes instigaron ese desafortunado cántico y que, por descontado, si se les llega a identificar se les sancione con la prohibición de acceso a cualquier recinto deportivo. Simplemente sobran.
Lo que no lo tiene es que el ‘lobby separatista’ lleve toda la semana echando más leña al fuego y, al calor de los incidentes, pidiendo abiertamente que la selección española no vuelva a jugar en Cataluña (¡hasta se ha estigmatizado sin distingos a la afición del Español, a los socios de la entidad blanquiazul!).
El problema aquí lo generan y lo tienen quienes, viendo las gradas de un estadio en Cataluña llenas de banderas rojigualdas, sienten una ofensa y entienden (¡escandalizados!) que la imagen no es aceptable. Ese sectarismo también sobra. Claramente. Porque es el mismo que, rasgándose ahora las vestiduras, se emociona cuando se pita el himno nacional, por ejemplo, en la final de la Copa del Rey. Y porque los estandartes de ese sectarismo son capaces de arrastrar hasta el centro del debate, para incrementar los daños colaterales, a Lamine, la joven estrella nacida en Mataró, para lograr que España no vuelva a pisar Cataluña.
Por desgracia para los más fanáticos, ‘la Roja’ volverá a hacerlo, y confiamos en que mucho antes incluso de que pueda ser en competición oficial, nada menos que en el Mundial 2030 que deben organizar España, Portugal y Marruecos. Es seguro que los dirigentes de nuestro fútbol, con naturalidad, seriedad y firmeza, no se dejarán empujar hasta las barricadas.