En el tenis moderno, que data de 1870, un deporte que, cuando te cuentan cómo funciona la forma de puntuar (loveo cero, 15, 30, 40 y juego),sin más profundidad en la explicación, ya sabes por su falta de lógica que tuvo inevitablemente que ser inventado por un inglés, y donde para ganar un set, que se compone de seis “juegos”,tiene que subir a tu marcador como mínimo uno de esos “juegos”,en los que te ha tocado “restar”, que es como se denomina al hecho de responder al saque del contrario.
Y el origen de esta expresión “restar” viene del francés, concretamente de la palabra “rester”, término que en el francés antiguo o medieval significaba "quedarse", "permanecer" o "resistir"y que se utilizaba en el "jeu de paume" (juego de palma), muy habitual entre los nobles en la Francia del siglo XI, donde se golpeaba la bola con la mano. Ya puestos a cerrar el círculo, la palabra "tenis" proviene del francés antiguo "tenez" ("toma" o "recibe"), que gritaban los jugadores al servir la pelota, y de la que rápidamente tenías que desprenderte, devolviéndola.
Y hablando de resistir, acción en la que, gracias a la unión de la ignorancia y la obstinación, destacaron notablemente los últimos de Filipinas. “El que resiste, gana” es una célebre frase dicha por el premio Nobel de Literatura Camilo José Cela, quien la pronunció en su discurso de recepción del Premio Príncipe de Asturias en 1987. Frase que tiene su antecedente en la famosa expresión "¡Resistir es vencer!", que fue acuñada y popularizada por Juan Negrín López, médico y último presidente del Gobierno de la Segunda República Española. Pero tampoco este político es el verdadero y absoluto creador desde la nada y por méritos propios de tal enunciado porque, como suele descubrirse a menudo, no se ha inventado tanto tras el paso por la Tierra de los clásicos, y ya desde mucho antes existía la locución latina Vincit qui patitur (vence quien persevera), atribuida a Séneca.Cuando primero se ha leído a los clásicos,a veces se hace muy difícil evitar pensar que muchas lecturas posteriores poco aportan, e incluso alguna solo resta.
Para ser diferente en la cultura de la abundancia material, y ser percibido como tal, hay que contribuir desde el desprendimiento, lo que consiste en restar, al igual que ocurre con la elegancia; en demostrar que menos es realmente más; que destaca quien culmina su propósito con eficacia sin tener disponibles todos los elementos necesarios para hacerlo.Se sobresale, salvo en los carnavales, por el atractivo de los rasgos naturales mostrados tal cual, sin más, no por el exceso de maquillaje.
Restar es hacer posible el acto de irnos liberando de nuestra rutinaria impronta con cada nuevo paso que damos; es encontrar sin demasiada demora una solución para casi toda urgencia,aunque, de momento a primera vista, no se perciba por la mayoría, en su infantil ideal, como la salida o escapatoria más adecuada.
La distinción exige una permanente ocupación en restar la inevitable predictibilidad que tiene uno como ser humano, a la par que requiere el estar constantemente atento para disminuir en la máxima medida posible la incapacidad de controlar la totalidad de los actos a los que dedicamos nuestro tiempo, para contribuir con su práctica a entender que esta es la única vía que poseemos para minorar la innata tendencia que todos tenemos a incurrir en los torpes descuidos que maximizan el desacierto.
Un padre, desconcertado por el desempeño de ese siempre complicado rol, un día desbordado por el agotamiento que genera una continuada improductiva acumulación de vanos intentos a los efectos de proporcionarle una buena educación, preguntó a su hijo: ¿Se puede saber por qué no puedes ser como el resto? A lo que su indómitojoven vástago respondió: Porque para ser como el resto, ya está el resto.
Y con esto llegamos al final. Si has observado que en esta ocasión, esta columna dominical, es más breve que sus predecesoras, me gustaría creer que no te habrá costado deducir que, en coherencia con su prédica,para distinguirla era obligado por mi parte restarle extensión.