En el plano social, los sentimientos y los razonamientos, en su nivel más profundo, se suelen plasmar, o alinear, con las conclusiones religiosas o filosóficas. Esto no conlleva para los demás ningún problema, salvo cuando se asumen como verdades absolutas para todos y nos permitimos imponer a los demás la obligación de asumirlas.
Por ello toda conclusión religiosa, o filosófica, debe ser tomada con mucho cuidado en la medida en que pretendamos que obligue a los demás.
Entre los pensadores que han advertido de los riesgos de que el pensamiento nos engañe, tengo especial predilección por Francis Bacon (1561-1626), en especial por su denuncia de los ídolos del pensamiento que pueden llevarnos por mal camino. Señalaba cuatro.
Primero, los ídolos de la Caverna en que cada uno nos hayamos encerrado con nuestros pre-juicios y conclusiones prejuiciosas. Segundo, los ídolos de la Tribu en que vivimos, que consisten en aquellas “verdades” que nuestro grupo social asume como ciertas e indiscutibles y allá de quien ose salirse del rebaño. Tercero, los ídolos del Mercado, constituidos por aquellos términos y conceptos que se usan para descalificar o ensalzar, al margen de su definición en el diccionario. Por ejemplo, converso, ateo, papista, ultra, progresista, hereje, conservador, capitalista, socialista, e incluso otros, tales como científico o intelectual. Cuarto, los ídolos del Teatro o del Foro, que consisten en apoyarnos en la presunta autoridad de terceros, a los que se utiliza como escudo de nuestras ideas, renunciando a nuestra capacidad de fundamentarlas nosotros mismos.
Entre los pensadores religiosos me gusta Santo Tomás de Aquino, sobre todo porque afirmaba que ambas, la razón y el sentimiento, el intelecto y la fe, proceden de Dios, por lo que habría que presuponer que ambos caminos deberían llevar a la misma conclusión.
Las tradicionales y naturales preguntas, ¿quién soy? ¿de dónde vengo? y ¿adónde voy?, han estado muy presentes a lo largo de la Era Cristiana, aunque lamentablemente en muchos casos, tanto por el lado de la Fe como por el de la Razón, no se han abordado en un contexto de respeto al otro, sino que han sido fuentes de conflictos absurdos de los que se ha derivado el rechazo al otro e incluso se ha justificado su eliminación.
A lo largo de la Era Cristiana, primero en Europa y luego en América, el marco político y social tuvo como eje la religión cristiana y una economía y una sociedad centradas en el poder real o imperial y en la aristocracia. La inmensa mayor parte de la población vivía principalmente en el sector Primario y, más específicamente, en la Agricultura.
La religión cristiana fue declarada oficial en el imperio romano en el año 380. Mantuvo su esencia, aunque con grandes divisiones entre católicos, ortodoxos, protestantes, etc. No obstante, incumplió frecuentemente su mandamiento social principal, amar al prójimo como a uno mismo, ya que es contradictorio decir que se ama al prójimo y no respetar su derecho a que discrepe de nuestras conclusiones o doctrinas religiosas.
El pensamiento racional filosófico, que provenía principalmente de Grecia, quedó aparcado en gran medida. Volvió a resurgir poco a poco en la Edad Media, aunque limitado a las escuelas monásticas y catedralicias que traducían y conservaban textos de los antiguos pensadores griegos. Después, a partir de finales del siglo XI, empezaron a aparecer las Universidades (Bolonia, Oxford, Paris, Salamanca, etc.) en gran medida derivadas de aquellas, pero sin llegar a tener una presencia social suficiente, que cuestionara las estructuras tradicionales religiosas y socio económicas.
El poder teocrático y aristocrático siguió siendo el dominante. Reprimió con dureza todo cuestionamiento de las diversas interpretaciones dogmáticas del cristianismo, llegando a la reclusión, tortura e incluso muerte de los discrepantes (ej. Giordano Bruno quemado en la hoguera en 1600, en Roma). Esto dio lugar a que se fuera generando un cierto rechazo del lado intelectual hacia la religión, que era la que detentaba el poder social.
La gran mayoría de los que me estéis leyendo seguramente estaréis de acuerdo en que es lamentable que el nombre de Dios se haya utilizado, o utilice, para ahogar o exterminar el derecho humano más básico, el derecho a la libertad de pensamiento. ¿Acaso no toleró el propio Dios la Caída del Hombre en el Jardín del Edén, a pesar de que ya les había avisado? Si eso lo toleró Dios, ¿quiénes somos los humanos, que creamos en El, para impedir que nuestro prójimo tenga sus ideas propias? Obviamente, la libertad de pensamiento debe ser total como es natural, si bien cabe reprimir la puesta en práctica de lo pensado, si eso agrede, o propone que se agredan, los derechos humanos de los demás.
La lamentable lucha entre las religiones cristianas sólo empezó a calmarse a mediados del siglo XVII, tras la Guerra de Religiones, o Guerra de los Treinta Años, 1618-1648. A partir de entonces, en cada reino o imperio, siguió teniendo prioridad la propia denominación cristiana si bien empezó a haber una cierta tolerancia a la práctica, en privado, de otras religiones. En ese mismo siglo XVII, la filosofía empezó a separarse de la religión, aportando explicaciones sobre el mundo, pero, generalmente, sin cuestionar la esencia de la fe cristiana.
Sin embargo, en el siglo XVIII, el Siglo de las Luces, hubo un enfrentamiento más directo de la filosofía contra la religión, a la cual la tildaba como fuente de error (“Ecrasez l’infame”, decía Voltaire refiriéndose a la Iglesia) o a la que se consideró como institución a eliminar, como puso de manifiesto con sus hechos, la Revolución francesa de 1789.
No obstante, lo peor vino en el siglo XIX, con Marx y Engels, los cuales presentaron una ideología muy completa que daba respuesta ontológica a qué era el hombre, mera materia evolucionada; al origen del bien y del mal, que no era otra cosa que la aparición de la propiedad privada de los medios de producción; al papel que jugaban la religión, la literatura, las leyes, etc. Como justificantes de la explotación que la sociedad aristocrática y burguesa ejercía sobre los desposeídos. Además, explicaba que la historia no era otra cosa que una historia de las luchas de clases entre los desposeídos y los propietarios y concluía anunciando un final feliz, la sociedad comunista, donde todo sería de todos, donde habría libertad para cambiar de trabajo constantemente y donde, al acabar con el capitalismo, que era la causa de la alineación del ser humano, se crearía una sociedad humana ideal.
(CONTINUA EN PARTE 2)