Sin embargo, en los últimos tiempos, algo ha cambiado. Más que una tecnología, la IA se ha convertido en una narrativa. Y toda narrativa corre el riesgo de transformarse en una mitología.
Cada revolución tecnológica ha tenido la suya. Internet prometía acceso ilimitado a la información. Las redes sociales prometían conectar al mundo. La tecnología blockchain prometía una confianza descentralizada. Hoy, la IA promete algo aún más ambicioso: inteligencia.
Pero conviene preguntarse qué entendemos exactamente por inteligencia. La IA no piensa, no comprende ni crea en el sentido humano del término. Lo que hace es automatizar procesos a gran escala. Y ahí reside una diferencia fundamental que el debate público parece haber olvidado. El riesgo no es que la IA fracase. El riesgo es que los seres humanos dejemos de pensar por nosotros mismos.
Cuando las respuestas llegan de forma instantánea, la curiosidad corre el peligro de disminuir. Cuando las recomendaciones son automáticas, la responsabilidad individual puede debilitarse. Y cuando la tecnología parece resolverlo todo, la tentación de delegar el pensamiento crítico resulta enorme.
Al mismo tiempo, la propia narrativa de la IA está empezando a distorsionar nuestra percepción de la realidad económica. Analicemos, brevemente, el caso de Estados Unidos: el PIB ajustado por inflación creció un respetable 2 % durante el primer trimestre de 2026, sin embargo, bajo esa cifra se esconden dos economías distintas. Según cálculos publicados por The Wall Street Journal, la economía vinculada a la IA creció un 31 %, mientras que el resto apenas avanzó un 0,1 %.
Algo parecido ocurre en los mercados financieros. Siete grandes compañías tecnológicas representan ya más de un tercio de la capitalización bursátil estadounidense. Los índices muestran fortaleza, pero esa fortaleza está cada vez más concentrada en un reducido grupo de empresas. El resultado es una creciente desconexión entre los datos macroeconómicos y las percepciones de millones de ciudadanos.
Mientras inversores y empresas celebran el auge de la IA, muchos trabajadores observan el futuro con inquietud. No es casualidad que una parte creciente de los empleados tema que su puesto de trabajo desaparezca en los próximos cinco años. Tampoco sorprende que algunas grandes corporaciones anuncien despidos atribuyéndolos a la automatización. En ocasiones, culpar a la IA resulta más cómodo que reconocer errores de gestión o decisiones empresariales equivocadas.
Lo preocupante es que el mensaje se repite una y otra vez: «La IA sustituirá a los trabajadores». Tanto se repite que muchas empresas parecen haberlo asumido como una verdad incuestionable. Algunas incluso muestran menos interés en contratar jóvenes profesionales.
Es ahí donde surge una contradicción evidente: dentro de pocos años, millones de trabajadores pertenecientes a la generación del baby boom abandonarán definitivamente el mercado laboral. Las economías desarrolladas necesitarán nuevos profesionales para sostener su actividad. ¿Quién ocupará esos puestos si dejamos de invertir en talento humano?
Por todos estos motivos me cuesta compartir el entusiasmo, casi religioso, que rodea actualmente a la inteligencia artificial. La IA destaca por su capacidad de repetir, procesar y automatizar. Pero la creatividad, la intuición, la empatía, el liderazgo y la capacidad de adaptación siguen siendo atributos profundamente humanos. Y son precisamente esas capacidades las que impulsan las grandes transformaciones históricas.
Quizá la próxima gran revolución no consista en desarrollar máquinas más inteligentes, sino en redescubrir el valor de la inteligencia humana. Por eso propongo hablar también de NI: Inteligencia Normal.
La Inteligencia Normal nos recuerda algo que la euforia tecnológica parece haber olvidado: las organizaciones seguirán necesitando personas. Personas para innovar, para decidir, para asumir riesgos, para liderar y para formar a las generaciones futuras.
Porque si algún día el actual auge de la IA pierde fuerza y la inversión masiva se transforma en decepción, volveremos a enfrentarnos a una realidad ineludible: habrá que formar, contratar y desarrollar talento humano. Será entonces cuando, probablemente, la Inteligencia Normal volverá a ocupar el lugar que nunca debió perder.