Los observadores occidentales la calificaron de “terciopelo”, queriendo destacar con ello la ausencia de métodos violentos para lograrlo. Pero fue aún más significativo que la palabra fuese el medio empleado por el pueblo checoslovaco para alcanzar sus objetivos, y por ello, más que Revolución de terciopelo, podría haberse llamado la “Revolución del logos”.
En estos veinticinco años muchas cosas han cambiado. Tras la derrota del comunismo por las fuerzas democráticas el país empezó a reconstruirse sobre firmes y sólidas bases de libertad y economía de mercado. Pero ningún cambio se hace en dos días, y en el caso de la República Checa el camino del totalitarismo a la democracia ha topado con sus lastres y altibajos como ocurre en todo proceso de transición. Pero como dijera el expresidente Václav Havel a pesar de algunas dificultades, el sacrificio ha valido la pena, porque la libertad y la democracia son sumamente importantes para la convivencia de los seres humanos.
La Revolución de terciopelo fue principalmente la revolución de los intelectuales. En Checoslovaquia los escritores siempre han encarnado la conciencia de la nación, denunciando todas las formas de opresión. Durante los cuarenta años de tiranía comunista esa tradición adquirió una connotación particular. La palabra escrita se convirtió en el arma de los disidentes investidos de la misión social de despertar a la nación de su apatía, de su desmoralización y de su escepticismo.
Uno de los eslóganes de la Revolución de terciopelo fue “la verdad prevalecerá”. Havel tomó del fundador de la República checoslovaca, Tomás Masaryk, el concepto moral del ciudadano y su comportamiento ético para asumir su responsabilidad. Denunció el miedo instaurado por el régimen como un miedo con sentido ético, y del que se derivaban la mentira y la corrupción moral. Estuvo preocupado por la base moral de la política y pasando de la disidencia a la Presidencia de la República se convirtió en la encarnación de la nación y en el garante moral de la democracia.
Para Havel la política debe estar investida de una misión ética más allá de lo cultural o de lo espiritual. Ese sentido de la ética política, la responsabilidad, la honestidad para consigo mismo, fueron su único equipaje para llegar a la Presidencia. Havel realiza un constante análisis de su propia conciencia, y asume su culpabilidad como miembro de una sociedad que aceptó el régimen comunista durante cuarenta años, aunque fuera con resignación. Siente la necesidad de explicarse y defenderse continuamente ante los demás, para borrar su sentimiento casi metafísico de culpabilidad.
Cuando en 1989, entre el 17 y el 29 de Noviembre, los sueños de los disidentes se hicieron realidad, Havel fue consciente de que la Revolución de terciopelo no había convertido a Checoslovaquia en un oasis de paz, y de que, lo que todavía es más importante, cada ciudadano tenía que asumir la herencia de una conciencia moral deformada. El discurso de Václav Havel el 1 de Enero de 1990 es una llamada a sus compatriotas para que asumiesen sus responsabilidades del pasado: “Vivimos en un medio inmoral y podrido. Estamos enfermos moralmente porque nos hemos acostumbrado a decir blanco y a pensar en negro. Hemos aprendido a no creer en nada, a no prestar atención al que tenemos al lado, a ocuparnos sólo de nosotros”.
En Checoslovaquia, después de la Revolución de terciopelo gobernaron los intelectuales porque no había políticos. Y lo hicieron hasta 1992 en que el pragmatismo de un político liberal como Václav Klaus ganó las elecciones de ese año. A pesar de ello, si en política algunos piensan que el intelectual siempre estará vencido de antemano y condenado a perder, para Havel –como escribiera en Interrogatorio a distancia- el intelectual nunca será vencido porque ganará perdiendo.
- Luis Sánchez de Movellán es Doctor en Derecho y Director de la Vniversitas CEU Senioribvs