La leí dos veces y, mientras buscaba unos papeles en el bolso de la chaqueta y un lapicero para copiarla, vi a una mujer mayor, casi una anciana, que me miraba desde la acera con unas flores en la mano.
- ¿Le conoció? – Pregunté.
- Mi padre. Eso lo grabó mi hermano. Era paralítico, pero lo grabó él. Está ahí, en el nicho de abajo. Tenía diecisiete años.
Me agaché para ver otra placa dorada, como la primera y con una inscripción mucho más corta, supuse que de la anciana:
Pues anda que tú. Te quiero, hermano.
Puse la palma de mi mano derecha sobre el dorado de la placa de abajo y después me incorporé e hice lo mismo sobre la de arriba. Aún no sé por qué, pero a pesar del frío y de la humedad de la mañana noté calor, en la frente y en las manos. Fruncí los labios e hice un movimiento de ojos a la mujer en señal de despedida. Andando entre los arbustos, volvió a envolverme la niebla. Miré hacia arriba, y vi el cielo limpio sobre el cementerio. Entonces reparé en que algo había hecho brotar unas lágrimas, que habían descendido por mis mejillas: Los epitafios.