Cuando se entronó a Maradona, se enterró a Pelé. Y así ha sucedido siempre y seguirá ocurriendo. El fútbol ha ido creciendo al ritmo de la civilización: pasó de ser un fenómeno local a uno regional, después nacional y, hoy en día, completamente global.
¿Qué habría ocurrido con los grandes ídolos del siglo XX, como Bobby Charlton, Alfredo Di Stéfano, Franz Beckenbauer y tantos otros, si sus partidos no se hubieran visto únicamente en televisores en blanco y negro y con una difusión muy limitada, sino con la cobertura mediática y el alcance mundial que existe en la actualidad? Probablemente, su reconocimiento internacional sería aún mayor.
Y vuelvo a Messi para expresar mi modesta opinión sobre como se le valora.
Vaya por delante que no discuto en absoluto su extraordinaria calidad como futbolista. Sin embargo, también ha contado durante gran parte de su carrera con un viento de cola que le ha favorecido, haciendo que todo pareciera sonreírle. Mientras las cosas fueron bien, su imagen pública se reforzó como la de una persona tímida, educada y siempre dispuesta a colaborar con la prensa y los medios de comunicación.
Pero, a mi juicio, en cuanto ese viento dejó de soplar por un instante, como ocurrió en la final del Mundial de Fútbol disputada en Nueva York, apareció otra versión de Messi. Aquella persona aparentemente reservada pasó a comportarse, en mi opinión, como uno más del grupo. Se le vio protestando al árbitro, asegurando que Marc Cucurella se había tapado la boca al hablar y solicitando su expulsión. Posteriormente, se sumó a la actitud de varios de sus compañeros, que demostraban una evidente frustración por no aceptar la derrota.
Lo que considero más grave es que Messi era el capitán del equipo. Cualquiera que haya practicado un deporte colectivo sabe que el capitán representa a todos sus compañeros y debe ser un referente dentro y fuera del terreno de juego. Basta ver el respeto que históricamente existe en el fútbol inglés hacia la figura del captain.
En mi opinión, Messi hizo justamente lo contrario de lo que debe hacer un capitán: dar ejemplo. No fue capaz de mediar para calmar los ánimos ni de poner fin a la tensión que se estaba generando simplemente por no saber perder. Tampoco supo ordenar a su equipo que se diera la vuelta mostrando respeto al rival que les había vencido.
Algunos argumentan que los jugadores estaban agradeciendo el apoyo de sus aficionados. Me parece perfecto. Pero, por respeto institucional y deportivo, primero debían permanecer en la ceremonia, mostrar consideración hacia el equipo vencedor y hacia las autoridades que entregaban las medallas, y solo después dirigirse a saludar a sus seguidores. Era perfectamente compatible hacer ambas cosas.
Además, ese mismo jugador siempre dispuesto con los medios dejó esperando a la prensa durante una hora y cuarenta y cinco minutos sin ofrecer declaraciones, dando también, a mi juicio, un mal ejemplo a sus compañeros sobre la importancia de atender a quienes forman parte del espectáculo deportivo.
Concluyo, como dije al principio, insistiendo en que esta es únicamente mi opinión personal. Para mí, Messi es un extraordinario futbolista, pero no considero que merezca el tratamiento de "señor" únicamente por su condición de estrella deportiva. Del mismo modo, pienso que para ser considerado el mejor jugador del mundo no basta con la calidad técnica: también es imprescindible demostrar deportividad, liderazgo y ejemplaridad, especialmente cuando se ejerce la capitanía.
Posdata. No olvidemos que la historia del fútbol es cíclica. Cada generación ha tenido sus grandes figuras y todas, antes o después, han ido dejando paso a nuevas estrellas. Así ocurrió con Pelé, con Maradona y con tantos otros. El tiempo termina colocando a cada uno en su lugar.