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Las diferencias entre un buen y un mal jefe

Las diferencias entre un buen y un mal jefe
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· Por Rubén de Gracia, experto en B2B y Linkedin

miércoles 19 de octubre de 2022, 08:44h

No hay jefes buenos y malos, hay personas con unas características que son considerados líderes carismáticos o jefes déspotas entre diferentes empleados a su cargo aun siendo la misma persona. ¿Por qué sucede esto? Seguramente todas las personas que no han sido autónomas o han tenido empresas desde el inicio de su vida laboral habrán tenido los dos tipos de jefes. Por un lado, están aquellas personas que sientes que te enseñan, apoyan y ayudan a desarrollarte como profesional y por otro lado la otra cara, aquellos jefes de puñaladas por la espalda que se cuelgan medallas y que te tratan como un simple número al que exprimir, pero muchas veces no es más que una sensación generada por las diferencias ente la forma de ser de un empleado y su responsable.

Vamos a destronar esa idea de que hay jefes malos y líderes buenos, siendo estos últimos personas que todo lo hacen bien, protectores de sus empleados a los que escuchan y protegen incluso más allá de los intereses empresariales y los primeros poco más que explotadores.

No hay unas características concretas que hagan que una persona se convierta en un buen jefe y otras características que la conviertan automáticamente en un jefe tiránico, todo va a depender de algo más profundo como es la personalidad de jefe y empleado, la relación entre el equipo, la filosofía empresarial de gestión de crisis y la valoración de los empleados como una fuerza y no un coste, esto último muchas veces olvidado.

Un jefe bueno no tiene por qué ser el jefe divertido y accesible, pero para ser un buen líder, si es importante ser una persona empática capaz de entender las necesidades del equipo y adaptarse a ello. Si en tu equipo tienes personas con altas capacidades relacionales, pero a los que les cuesta realizar unas fórmulas en Excel o realizar tareas repetitivas, lo ideal sería enfocarles a tareas que puedan sacar lo mejor de ellas como las ventas y no en tareas de gestión o control.

Independientemente de nuestros gustos, cada uno de nosotros tenemos unas cualidades, que bien explotadas pueden aumentar el rendimiento dentro de cualquier empresa y por el contrario tenemos otras áreas de mejora que si bien, pueden mejorarse, muchas veces generan puntos de fricción entre empleado y jefe e incluso son las que generan pérdidas en los resultados empresariales.

Ese jefe analítico, planificador, que tiene una agenda clasificada al milímetro y que realiza todo en base a un horario casi militar, no va a entenderse nunca bien con un milenial que busca libertad de tiempo y acción, teletrabajo y ser capaz de gestionar el día a día a su ritmo y basando su desempeño en resultados no en horas, y ahí es donde nacen los conflictos.

En este ejemplo, hay una gran diferencia entre lo que para los dos significa el trabajo y el nivel de control en el que se sienten cómodos, lo que generará problemas entre estas dos personas. Sin embargo, estas reglas y control no hacen que el jefe analítico sea un mal jefe o que el empleado que ahora es considerado poco menos que un inepto lo sea, lo que sucede es que son dos maneras muy distintas de entender el trabajo y el proceso, pero ambos comparten el mismo fin.

Por eso es muy importante ya en la etapa de reclutamiento, analizar las características psicológicas y los deseos del entrevistado más allá de su experiencia profesional o estudios.

Un mismo puesto puede ser cubierto por una persona cuyas aspiraciones o características personales estén alineadas para el puesto, generando una sensación de satisfacción en el empleado y retener el talento por más tiempo en la empresa o, por el contrario, que sea persona con un currículum magnífico la que es contratada pero que luego no encaje con la cultura empresarial y se vaya a los meses de ser contratado, como ha ocurrido recientemente en la gran renuncia.

Es un error creer que hay una clara diferencia entre jefes y líderes. Según la cultura popular estos jefes directivos son buenos en los procesos y en los números, pero son incapaces de inspirar y dirigir a las personas a su cargo, mientras que los líderes, además de buenos gestores, son inspiradores, cercanos y su mera presencia ya hace que la empresa funcione como un reloj, nada más lejos de la realidad.

No hay ninguna diferencia entre los líderes y los jefes, e insistir en que hay diferencia más allá del nombre, crea una línea artificial que es perjudicial para las empresas y para los directivos pues crea una separación entre el jefe bueno (líder) generalmente en la cúspide y el jefe malo generalmente en puestos intermedios.

Diferenciar jefes de líderes refuerza una idea jerarquizada de una empresa, donde se da a entender que existe una especie de mesías empresarial del que se supone surgen e inician todas las ideas e iniciativas y si algo no funciona, es por culpa de esos directivos incapaces o malos jefes, lo que puede hacer perder el sentido de la realidad.

Las empresas son grupos de personas con un objetivo común más allá de generar ingresos y cobrar un sueldo, o al menos debería ser así si quieren crecer y conservar a sus equipos.

Si reconocemos que son las personas las que las hacen funcionar un negocio y que generalmente las personas requieren propósito, desarrollo, inspiración y un lugar en donde sentirse seguras y valoradas, pero que a su vez reconocemos que todas estas características y la importancia de ellas distan mucho de una persona a otra, entenderemos que la clave para la creación de un entorno de trabajo que funcione no es algo estático si no tan dinámico como personas haya en la empresa.

Así que más que cualidades de jefe contra líder, lo que se necesita es una mentalidad y unas aptitudes de liderazgo mutantes que se adapten a las necesidades de cada persona del equipo, potenciando lo que necesita la compañía, pero adaptada a las necesidades de sus empleados, esto hará que el equipo rinda más y sea mucho más efectivo.

La figura de ese líder unicornio, que todo el mundo ama y que todo lo que toca se convierte en oro y soluciona todos los males no existe y generar equipos con propósito no solo se debe hacer desde la cima de una organización, sino especialmente en el medio y en los niveles inferiores pues las personas son personas, y dirigirlas o gestionarlas correctamente es igual de importante a todos los niveles.

Conseguir una forma dinámica de gestionar a los integrantes de una empresa y no tratar los deseos y planes de carrera de las personas como si todo el mundo fuera igual dentro de un departamento, es lo más importante y a su vez lo más complicado para evitar que los empleados sientan que son solo un número y empiecen a odiar a su jefe y su empleo.

El trabajo de un directivo ejecutivo es distinto al trabajo de un directivo intermedio. Los primeros son responsables de la organización, mientras que los segundos están al cargo de una pequeña parte, pero independientemente del nivel, los buenos directivos deben tener una visión, transformar esa visión en algo tangible, convertir lo tangible en un plan de acción e impulsar a su equipo a conseguir esos objetivos con pasión.

Adaptarse a las características y necesidades de cada empleado para encender esa pasión sin perder de vista el objetivo de la empresa, es la diferencia entre buenos jefes y malos jefes, pero también entre empleados motivados o empleados zombi.

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