La decisión de Sánchez de proponer a Francesca Armengol como presidenta del Congreso no sorprendió. La inquera forma parte de la guardia pretoriana del líder socialista, como presidenta del Gobierno de las Islas Baleares flirteó con los nacionalistas de Més por Mallorca y reforzó alianzas estratégicas con los representantes insulares de Podemos. Durante su etapa universitaria en la Ciudad Condal militó en la Federación Nacional de Estudiantes de Catalunya (FNEC), organización estudiantil en la que se formaron políticos tan señalados como Oriol Junqueras, Quim Forn, Erika Casajoana, David Madí o Ramón Tremosa.
Federalista y antimonárquica, su perfil contenta a las formaciones independentistas cuyo voto es necesario para alcanzar los anhelados 176 escaños. El escrutinio final le otorgó dos votos más de la mayoría absoluta. El mandatario en funciones salió victorioso en la primea etapa del esquizofrénico Tour político al que estamos asistiendo.
La votación fue precedida por el esperpéntico teatrillo al que nos ha acostumbrado JxCat. La formación liderada oficialmente por la dupla Turull – Borrás, pero nada se mueve entre los posconvergentes sin el beneplácito de Carles Puigdemont, celebró una reunión telemática mañanera antes de refrendar su apoyo a Armengol. Una decisión que ya se había tomado en Waterloo, pero que requería del vacuo maquillaje democrático.
La tragicomedia obligó a ERC a convocar una rueda de prensa igualmente estéril y que forma parte de la batalla por el relato. Ambas formaciones quisieron exhibir robustez negociadora requiriendo la oficialidad del catalán en las instituciones comunitarias, su uso en el Congreso con “plena normalidad”, la reapertura de comisiones de investigación parlamentaria sobre los atentados del 17 de agosto de 2017 y el uso del programa informático Pegasus en actividades de obtención de información.
El análisis de las exigencias posibilita formular hipótesis acerca de la hoja de ruta del separatismo catalán. Cada una de ellas tiene como principal objetivo alimentar el necesario victimismo que permite al independentismo alimentar la falacia de una Cataluña oprimida y colonizada. Es importante recordar que desde hace un bienio la denominada internacionalización ha centrado todos sus esfuerzos en obtener el reconocimiento de minoría nacional. Un concepto jurídico bastante ambiguo que se utiliza en foros internacionales para reivindicar el derecho de autodeterminación y denunciar hostigamiento político.
La cuestión lingüística no sería un problema si no formara parte de la vergonzosa batalla cultural que la Generalitat está librando desde hace décadas. La oposición a la enseñanza del castellano en los centros escolares es una polémica absurda y descabellada que sólo alimenta hostilidades innecesarias. A fin de cuentas los más perjudicados son las nuevas generaciones cuya formación no debería estar sometida a ningún interés político.
Más inquietud provoca la eventual reapertura de las mencionadas comisiones de investigación. No por el contenido de las sesiones y tampoco por la capacidad de los aforados de lograr resultados concretos, sino por el uso maniqueo del órgano congresual tanto de quienes interrogan como de los acusados. Fíjense en las esperpénticas intervenciones de José Manuel Villarejo, que pretendió blanquear su imagen en sede parlamentaria, o de la altivez de Jordi Puyol en el Parlament ninguneando a la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF). Tampoco pasaron desapercibidas las performances de Gabriel Rufián contra ex altos cargos del Partido Popular.
Resulta desalentador que los partidos utilicen similares artimañas en el Congreso para conseguir notoriedad mediática o rentabilidad política en detrimento de su función representativa. Algo similar ocurre en la personación de las formaciones políticas en juicios penales, una realidad amparada legalmente pero que el Tribunal Supremos considera “perturbadora”.
Los separatistas necesitan desacreditar a las instituciones del Estado, y pretenden conseguirlo mancillando el prestigio de integérrimos funcionarios y de quienes salvaguardan la unidad territorial. No es baladí que se pretenda enfangar el encomiable trabajo de los servicios de inteligencia aireando teorías estrafalarias sobre la participación de los mismos en la masacre del 17 de agosto de 2017. La ignominiosa y arbitraria destitución de Paz Esteban es un precedente alarmante.
El regreso del desterrado Félix Bolaños, eventualidad vaticinada en precedentes artículos, tampoco es una noticia alentadora. Sánchez le ha encomendado tratar directamente con Waterloo, y gracias a la complicidad de grotescos constitucionalistas, asesores caídos en desgracia como Iván Redondo y mercenarios disfrazados de periodistas, prepara el terreno para justificar la necesidad de dispensar la amnistía. Una medida jurídica que se concedió al terminar la dictadura franquista y cosechó efectos opuestos a los deseados. Más del 50% de los internos de ETA volvieron a militar en la organización terrorista.
Lo surrealista es que Puigdemont no se beneficiaría de la misma. El ex presidente catalán no ha sido juzgado ni condenado, razón por la que similar exigencia obedece únicamente a reforzar ambiciones personales. La cábala electoral ha facilitado su resurrección política desde el ataúd belga, y sus colaboradores se empeñan en disfrazar el egoísmo en una simulada generosidad pública. Minar la credibilidad del Estado le refuerza ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH).
De igual manera el fugado logra recuperar la capitanía del movimiento independentista frente al detestado Oriol Junqueras. JxCat quiere desgastar a ERC equiparando la efectividad virtual del gerundense, en estos días se ha limitado a redactar amenazas en redes sociales, con la inutilidad de la denominada mesa de negociación.
El desánimo se impone a cualquier visión optimista de la actual coyuntura política. Pero se vislumbra una tenue luz al final del túnel. Sánchez y Puigdemont se mueven por intereses personales, ambas estrategias se fundamentan en un indiscutible ombliguismo y están condenadas al naufragio. Lo importante es que no nos arrastren en su hundimiento.