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La cerca

La cerca

· Por Julio Bonmatí, Observador de masas

sábado 06 de enero de 2024, 09:41h
Suena la canción “Libre”; y mientras una diptera de negro cuerpo con su absurdo e inoportuno vuelo no deja de incomodarme. Pienso en eliminarla, y sin saber cómo ni porqué el pensamiento se dispersa. Al nacer somos capaces de respirar por nosotros mismos, pero para beber y comer precisamos de una asistencia externa que mayor y gustosamente nos es proporcionada amorosamente por quien tras una no cómoda y embarazosa situación nos ha alumbrado con dolor.

Y esa plena limitación para satisfacer sin ayuda tales inmediatas vitales necesidades es la que nos proporciona en la recién estrenada vida nuestra primera sensación, la frustración; y esta nos permite la primera ocasión de comunicarnos con el mundo, lo que hacemos con un potente peticionario llanto; que para nuestra suerte es puntual y mimosamente atendido. Cuando con posterioridad ofrecemos nuestra primera sonrisa, al ser espontánea y silente muy probablemente a la atenta madre le pasa desapercibido su auténtico significado y la riposta con otra; y claro su efecto es frustrantemente ineficiente.

Aceptémoslo, no es otra sino la frustración que se siente al ver lo lento que avanzamos gateando, lo que nos impulsa a levantarnos y andar; y es también la frustración que tenemos por no hacernos entender lo bastante bien con meros sonidos guturales lo que nos impulsa para aprender a hablar.

Si, la sabia naturaleza al ser humano al nacer le posibilita su natural predisposición a crecer y mejorar por la cruel vía de sentir una permanente insatisfacción producida por la frustración. Es así por algo y así debe ser.

Al parecer a pesar de que moscas y humanos no podemos ser físicamente más distintos, curiosamente compartimos un setenta y tantos por ciento de nuestros genes, lo que no está nada mal según quien haga la comparación.

Y a esa mosca mayormente cojonera, que al eclosionar el huevo depositado sobre materia orgánica húmeda y cálida en descomposición ya está plenamente completa y es idéntica en desarrollo a su también cojonera progenitora, como la naturaleza la ha castigado librándola de la útil frustración puede volar sola desde el primer instante a su libre albedrío, y en justa compensación en ella se aúna la estúpida molesta habilidad para entrar sin problema por el ojo de la cerradura con una total incapacidad acompañada de todos los problemas del mundo para salir de una habitación por la puerta abierta de par en par.

Y así en el humano desde la incómoda vibración que genera en nuestro interior la frustración como causa de la causa, siempre será otro deseo añadido a sus predecesores el que en su real deseada materialización implique un nuevo límite a batir, un siguiente muro a derribar o una próxima cerca a saltar; y así avanzamos para finalmente llegar a la plenitud y al esférico todo que a cada cual le corresponde internamente rozar de forma tangencial; y culminamos con una muerte que traspasa todas las leyes inmanentes para incluirnos en un inabarcable e ininteligible vacío infinito que nos abre la puerta de un cosmos libre de toda frontera.

Y si aquí y ahora en vida te incomoda la frustración individual siempre te queda abrazar la filosofía colectiva de la mosca; esa que les permite a todas ellas por separado instintivamente concluir que si las otras diez mil millones de moscas que hay en el mundo no pueden estar todas equivocadas, del menú de la carta hay que elegir para comer el plato que como guarnición tenga más mierda. Mientras para ti gracias a la frustración la alambrada una vez superada, solo es otro trozo de metal.

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