Esto ha distanciado aún más la entidad administrativa de mayoría serbia de Bosnia de las autoridades centrales. Otro revés tuvo lugar en febrero con el encarcelamiento del mismo Dodik y su inhabilitación para ejercer cargos públicos durante seis años. En represalia el mandatario aprobó una serie de leyes destinadas a socavar la autoridad de las instituciones judiciales y de los cuerpos policiales bosnios. El enfrentamiento político entre la administración de Sarajevo y los nacionalistas serbobosnios se agravó en marzo con la orden de detención contra un Dodik que no quiso resoponder ante la fiscalía imputado por haber subvertido el orden constitucional. El mandato de captura fue desestimado a principios de mes, sin embargo el estancamiento es manifiesto.
El 11 de julio el país volvió a dividirse por el terrible recuerdo de la masacre. Y cómo buen separatista Dodik aprovechó la efeméride para revitalizar su imagen mediática dando rienda suelta al inventario negacionista que ha facultado su ascenso político. Un posicionamiento antagónico al manifestado en 2007 cuándo reconoció que en Srebrenica se había producido un genocidio. Entonces recibió el apoyo de representantes europeos y estadounidenses. Una metamorfosis similar a la del actual dignatario israelí Benjamín Netanyahu.
La batalla por el relato ha ido intensificándose debido a la necesidad de escarmentar al oponente. La memoria queda secuestrada por recuerdos contrapuestos. Por un lado el de los familiares de las víctimas, que el 11 de julio únicamente pudieron acercarse a siete ataúdes, y por el otro el de quienes deliberadamente manipulan, niegan, minimizan, justifican e incluso glorifican lo acontecido. Y el mencionado Día Internacional propuesto por Naciones Unidas ofrece nuevos pretextos para reforzar la indigna manipulación.
Mientras en la Asamblea General de Nueva York se votaba sobre la resolución el 23 de mayo de 2024, el presidente serbo Alexander Vucícc – identificado por los servicios de inteligencia de las grandes potencias comunitarias como el “caballo de Troya de Putin en Europa” – lloraba envuelto en la bandera tricolor. “Una pantomima, un martirio entre lo lacrimógeno y el surrealismo y una puesta en escena delirante” afirma Mira Sorovic, docente de Relaciones Internacionales en la Universidad de Donja Gorica, Montenegro (se aconseja la lectura del artículo The republic of North Macedonia al enlace https://shorturl.at/5wexQ). El ex baloncestista criticó que “todo esto reabrirá viejas heridas y conducirá al anarquismo político”. Frase con la que se podría estar de acuerdo al considerar la actual situación en Bosnia, si no fuera porque él mismo ha sido uno de los principales artífices de este caos. Esto se debe a heterogéneos factores.
En primer lugar la recuperación de la doctrina “Gran Serbia”. Un objetivo declarado del Partido Progresista Serbio, del que fue presidente el mismo Vucíc hasta 2023, con el que Belgrado pretende influir en los estados limítrofes. De aquí su dedicación a una interpretación nacionalista de lo ocurrido en Srebrenica y por ende de la resolución de la ONU. Aunque el texto nunca haga referencia a Serbia ni a su pueblo, Vucíc y sus colaboradores han alimentado la falacia de que el texto les defina como “genocidas”.
Quienes abogan con razón por una justicia restaurativa y no transicional, independientemente del escenario bélico o zona de conflicto, sostienen que la responsabilidad penal de los crímenes es siempre individual y no colectiva. Los fallos judiciales sentencian a generales, jefes de gobierno, líderes de organizaciones terroristas y no a los pueblos a los que pertenecen. Sería incongruente y nimio culpabilizar a la sociedad vasca por los horrores que perpetró ETA o a la catalana – salvando por supuesto las distancias – por las reiteradas mentiras de unos necios gobernantes que estuvieron a punto de romper la convivencia en octubre de 2017.
Olvidar Srebrenica, propósito anhelado por el extremismo serbo, equivale a abandonar la necesaria batalla por el relato y minimizar el peso de la justicia tras semejante crimen. Ninguna sentencia o resolución ha atribuido a una nación la responsabilidad penal por lo acontecido el 11 de julio de 1995. Es el mismo genocidio el que define la categoría de víctimas y victimarios y no los círculos nacionalistas de Serbia y de la República de Srpska que defienden la inocencia de Mladic y de Radovan Karadzíc, el psiquiatra que experimentó con la nulidad empática, y que definen el pogromo como “acción militar libertaria”.
La justicia trasciende cualquier afiliación nacional. Por esta razón debe alabarse y elogiar el compromiso de aquellos que no se mueven por el sensacionalismo político, sino por el factor humano desbaratando cualquier narrativa propagandística. Entre ellos destacan las Mujeres de negro, que anualmente conmemoran Srebrenica en un pulcro anonimato desafiando la retórica nacionalista en el centro de Belgrado. En un contexto marcado por las guerras y la violencia contra la población civil en nombre de intereses supranacionales, la negativa al identitarismo es la mejor herramienta para honrar a las víctimas y ganar la batalla por el relato. Qui habet aures audiendi audiat…