El PSOE está logrando, por enésima vez, rebajar la calidad de nuestra democracia, socavar el bienestar del ciudadano: estafar. No parece que vaya a caber duda (respetando todas las presunciones de inocencia habidas y por haber) de que las políticas públicas, leyes y adjudicaciones se han venido diseñando en los últimos años no en función del interés general, sino para favorecer a ciertos actores a cambio de sucio dinero. Como tampoco parece que vaya a caber duda (lo hemos visto casi todo y es otra forma sangrante de corrupción) de que el PSOE vaya a tirar la toalla en su empeño por controlar totalmente a organismos como la fiscalía, el poder judicial hasta donde pueda llegar y todas aquellas instituciones que susceptibles de utilizarse para proteger a sus gamberros aliados y perseguir, ilegal o alegalmente, a sus adversarios.
Ya sabemos a qué está jugando hoy el sanchismo. Por supuesto, a dificultar las múltiples investigaciones y sanciones a sus corruptos. Por descontado, si no a normalizar prácticas corruptas, sí a hacer como si ninguna de ellas tuviese que ver con la putrefacta estructura que nació y creció tras el más que probable pucherazo a ‘los suyos’ del propio Sánchez en aquellas infaustas primarias.
El caso de la penta-imputada Begoña, y tantos otros larvados especialmente durante los cuatro últimos años, consagra al PSOE como un partido que, por su propia naturaleza, tiende a favorecer a bandidos y a machacar a los sectores más vulnerables de la población mientras los tima. A éstos, en efecto, les engaña como a chinos extendiendo el sempiterno mantra de la defensa de los servicios públicos (salud, educación, etc.), pero ya está quedando visiblemente acreditado a qué estos incompetentes en la gestión -por ejemplo de las infraestructuras- han estado jugando, y ha sido indudablemente al bastardo y delictivo desvío de recursos para su propio enriquecimiento.
La corrupción sistémica degrada la democracia desde dentro. Es un entramado de intereses y prácticas ligadas muy íntimamente al partido del puño y la rosa, más allá de los nombres y los apellidos de los corruptos. Para acabar con esta lacra, ¿será posible que algún día el Partido Popular se quite de la cabeza esa puñetera idea -pura bisoñez, puro papanatismo, pura filfa- de que lo mejor para España sería, expulsados estos chorizos socialistas, pactar con ‘el PSOE bueno’?