Para empezar, podemos decir que, pese a nacer en una familia medianamente acomodada, fue en buena medida un hombre hecho a sí mismo, pues se enroló como un soldado más en la Guerra de la Independencia para salvar a la nación del invasor francés. Su impoluto expediente militar fue uno de los primeros factores que le permitieron iniciar el bienestar económico que luego consolidaría, aunque para ello fue clave el esfuerzo, un concepto que me parece pertinente rescatar y que sigue siendo plenamente aplicable hoy, ante la obscena promoción de notoriedad y riqueza sin el mínimo mérito que vemos en youtubers, influencers y demás tropa digital de estos tiempos cambiantes a los que asistimos.
El duque de Sevillano también acertó plenamente en la elección de su esposa, su prima María Juana Sevillano Mocete, cuyo importante aporte económico resultó decisivo para impulsar el crecimiento de su patrimonio. La planificación minuciosa de su vida personal y financiera constituye otra enseñanza valiosa que podemos extraer de su trayectoria. No se levanta un patrimonio semejante sin previsión ni un proyecto vital bien estructurado.
Fue, además, un hombre que no temió asumir riesgos. Movió capital, invirtió con audacia y nunca pretendió vivir únicamente de las rentas heredadas, como era el deseo mayoritario de la aristocracia de entonces. Frente a la etiqueta interesada que hoy se arroja sobre los empresarios desde ciertos sectores del Gobierno —sectores que, paradójicamente, jamás han conocido el riesgo real que implica comprometer el propio patrimonio y viven del erario público—, Sevillano encarna el espíritu del emprendedor que apuesta, se expone y trabaja para generar riqueza y oportunidades. El mismísimo Benito Pérez Galdós lo retrató en sus Episodios Nacionales como un gran emprendedor.
Su intuición como inversor fue otro de los rasgos que lo distinguieron. Supo reconocer negocios con futuro y participar en ellos en el momento adecuado. No se limitó a acumular propiedades o títulos: entendió el potencial de infraestructuras como el ferrocarril, de la obra pública y de los servicios emergentes, ámbitos en los que España empezaba a transformarse. Allí donde otros veían incertidumbre, él percibía posibilidades.
A ello hay que sumar su capacidad para aprovechar las circunstancias históricas que se abrían paso en un país cambiante. Las desamortizaciones, las nuevas sociedades anónimas, los primeros movimientos económicos ligados a la modernización… Sevillano supo situarse en el centro de esos procesos sin perder de vista el objetivo de consolidar un proyecto sólido y duradero. Su habilidad para navegar entre política, economía y relaciones personales explica, en buena parte, la dimensión que alcanzó su figura.
Finalmente, dio el salto a la política, aunque sin mayor ambición, pues ya detentaba el poder que realmente contaba: el del capital. No es casual que su paso por el Ministerio de Hacienda durara apenas un mes; no necesitaba más para comprender que aquel no era su terreno natural.
Y si algo lo definió por encima de su éxito económico, fue el profundo afecto que mantuvo siempre por Vicálvaro. Nunca renegó de sus orígenes y, lejos de instalarse únicamente en la comodidad de la élite madrileña, siguió vinculado al desarrollo del municipio que lo vio nacer. Su nombre aparece ligado a iniciativas, inversiones y decisiones que marcaron la evolución local durante décadas. Para Vicálvaro, el duque de Sevillano no fue solo un vecino ilustre: fue un impulsor, un referente y un símbolo de identidad que bien merece este trabajo bibliográfico.