www.elmundofinanciero.com

La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU y la OTAN, ¿requiem for a dream?

· La recién publicada Estrategia de Seguridad Nacional (es posible consultar el texto completo al enlace https://shorturl.at/XwRWl) formaliza el ataque estadounidense al modelo europeo, indulta el Kremlin y socava los pilares básicos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte

miércoles 24 de diciembre de 2025, 10:48h
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU y la OTAN, ¿requiem for a dream?
Ampliar
Para Washington el sistema comunitario es un juguete roto. En febrero, el entonces recién nombrado vicepresidente J.D. Vance, incendiaba la Conferencia de Seguridad de Múnich disfrazándose de bombero pirómano. En su polémica intervención acoquinaba a los gobiernos europeos señalando que la gran amenaza para el Viejo Continente no provenía ni de Moscú ni de Pekín, sino desde Bruselas. Acusó a los mandatarios presentes de traicionar “los valores fundamentales” compartidos con EE.UU., de suprimir los procesos democráticos “por miedo a su electorado” – las políticas de Alemania estaban a la vuelta de la esquina y el entonces asesor gubernamental Elos Musk despachaba amablemente con Alice Weidel, candidata de Alternative für Deutschland – y predijo el declive de algunos países debido a las laxas políticas migratorias.

Desde entonces, aquellos que parecían ataques teatrales para consolidar y satisfacer a los votantes de la doctrina MAGA (Make America Great Again, NdA) han sido reiterados por altos funcionarios de la administración y reconvertidos en doctrina de Estado, La Casa Blanca ha divulgado la nueva Estrategia de Seguridad Nacional firmada por el líder republicano, que convierte su compromiso con “America First” en el mínimo común denominador de la actividad exterior. Inquieta sobremanera la rotundidad con la que Washington ha adoptado la narrativa del “colapso democrático” de Europa como herramienta para deslegitimar al sistema comunitario, reconfigurar los equilibrios del continente y allanar el camino para un reajuste berlanguiano de los vínculos con Moscú.

En la práctica, tal estrategia socava el tradicional pacto que los europeos pensaban haber estipulado con Estados Unidos: aumento del gasto en defensa respecto al PIB, compra de armas y tecnología y reajuste equilibrado de tasas mercantiles a cambio de un compromiso de Washington con Ucrania y la seguridad militar. Sin embargo, el documento echa por tierra lo que se daba por garantizado. La combinación de elementos políticos, castrenses, económicos y sociológicos desemboca en una áspera crítica a los históricos aliados. Se mencionan “expectativas poco realistas” de cara al cese de los estruendos bélicos alimentadas por “gobiernos minoritarios inestables” que se mantienen pisoteando valores democráticos fundamentales. Aún resuena en los corrillos diplomáticos el ajustado perfil de The Times al renqueante inquilino de la Moncloa, presentado como un moderno don Teflón.

El documento además enfatiza la superioridad de los estados-nación, “unidad política fundamental”, y tacha a la UE de “problema grave” junto a la migración, la censura de la libertad de expresión, el descenso de la natalidad y la “pérdida de identidad y confianza”. La Casa Blanca reconoce los trascendentes vínculos con los países europeos, en particular los financieros, y afirma que no tiene ninguna intención de cortarlos. Pero, “si se mantienen las actuales tendencias (…)” el altamente probable “que la civilización europea desaparezca”. Según Washington “el continente será irreconocible en menos de veinte años” y es imposible asegurar que los aliados “mantengan activos castrenses y economías lo suficientemente estables y avanzados como para seguir siendo compañeros fiables”. A largo plazo es verosímil que “algunos miembros de la OTAN se conviertan en una mayoría no europea”. Y desde la perspectiva de Donald Trump podrían replantearse su alianza con EE.UU.

Washington demanda entre líneas que “Europa retroceda de medio siglo, recupere su autoestima y abandone cualquier impulso hacia la rigidez administrativa”. La única vía para lograrlo es una “colaboración con países alineados que busquen recuperar sus antiguas virtudes”. Pero surgen dudas acerca de cómo equilibrar el fortalecimiento de los estados y de la Unión Europea cuando el objetivo declarado es una “corrección de su trayectoria actual”. El documento anima a “promover un renacimiento espiritual” y en una primera versión señalaba a Italia, Alemania, Polonia y Hungría como aquellos países con los que “trabajar para distanciarlos” del sistema comunitario. Igualmente, se hacía hincapié en el respaldo a “partidos, movimientos y figuras intelectuales que buscan la soberanía y la preservación de las formas de vida tradicionales siempre que se mantengan filo-estadounidenses”.

El riesgo de un “declive democrático” afectaría únicamente a los aliados europeos. En el texto no hay ninguna advertencia sobre la autocracia de Rusia, China, Corea del Norte o Irán. Estos eran tradicionalmente identificados como potencias hostiles en las anteriores estrategias de seguridad nacional, incluida la emitida durante el primer mandato del magnate neoyorkino. Pero lo verdaderamente escalofriante es la incorporación de elementos de propaganda rusa y el papel de Washington como mediador entre Bruselas y Moscú y no como socio histórico. Europa, según el documento, se ha convertido en “un obstáculo para la paz. El documento contrapone los presuntos deseos de “una gran mayoría de los ciudadanos” a la “sinrazón de gobiernos” que no avanzan en esa dirección por la “subversión de los principios democráticos”. Ante el enfriamiento de las relaciones diplomáticas entre Europa y Rusia, únicamente Washington puede intervenir.

Lo prioritario, “de fundamental interés”, es rubricar el fin de las hostilidades y evitar cualquier posible escalada del conflicto, la recuperación de la economía, restablecer nexos estratégicos con Rusia y facilitar la reconstrucción de Ucrania. Texto que parece haber redactado el mismo Vladimir Putin y que incorpora como objetivo “acabar con la percepción de que la OTAN es una alianza en continua expansión”, uno de los argumentos utilizados para justificar la invasión del 24 de febrero de 2022. No es baladí que el Kremlin recibiera con entusiasmo el contenido de una estrategia de seguridad nacional que “coincide en gran medida con nuestra visión”, como ha señalado el portavoz Dmitri Peskov.

“Washington se niega a definir Rusia como una amenaza, y tal documento corrobora el acercamiento de Trump a Vladimir Putin a través de sus respectivos enviados, Steve Wikoff y el director del fondo soberano Kirill Dimitriev (…)”, apostilla la politóloga Fiona Hill, ex asesora del tycoon entre 2016 y 2021 y gran conocedora de los entresijos del Kremlin. Según el Wall Street Journal (véase enlace https://shorturl.at/YxBkl) ambos gobiernos actuaron de espalda a Europa firmando acuerdos multimillonarios para la explotación de las denominadas tierras raras y la reconstrucción del país invadido, además de repartirse el acceso a las fuentes de energías tradicionales. El Kremlin habría convencido a la Casa Blanca de que Rusia “no es una amenaza estratégica, sino tierra de grandes oportunidades” redirigiendo los cañones hacia Pekín y expulsando a la UE del tablero internacional (se aconseja la lectura del análisis publicado por los investigadores del Real Instituto Elcano al enlace https://shorturl.at/AKmQ9).

El reto más apremiante para el Viejo Continente es garantizar que EE.UU. no retire su respaldo en materia de seguridad y aportación de inteligencia estratégica para la defensa de Ucrania. A medio plazo, salvo un cambio de administración en Washington, tendrá que gestionar la amenaza rusa. Si bien las maniobras diplomáticas de Trump no agradan a una parte importante del electorado republicano y tampoco de los congresistas, Bruselas debe reconocer su aislamiento y operar en consecuencia.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)
Compartir en Meneame enviar a reddit compartir en Tuenti

+
0 comentarios