He escrito numerosos artículos expresando mis dudas y criticando abiertamente varias políticas del actual presidente argentino. Sin embargo, como investigador, considero imprescindible bajar al terreno —al barro, como se dice coloquialmente— y escuchar de primera mano las razones que sustentan este apoyo mayoritario. Esa aproximación directa, lejos del ruido mediático y de las simplificaciones ideológicas, me ha permitido entender motivaciones que, en algunos casos, incluso me han resultado convincentes.
Quizá desde Europa tendemos a fijarnos en sus exabruptos verbales o en declaraciones que, vistas desde la distancia, pueden parecer desmesuradas o incluso delirantes. Pero reducir el fenómeno a su estilo provocador sería un error de análisis. Conviene escuchar a quienes lo apoyan, y hacerlo además sin caricaturizarlos. Entre sus votantes hay personas de clases sociales muy dispares: trabajadores precarios, pequeños empresarios, jóvenes profesionales, jubilados, estudiantes y también miembros de la clase alta. No estamos ante un voto homogéneo ni fácilmente etiquetable.
Evidentemente, Milei no surge de la nada. Su ascenso se produce tras décadas de frustración acumulada en amplios sectores de la sociedad argentina. Inflación crónica, devaluaciones sucesivas, pérdida del poder adquisitivo, inseguridad jurídica, corrupción estructural y una sensación extendida de decadencia nacional han configurado un caldo de cultivo propicio para opciones políticas disruptivas. Muchos ciudadanos no votaron únicamente a una persona, sino contra un sistema que perciben como agotado.
Ahora bien, ¿es Milei la solución? Una pequeña empresaria me responde con franqueza: “No sé si es la solución, pero creo que después de muchos años vamos en la dirección correcta. Hay que vivir con lo que uno tiene y no se puede hacerlo en contra de todo el mundo civilizado. Yo, con este gobierno, me he animado a invertir; antes, con el kirchnerismo, ser empresario era casi una mala palabra”. Su reflexión no es ideológica en el sentido clásico; es práctica. Habla de previsibilidad, de reglas claras, de la posibilidad de proyectar a medio plazo sin la amenaza constante de cambios regulatorios o fiscales.
Una camarera que apenas alcanza el equivalente a 500 euros mensuales me confiesa que, pese a las dificultades, se siente esperanzada: “Al menos ha controlado la inflación, que era muy alta y con la que era imposible vivir y planear un futuro”. Su afirmación puede discutirse con cifras y estadísticas, pero lo relevante aquí es la percepción. Para quien vive al día, la estabilidad de precios —aunque sea relativa— se convierte en un indicador inmediato de mejora.
Un jubilado, a quien se le ha recortado la pensión, sostiene que para que Argentina avance deben asumirse sacrificios: “Durante mucho tiempo se han hecho las cosas mal. Si queremos cambiar, alguien tiene que pagar el costo”. Dado que, por su edad, seguramente vivió la última dictadura militar, le pregunto qué opina de determinadas declaraciones del presidente que han sido interpretadas como justificatorias de aquel período. Su respuesta es reveladora: “La dictadura pasó hace mucho tiempo. La dictadura de hoy es que los chicos no tengan futuro y se quieran ir del país. El talento se está yendo”. Más allá del juicio histórico que merezcan esas palabras, expresan una preocupación transversal: la emigración juvenil y la fuga de capital humano.
Un joven panadero, oriundo del municipio cordobés de Cruz del Eje, afirma que “vive con lo justo y al día” y añade: “En la etapa anterior se promovía cobrar un plan y no trabajar. No había cultura del esfuerzo. Ahora creo que se están empezando a sentar las bases para que quien quiera trabajar prospere. El que no quiera trabajar, que pague las consecuencias. No se le puede premiar”. No obstante, matiza su entusiasmo con una crítica más amplia: “Argentina ha tenido muy malos dirigentes siempre. Roban y no trabajan para el bienestar del pueblo. Por eso estamos como estamos”.
La desconfianza hacia la clase política en su conjunto aparece de forma reiterada en las conversaciones. El apoyo a Milei no implica necesariamente una adhesión incondicional, sino más bien una apuesta —para algunos arriesgada— por una alternativa distinta a lo conocido.
Un profesor de primaria confirma lo que otros mencionan sobre los planes sociales: “Se tomaba lista en las manifestaciones y, si no ibas, te cortaban el plan”. Esta acusación, difícil de generalizar sin estudios sistemáticos, forma parte del imaginario compartido por muchos votantes que consideran que el sistema anterior fomentaba redes clientelares. La percepción de abuso o instrumentalización política de la ayuda social ha generado un rechazo que el actual presidente ha sabido capitalizar.
Lo interesante es que, incluso entre quienes reconocen que las medidas actuales les afectan negativamente a corto plazo, persiste la idea de que el rumbo es el adecuado. Hay una narrativa de sacrificio necesario para alcanzar un futuro mejor. Esa narrativa conecta con valores como el esfuerzo individual, la responsabilidad personal y la reducción del Estado como árbitro omnipresente.
Desde Europa, donde las estructuras institucionales son más estables y los ciclos inflacionarios menos traumáticos, puede resultar difícil comprender la intensidad de este respaldo. Pero si algo he aprendido al escuchar estos testimonios es que el voto no se explica solo por simpatía ideológica, sino por experiencias vitales concretas: negocios que cerraron, salarios que se evaporaron, hijos que emigraron.
Nada de esto obliga a compartir las tesis del presidente argentino ni a ignorar las consecuencias sociales de determinadas políticas, que a mi juicio siguen siendo, en muchos casos, nefastas. Pero sí exige reconocer que detrás de cada porcentaje electoral hay razones, miedos, esperanzas y cálculos racionales. Algunos, quizá, estén justificados.