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Viaje

Viaje

· Corría el final del invierno del año 1982, estaba recién estrenada la democracia, por decirlo de algún modo

domingo 15 de febrero de 2026, 09:44h

Era una noche cerrada y la carretera que bajaba del norte al centro del país atravesaba un paisaje negro como boca de lobo y, por tanto, al otro lado de la ventanilla no había para mirar nada que pudiera distinguirse con claridad y, como era costumbre por entonces, el autobús que nos transportaba circulaba sin ninguna luz en su interior.

De las tres opciones que tenía para distraerme durante el largo trayecto que me esperaba por delante, descartada la ocasión de intentar dormir dado que nunca fui capaz de hacerlo de forma satisfactoria durante un viaje, y rechazada la posibilidad de ocuparme de mis propios pensamientos que por aquel entonces con frecuencia no eran precisamente muy esperanzadores, opté por escuchar con atención la conversación que mantenían los dos hombres que se sentaban en sendos sitios inmediatos detrás del que yo ocupaba.

Uno de mirada glauca, se veía joven, fuerte e impulsivo, y el otro era un tipo nervudo, de mirada torva y con la apariencia, por un lado, de estar alejado todo lo que cabe de padecer ni siquiera un ápice el síndrome de Eróstrato; y, por otro, de tener ya los años suficientes para estar jubilado.

Si hago un pequeño esfuerzo de memoria, todavía en mi cabeza perfectamente puedo escuchar con nitidez la singular conversación que ambos mantuvieron:

Joven.- ¿Entonces tú crees que debo ser sincero y, al llegar a la central, contar de forma completa la que he liado?

Mayor.- Tú sabrás, chaval, pero la mentira tiene las patas muy cortas y los conflictos más vale enfrentarlos cuanto antes; es la única manera de aprender a eliminar los problemas sin crear otros nuevos.

J.- Pero si lo confieso, me van a brear y emplumar.

M.- Eso seguro, a lo hecho, pecho. No sé mucho, pero considero que se debe procurar que nadie te sorprenda algún día diciéndote que para él solo has sido todo el rato lo malo conocido y no ha tenido otra que aguantarte.

J.- Sabes perfectamente que si lo tapo y oculto, dado que preparación para hacerlo tengo de sobra, es difícil que se enteren.

M.- Puede, pero es importante llegar al final de tu vida habiendo sido auténtico, y no uno de esos que, después de los años y de tantas máscaras que ha utilizado, ha terminado por olvidar cómo es su verdadera cara.

J.- ¿Sabes? Creo que estoy plenamente legitimado para no estar siempre de acuerdo con lo que me ordenan hacer.

M.- ¿Por qué dices eso?

J.- Porque soy un hombre libre.

M.- En mi opinión, te confundes; una cosa es ser libre y otra muy distinta, ser un hombre.

J.- Creo saber ya lo que voy a hacer. Estoy pensando que, si al final todo me sale bien, para celebrarlo te invitaré. ¿Qué prefieres: una raya, un buen cigarro, una copa o una mujer?

M.- Nada, gracias, estoy bien como estoy.

J.- No sé si debo fiarme de quien no tiene vicios.

M.- Me temo que en esta ocasión tendrás que confiar, no tienes otra.

J.- A veces me das miedo. ¿Podrías tranquilizarme? ¿Tendrás al menos una debilidad?

M.- Alguna tengo.

J.- ¿Cuál?

M.- Con mis conchas, me he ganado de sobra el derecho a poder desconfiar y no confesarlas.

J.- Del tinglado que al final se montó, ¿qué fue lo que más te molestó?

M.- Tras rendirse, la manera en que te dirigiste y trataste a nuestro objetivo.

J.- Me temo que solo era un desgraciado, un don nadie sin aportación alguna de utilidad.

M.- El verdadero carácter de un hombre se pone de manifiesto por cómo trata a las personas de las que nada puede sacar.

J.- Entonces, ¿vas a pedir un cambio de compañero?

M.- No, me da pereza; además del equipo, el único que real y ciertamente falla todos los goles es el jugador que nunca se atreve a lanzar a la portería contraria. Y para demostrar mi coherencia, debo reconocer que mi rechazo y mi reacción con este comportamiento que has tenido me permite poner en práctica lo que siempre en teoría he defendido y dice que el retrovisor es más pequeño que el parabrisas porque es más importante incidir en lo que tienes por delante que en lo que ya ha pasado y dejas atrás.

J.- Últimamente parece, menos mal que no estamos en el colegio, que la nota que merezco no es precisamente la de progresa adecuadamente.

M.- Hay momentos para mejorar y momentos para asentar y anclar; con los primeros se avanza y con los segundos se integra para siempre lo que hasta ese preciso instante se ha adelantado.

Llegados a este punto, tocaba un alto en el camino y el autobús hizo una parada en un solitario edificio de una sola planta, sin ninguna vegetación alrededor, con un cartel en negras letras que decía “Triste canción para un bar de carretera”; estaba cansado, tenía sed y hambre; y es curioso que en la claridad de mi recuerdo de la conversación, en cambio, no puedo con rotundidad afirmar si tomé una cerveza con un pincho de tortilla o un café con un cruasán, pero sí estoy seguro de que al poco de volver al autobús y retomar el viaje, caí en la cuenta de que ninguno de los dos individuos había entrado en el establecimiento y tampoco había vuelto a subir al vehículo.

Así que, finalizado el entretenimiento del que había disfrutado hasta ese momento, para amenizarme el resto del trayecto, me dediqué a reflexionar, a imitar al poeta y replicar mentalmente un soliloquio a modo de plática con uno mismo, sobre lo que creía que había escuchado un poco antes y cuando, finalmente, tras otra parada de la que no me acuerdo bien del lugar y donde estoy seguro que no bajé del autobús, llegamos al deseado destino.

Y no sin que me costara mucho hacerlo dado lo profundo de mi sueño, al final me desperté por completo. Y con la conciencia ya despejada, al bajar, muy interesado, pregunté por los dos hombres al conductor y este me dijo que no recordaba que en ese viaje hubiera habido dos tipos que respondieran a la descripción que con insistencia le ofrecía.

Y desde entonces, aunque lo sienta como vivido, con absoluta seguridad nunca he sabido si, en esta historia de la que un poco aprendí y que en más de una ocasión he rememorado, verdaderamente algo había sido real o paradójica y simplemente todo ello solo lo había soñado.

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