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¿Por qué el euro digital no será una criptomoneda?

¿Por qué el euro digital no será una criptomoneda?
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· Por Miguel Córdoba, economista

martes 24 de febrero de 2026, 09:47h

Desde que en el año 2008 se creó algo que se llamó bitcoin, el número de criptomonedas no ha hecho otra cosa que crecer, debido básicamente a que es una forma de lucro para los que las emiten “de la nada” para que otros muchos la adquieran sin tener otra motivación que la codicia que pudiera representar una posterior plusvalía.

Así han surgido miles de monedas digitales, muchas de ellas esperpénticas, como la que emitió Melania Trump hace unos meses.

Los economistas distinguimos tres conceptos fundamentales de cara a una inversión: valor, precio y utilidad. Los tres conceptos se entremezclan según sea el bien al que se apliquen. Por ejemplo, en el caso del oro, los tres tienen sentido: su valor consiste en los 1.500$ que aproximadamente tiene el coste promedio de extracción de una onza-troy (31,10 gramos de oro); su utilidad es manifiesta en materia de fabricación de instrumentos de precisión, joyería, etc., aunque no tiene ninguna rentabilidad explícita puesto que no paga ni cupones ni dividendos; su precio es lo que en estos últimos tiempos tiene una volatilidad inusitada, ya que se ha duplicado en dos años sin otra justificación que los riesgos geopolíticos y su utilización con valor refugio ante la incertidumbre.

Pero las criptomonedas son otra cosa. Centrémonos en el bitcoin, que es probablemente la más conocida. No se sabe quién la emite; se ha limitado su oferta a 21 millones de monedas que se minan con programas informáticos y que, analizando los conceptos anteriores, podemos observar que no tiene valor alguno; su utilidad como medio de pago es ínfima en relación con los medios tradicionales, como dinero, tarjetas de crédito, bizum y demás; pero sí que tiene precio, el cual puede duplicarse o reducirse a la mitad en cosa de semanas, debido a la opacidad de los mercados en los que se supone que cotiza. De hecho, la utilidad del bitcoin es especialmente importante para actividades delictivas, en particular el narcotráfico, ya que ha hecho que los pagos de los fardos de cocaína no se tengan que hacer en maletines con fajos de dólares, sino con una simple transferencia de bitcoins a una desconocida wallet en algún opaco mercado de criptos. Todo mucho más limpio y seguro.

Todo esto ha ocurrido en poco más de quince años, transformando el mundo transaccional de una manera inusitada, lo cual ha hecho que las autoridades comunitarias hayan decidido aportar su propia moneda, el euro digital, que, realmente no es una criptomoneda, en el sentido de las anteriores. Estas no tienen el más mínimo respaldo institucional y son emitidas por entes oscuros que no aportan la más mínima garantía. El euro digital, sin embargo, lo emitirá el Banco Central Europeo (BCE), estando garantizado, por tanto, por los veintiún estados de la Eurozona.

La primera cuestión que se ha planteado es su necesidad, especialmente por los bancos privados que ya crearon en España la plataforma Bizum, con notable éxito para los pagos inmediatos de cuenta a cuenta, que ya se ha interconectado con los sistemas de pago de Italia (Bancomat Pay), Portugal (MB Way), Andorra, Finlandia, Dinamarca, Noruega y Suecia, y que está previsto que se interconecte en los próximos meses con las plataformas de Alemania, Francia, Bélgica y Holanda, con el claro objetivo de constituir una plataforma transfronteriza paneuropea a partir del año 2027. Es evidente que es una solución cómoda pero que nos lleva a una dependencia aún mayor del oligopolio bancario que, al menos en España, copa todas las actividades financieras.

Los ciudadanos podrán aducir que no necesitan usar Bizum, ya que tienen tarjetas de crédito y que esas tarjetas, en general, no dependen de los bancos. Cierto, pero dependen en su mayor parte de tres entidades privadas norteamericanas: Visa, MasterCard y American Express, las cuales podrían, si quisieran, dejarnos inoperativos a pesar de que los emisores hayan sido bancos europeos. Bastaría una orden de un juez federal norteamericano respecto de una persona europea “non grata”, para que estas emisoras de tarjetas de crédito bloquearan las tarjetas emitidas a favor de la persona afectada, para que esta no pudiera utilizarlas en ningún establecimiento comercial.

Los expertos en medios de pago considerarían muy improbable esta hipotética situación, pero sabemos que de hecho ya ha ocurrido con alguna persona, y hemos de tener en cuenta que los politólogos consideraban hace un par de años la imposibilidad de que Estados Unidos actuara como ha actuado con sus “aliados” desde que se inició el segundo mandato de Donald Trump. Depender de terceros siempre tiene un riesgo y no puede ser obviado.

Por ello, y con buen criterio, el BCE ha tomado la determinación de crear un medio de pago digital europeo que no dependa de nadie más que del propio BCE. La iniciativa es costosa y las previsiones de que estuviera operativo para 2026 se han retrasado hasta 2029. Aun así, es importante para los europeos que profundicemos en un producto público que no dependerá ni del oligopolio bancario ni del oligopolio norteamericano de emisores de tarjetas. Es una mera cuestión de independencia financiera.

Tener una wallet con euros digitales supondrá una liberación para muchos ciudadanos, pero genera otros inconvenientes. Uno de ellos es la opacidad fiscal, ya que alguien tiene que controlar ese dinero de cara a Hacienda. Como es bien sabido, el fisco obliga a las entidades financieras a facilitarles información sobre las transacciones y posiciones de sus clientes cuando lo considera necesario. ¿Podrá Hacienda hacer lo mismo con las wallets de euros digitales? ¿A quién se lo pedirá? Hacienda es una entidad vaga; siempre utiliza a otras entidades con amenazas coercitivas para que le hagan el trabajo, cuando no a los propios contribuyentes para que hagan sus declaraciones de renta, patrimonio o sociedades de forma digital y que así las puedan verificar sus ordenadores.

Obviamente, las paganas van a ser las entidades financieras, que tendrán que adaptar sus sistemas operativos, cajeros automáticos y demás para integrar estos medios de pago, y de paso, asumir el soporte y la atención al cliente e informar a Hacienda de las transacciones que se consideren sospechosas de infringir la Ley de Blanqueo de Capitales. A ello habría que sumar que uno de los objetivos del BCE es utilizar el euro digital para abaratar los pagos que hacen los comercios a los bancos por el uso de tarjetas y datáfonos. No es de extrañar que las entidades financieras estén más mosqueadas que un pavo en Nochebuena.

El otro aspecto importante en la implementación del euro digital sería la seguridad en los pagos. Si los usuarios llevan su wallet en el móvil, los amigos de lo ajeno lo tendrán más fácil. Ya no tendrán que esperar que sus víctimas vayan a sacar dinero a un cajero y que les graben con las cámaras que hay en las calles; simplemente se acercarán a ellas, las amedrentarán y les pedirán su móvil y las claves. Todo mucho más sencillo. Este será uno de los temas con los que los expertos del BCE tendrán que lidiar en los próximos años.

Pero lo verdaderamente importante es que los ciudadanos dejen de considerar al euro digital como una criptomoneda más. No tiene nada que ver. Se trata de un medio de pago garantizado por el BCE y que, previsiblemente, se integrará dentro de los servicios que prestarán las entidades financieras en cada uno de los países de la Eurozona. Una buena iniciativa que creemos que no gustará ni al oligopolio bancario ni al oligopolio de emisores de tarjetas. Otra cosa es lo que nos costará adaptarnos a él, sobre todo los que peinamos canas, pero la vida es evolución y aprendizaje, y si no, no merecería la pena vivirla. Demos la bienvenida al euro digital.

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