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CARTA DEL PRESIDENTE

Robregordo: laboratorio silencioso de una España en mutación

Robregordo: laboratorio silencioso de una España en mutación

· Por Alfonso Merlos, Presidente del Grupo "El Mundo Financiero"

domingo 29 de marzo de 2026, 12:43h
Actualizado el: 29 de marzo de 2026, 17:26h

La estadística tiende a ser interpretable, pero hay datos que dejan escasísimo margen a una lectura en direcciones diversas, y mucho menos opuestas. Robregordo, municipio de Madrid. Es un ‘caso aislado’ más, uno de tantísimos por supuesto en que la población extranjera ya alcanza un 30% o más del censo, formal o informalmente. Esto en tiempo récord, escasísimos años, como en tantos otros pueblos del interior, de la denominada ‘España vaciada’. Huelga decir que también la alcaldesa, Marisol Herreño, es de origen foráneo.

Se mire para donde se quiera mirar, lo que durante décadas fue un pequeño enclave rural de la sierra norte madrileña se ha convertido en una muestra silenciosa de los profundos cambios demográficos que atraviesa España. Se pasa, en román paladino, de ser un ejemplo de despoblación (ni se llega a los 100 habitantes) a un laboratorio de transformación social. Marruecos, República Dominicana, Ucrania, Bulgaria, Rumanía o Senegal son algunos de los países de origen de los nuevos vecinos que han ido asentándose.

Hay debate (¡ya lo creo que lo hay!), y ha de pasar forzosamente por medir y -en su caso- reaccionar ante la sustitución progresiva de la población tradicional; y desde luego vale la pena detenerse en lo que significa la alteración de la propia identidad de nuestras regiones.

El bestial giro demográfico de nuestro país puede traducirse en términos de ‘revitalización’ (una absoluta simpleza y casi hasta una irresponsabilidad), pero de frente sólo debería entenderse como una señal o conjunto de señales sumamente inquietantes sobre hacia dónde se dirige esa España despoblada, que no puede ser tratada simplemente como un desafío técnico (falta de inversión, déficit de servicios, abandono institucional) sino que ha de abordarse con un elemento nuevo y casi tabú para los sectores sociopolíticos -y mediáticos- progres: un reemplazo poblacional que ya no es teoría abstracta sino realidad palpable y, a veces, sufrible.

Puede que casas que estaban cerradas se abran, que se devuelva a la vida igualmente alguna escuela sin niños pero, ¿es esta transformación irreversible la forma de recuperación mejor? ¿nada se va a decir ante un proceso gradual, silencioso, constante unidireccional como el impuesto? ¿no hay alternativa?

El problema no es, en sí misma, la presencia de estos nuevos vecinos, sino la ausencia total de una reflexión honda sobre las consecuencias a largo plazo: no está en juego la supervivencia de los pueblos, sino su identidad social, cultural y hasta política.

¿Puede mantenerse la cohesión social allí donde el viraje es tan brusco y acelerado? ¿se está produciendo una integración real o simplemente una sustitución funcional? ¿quién define el futuro de estos territorios: quienes los habitaron durante generaciones o quienes llegan ahora? ¿dónde reside el progreso y dónde empieza la amenaza?

No hay respuestas fáciles ni unívocas, pero ignorar las preguntas, que en apariencia sólo un partido político está dispuesto a poner sobre la mesa, no las hace desaparecer. Robregordo no es una excepción, es un aviso.

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