Cisneros no entendía la universidad como un mero espacio burocrático donde expedir títulos. La concebía como un templo del saber, un lugar donde la disciplina, el rigor y la excelencia eran innegociables. Allí se gestó la Biblia Políglota Complutense, una de las mayores obras intelectuales del Renacimiento europeo. Allí se formaron generaciones que construyeron España.
Y ahora, quinientos años después, uno no puede sino preguntarse: ¿qué queda de todo aquello?
La respuesta es incómoda, pero evidente: queda el cascarón, pero se ha vaciado el contenido.
La universidad pública española —y muy especialmente la Complutense— ha sido degradada sistemáticamente durante décadas. Y no ha sido casualidad. Ha sido el resultado de un proceso político, ideológico y cultural perfectamente identificable.
Desde los años de Felipe González y su ministro de Educación, José María Maravall, comenzó un experimento que hoy podemos juzgar sin complejos: la sustitución del mérito por la mediocridad, de la exigencia por la complacencia, del conocimiento por la ideología.
La LOGSE —y todas las reformas educativas que vinieron después— no fueron simples cambios técnicos. Fueron una auténtica demolición controlada del sistema educativo español. Ocho, nueve reformas… da igual el número: todas han tenido un denominador común, la rebaja del nivel, la eliminación de la cultura del esfuerzo y la conversión de la enseñanza en un instrumento de ingeniería social.
El resultado está a la vista.
Universidades convertidas en centros de activismo político. Facultades donde el debate ha sido sustituido por el pensamiento único. Profesores seleccionados más por afinidad ideológica que por excelencia académica. Y estudiantes que, en demasiadas ocasiones, salen peor formados de lo que entraron.
Mientras tanto, el ciudadano —ese mismo al que le dicen que lo público es intocable— ha empezado a votar con los pies. ¿Cómo? Buscando alternativas. Universidades privadas, escuelas de negocio, formación internacional. Igual que ocurre con la sanidad, donde el deterioro del sistema público ha disparado los seguros privados.
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Porque cuando el Estado falla, la sociedad reacciona.
Y aquí conviene decir algo que muchos callan: la responsabilidad principal recae en el Partido Socialista, que ha hecho de la educación un campo de batalla ideológico durante décadas. Pero tampoco puede eludir su parte de culpa el Partido Popular, cuya inacción —cuando no complicidad— ha permitido que este proceso continuara sin freno.
Ni unos han querido revertir el daño, ni otros han tenido el valor de hacerlo.
Y así hemos llegado hasta aquí.
De la universidad de Cisneros —símbolo de excelencia, rigor y ambición intelectual— a una universidad donde demasiadas veces prima el adoctrinamiento sobre el conocimiento.
De una España que exportaba saber al mundo, a una España que importa modelos educativos de dudosa calidad.
De una institución que formaba líderes, a otra que, en demasiadas ocasiones, fabrica conformistas.
La historia no es solo memoria. Es también advertencia.
Porque lo que ocurrió en 1499 no fue casualidad: fue el resultado de una visión política clara, de un proyecto de nación. Y lo que ha ocurrido en las últimas décadas tampoco lo es.
La diferencia es que entonces se construía.
Hoy, se deconstruye.
Y quizá ha llegado el momento —como tantas veces en nuestra historia— de decidir si queremos volver a ser lo que fuimos, o resignarnos a la decadencia.