Nos vienen a la mente la ruptura de las federaciones multinacionales en las antiguas URSS, Checoslovaquia y Yugoslavia –la última, en particular, acompañada de un conflicto sangriento de limpieza étnica-; los sentimientos separatistas en Quebéc, Escocia, Flandes, Cataluña, Vascongadas, Punjab o Cachemira; los conflictos en Ruanda y Burundi entre tutsis y hutus; la reivindicación de los kurdos de una tierra propia; la de los tibetanos; la de los pueblos tribales de Birmania o la de los pueblos indígenas americanos.
Además, no hay que olvidar el fundamentalismo religioso. Por un lado, los portavoces de las grandes religiones del mundo predican las virtudes de la coexistencia pacífica, la justicia social, la tolerancia, etc. Por otro lado, también hay fuerzas intransigentes en movimiento. Los miembros de la Coalición Cristiana en los Estados Unidos suelen ser intolerantes ante las opiniones que no coinciden con las suyas; lo mismo se verifica para los colonos judíos en Cisjordania, opuestos a todo tipo de concesiones para los palestinos; los fundamentalistas islámicos en Irán, Siria, Irak, Pakistán o Afganistán, que asesinan gratuitamente a los cristianos; los fundamentalistas hindúes en la India, que destruyen mezquitas y ensalzan el hinduismo del país.
Será muy difícil instituir un consenso democrático global mientras sigan teniendo fuerza las pasiones que sostienen al nacionalismo extremo o al fundamentalismo religioso. Se necesita alcanzar un acuerdo con las placas tectónicas movedizas de la etnicidad y la identidad religiosa. Se puede tratar de proponer un grado de pluralismo religioso y étnico o apelar a la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU de 1948, pero los derechos de las minorías frecuentemente no son respetados en muchas partes del mundo. Los confines de los Estados y las identidades de los pueblos no siempre coinciden de la mejor manera.
Dentro de los países occidentales, la naturaleza de la representación y de la comunidad política está abierta al debate – y no solamente en torno a cuestiones nacionales, religiosas o étnicas-. Las últimas décadas, bajo el influjo de una postmodernidad alienante y una political correctness asfixiante, han asistido a la aparición de políticas de identidad respecto a variables como el género, el color de la piel o la orientación sexual. Como consecuencia de ello, se han generado potentes movimientos políticos y sociales que defienden la política de la diferencia y desafían al propio statu quo, amén de condenar al disidente al ostracismo o a la condena pública por reaccionario compulsivo y fundamentalista peligroso, cuando no por facha recalcitrante.
Los teóricos postmodernos han hecho hincapié en la fragmentación frente a la unidad, en el desorden frente al orden, en el particularismo frente al universalismo o cosmopolitismo, en el sincretismo frente al holismo, en la cultura popular e igualitaria frente a la alta cultura y en el localismo frente al globalismo. En una era de identidades múltiples y conflictivas, los individuos que subrayan una faceta particular de sus identidades a expensas de todas las demás están bien lejos de querer entrar en un diálogo democrático con sus iguales. En la medida en que los ciudadanos empiezan a retribalizarse en grupos étnicos, lingüísticos o en otros grupos de identidad fija, la democracia fracasa. Cualquier posibilidad de diálogo humano, de comunicación y de comunidad de intereses democrático se desvanece. La diferencia se vuelve cada vez más exclusivista.
El discurso postmoderno es un serio impedimento para el diálogo fructífero por encima de las fronteras nacionales y mentales, ya que debiera preguntarse adónde conduce una política que celebra, alborozada e ilimitadamente, las diferencias. Una cosa es afirmar la legitimidad de la diversidad cultural, y otra muy distinta abandonar la búsqueda de valores compartidos y convergentes, pues como ha dicho el filósofo y politólogo franco-argelino Sami Naïr: “los identitarismos significan la destrucción de las naciones y los Estados, y suponen el fin del universalismo, el humanismo y la filosofía de la Ilustración”.
- Luis Sánchez de Movellán es Doctor en Derecho y Director de la Vniversitas CEU Senioribvs