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EL MATRIX REAL

La sociedad que estamos creando

La sociedad que estamos creando
Ampliar

· Por Manuel de Cristóbal, abogado

domingo 11 de marzo de 2018, 09:39h
Chalecitos en el extrarradio o adosados de tres plantas con piscina comunitaria, pista de “paddle”… y, en el medio de todo: un centro comercial. Calles sin coches, teletrabajo estandarizado, el cielo lleno de drones de reparto de Amazon y Google… y el centro de las ciudades para el Ayuntamiento, el Congreso, las sedes de partidos políticos y sindicatos y, por último, las oficinas de Google o, Amazon. Todo hipermoderno. Todo hiperconectado. La futura sociedad será una sociedad virtual, donde la cuantificación será la principal droga: Cuantos “likes”, cuantos “me gusta”, cuantos “amigos”.

Se están suministrando recompensas variables, en su cuantía, e intermitentes, en su distribución, de modo que se incita al sujeto a tener más “likes” (“me gusta” de Facebook), “followers” (seguidores de Twitter), etc., a la mayor brevedad, y el modo de conseguirlo interactuando más con la máquina, es decir, con una “nueva dosis” que lo convierte en más adicto y más dependiente de las redes. Hemos pasado de contratar a químicos para producir adictivos que enganchan al tabaco a contratar psicólogos para diseñar como engancharnos a las máquinas.

Otro de los modos de aumentar la adicción es obligarnos a obligar a los demás a que se conecten. Un número señala los días pasados desde el último contacto con cada usuario, de modo que, por canales externos (teléfono, “WhatsApp”, etc.), les exigimos que se conecten con nosotros, para que ese número deje de crecer. Además de engancharnos, enganchamos a los demás. Es un número diabólico.

El resultado es que estamos “criando” niños impertinentes quienes, en cualquier momento, nos exigen: “mírame”, “escúchame”, “quiéreme”, “conéctame”, “likeame”...

La situación ha desvariado hasta el punto de tener que pintar señales en el suelo e incluso instalar semáforos “de suelo” para que esta nueva generación de adictos no muera atropellada cuando cruza una calle.

Se consumen más redes, se compra más por Internet y se genera tanta adicción como la de aquel fumador empedernido que encendía un nuevo pitillo con la colilla del anterior. Pero mientras él, sólo fumaba 2 cajetillas, 40 cigarros, hoy podemos recibir 1.500 mensajes en solo una tarde.

Y cuando queremos “reconectar con la realidad”, la mensajería instantánea nos saca del presente (porque estamos trabajando o friendo un huevo por aquello de comer y dormir, ente los primeros 1.000 mensajes y los siguientes), para volvernos a llevar a la nube. A modo de ejemplo, la campaña de la DGT en contra de contestar los SMS mientras se conduce. Por mucho que le suene el “WhatsApp” recuerde que los atropellos son reales.

Pero la industria vela por los adictos, y ya vemos anuncios de conductores que buscan el móvil, mientas el coche frena solo.

Internet facilita información de nuestro pensamiento en todo aquello que tiene repercusión económica (todo lo que buscamos y todo lo que compramos) y las redes sociales complementan ese perfil con todo aquello que no es cuantificable en euros.

Todo esto lo usan los políticos. Investigan quién les vota más. La empresa de encuestas contesta: “Los que van en bicicleta”. Y la conclusión del político es automática, necesito conseguir que la mayor parte de la población use la bicicleta y cuantifico lo adicta que es a mi ideal político, según el número de horas que permanece sobre la bicicleta. Y, siguiendo con tan “impecable razonamiento”, la principal directriz de su política pasa a hacer la vida imposible a los coches y a permitir solamente bicicletas. Y nueva encuesta y nueva compra de datos a las empresas de Internet y redes sociales ¿Cuántas bicicletas se han comprado? ¿Qué se dice de las bicicletas?

Pero los políticos no se quedan ahí, pasan de identificar el grupo al que tienen que satisfacer para que les vote, a crear con dinero público un grupo que no sólo les vote, sino que sea de su propiedad, para su satisfacción y uso personal. Recuerdan cuando se nos decía: “Usa el transporte público”. Ahora, ya van por “Soy parte de un movimiento que usa el transporte público”…

Y detrás siempre hay varios partidos que pretenden la propiedad de ese “movimiento”, es ese “grupo”, pero sobre todo, quieren su dirección y control.

Al final, todos compiten por el mismo grupo, el grupo de quienes votan. Pero, mientras unos políticos quieren satisfacerle para que el grupo le vote, otros quieren controlarlo y, por último, los hay que quieren reorganizarlo en nuevos grupos más adictos a sus ideas, de hacerlo, más controlable tras la reorganización.

La pertenencia a un grupo nos condiciona muy duramente a actuar como determina el grupo. La pertenencia a un grupo sin contacto físico entre sus miembros, impide la conversación individual. Las “conversaciones” en los grupos de internet, aun cuando sean cerradas frente a los no miembros, son públicas para todos sus miembros, es decir, las personas que nos importan porque nos facilitan contactos, porque nos proporcionan “likes”, y me veo obligado a no salirme de la ortodoxia. Es ese descubrimiento moderno de “cuanto más conectados, más solos estamos”.

Este tipo de conexión me impide el anonimato, cosa distinta de la irresponsabilidad. Con la excusa de la exigencia de responsabilidades, es imposible la vida anónima, esa que se pregonaba como una de las maravillas de las grandes ciudades, donde se podía volver a casa a las tres de la madrugada, sin que te criticara el vecindario, y podías salir con “Juanita” sin que nadie se enterara, cosas imposibles de hacer en un pueblo pequeño. Ahora han conseguido que toda tu vida sea pública y puedan analizar hasta lo que piensas.

El anonimato es un derecho y no es una cuestión nueva. El caso McIntyre contra la Comisión Electoral de Ohio trató sobre este tema y llegó al Tribunal Supremo de EEUU, en 1995 (antes de ayer).

A Margaret McIntyre se la detuvo repartiendo panfletos contra un proyecto de impuesto escolar y la Comisión Electoral de Ohio, la consideró culpable. La sancionó por violar una ley que prohibía "la distribución de literatura de campaña que no contenga el nombre y la dirección de la persona o el responsable de campaña que la emite".

Esto es importante, porque nunca se habló de contenido ofensivo, revolucionario o característica similar. Simplemente no tenía firma.

Margaret McIntyre alegó que estaba protegida por la Primera Enmienda (libertad de expresión) pues consideraba el anonimato como una necesidad para expresarse, para vivir tranquilamente sin que sus ideas interfirieran en su vida, para comprar, sin que nadie la preguntara por su proyecto o le “escupiera en la cara”, tanto más cuando el contenido era ético, moral, decente y en contra del Gobierno del momento.

La cuestión no fue pacífica. Apeló la multa ante el Tribunal de Súplicas Comunes, que la revocó. La Comisión apeló al Tribunal de Apelaciones de Ohio, que reimpuso la multa. Ella recurrió a la Corte Suprema de Ohio, que reconoció su derecho al anonimato. Se pidió una confirmación a la Corte Suprema de los Estados Unidos que, finalmente, confirmó la obligación de firmar toda la propaganda electoral, dejando sentado que la Primera Enmienda no cubría el anonimato en este tipo de escritos. Por cierto, para entonces la Sra. McIntyre había muerto pues todo el proceso duró más de 15 años.

El anonimato impide el argumento de autoridad o el rechazo inicial al escrito por detestar al firmante. El escrito anónimo tiene el valor de su contenido, no de su firma. ¿Cuántos militantes de un partido disienten? Es más: ¿Cuantos concejales, alcaldes, congresistas… disienten en alguna cuestión del pensamiento del partido pero lleva la firma de su autor, el partido? ¿Qué pasaría si las ideas, las leyes pudieran ser anónimas y debieran sostenerse por su contenido y no por el grupo que las presenta?

El anonimato permite disentir en un aspecto, dentro de un grupo o red social, sin correr el riesgo de ser expulsado del “club”, pero el disentimiento, sin poder atacar al mensajero, es algo muy peligroso para el “status quo”.

Luego la conclusión es evidente, las nuevas tecnologías deben ser fomentadas para conseguir:

1º.- Mostrar un mundo maravilloso, con miles de “amigos” (contactos en el mejor de los casos), comida a domicilio, entradas sin esperar cola (“pan y circo), etc.

2º.- El aislamiento del individuo quien, después de conseguir el alta de conexión a Internet, no contactará con nadie físicamente y, además, permite monitorizar todas sus comunicaciones, actividades (paso número dos de los acosadores, etc.).

3º.- Una total sumisión y manipulación, objetivo último de todo maltratador, mediante la manipulación del grupo, el SMS “espontáneo” a la manifestación, la campaña de desprestigio del oponente, la persecución del disidente, etc.

Por tanto, el mundo idílico de chalecitos a las afueras, con cámaras en las calles, implica un acuerdo entre empresas de Internet y redes sociales para vender información a los partidos, que éstos la utilizarán para generar grupos numerosos de desconocidos que vivirán dentro de la ortodoxia del partido.

Internet y las redes sociales no sólo cobrarán por sus servicios, exigirán “favores”: Impondrá a ayuntamientos la obligación de cablear las ciudades, las casas (la normativa ITC, de infraestructuras comunes de telecomunicaciones ya lo hace), semáforos en el suelo y coches “inteligentes” que no atropellen a su producto ¡perdón! a los ciudadanos despistados que van por la calle mirando únicamente sus móviles.

Si cambiamos los chalecitos por ampollas de cristal llenas de líquido verde, sustituimos los teclados del ordenador y del móvil por 3 cables en la nuca y añadimos dos robots malvados patrullando . . . ¡Nos encontraremos en MATRIX!

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