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ALEJADOS DE LA REALIDAD QUE NOS CIRCUNDA

Un virus distópico

Un virus distópico
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· Por Luis Sánchez de Movellán de la Riva, Doctor en Derecho. Profesor y Escritor

By Luis Sánchez de Movellán
domingo 15 de marzo de 2020, 09:06h
Actualizado el: 20/03/2020 13:00h
Estamos inmersos en una certeza, no sabemos si virtual o real, en la que nos hablan de hospitales lejanos que se construyen en dos semanas, calles semivacías o directamente vacías en las que ulula el aire, escenas de masas histéricas que se pelean por un rollo de papel higiénico, largas colas de fumadores con “mono” que venderían a su padre por un paquete de cigarrillos, grupos incontrolados de zombies humanoides que “saquean” compulsivamente hipermercados dejando escenas dantescas de lineales inquietantemente vacíos, patrullas militares que imponen su ley marcial contra la libertad deambulatoria de los ciudadanos…

Si levantamos las cabezas, nos sobrevuelan drones que vigilan y alertan acerca de aquellos rebeldes subversivos que salen al exterior sin protección. Farmacias sin geles ni mascarillas, los cuales empiezan a ser géneros de lujo y objetos de deseo del mercado negro. Quizás exageremos o nos hayamos dejado arrastrar por la literatura distópica – hoy, por cierto, tan de moda- pero no me podrán negar que el Covid-19 es la nueva “gripe española” de nuestros días.

Esta pandemia hodierna (¡quién nos iba a decir, hace solamente un mes, que la novela distópica “Los ojos de la oscuridad”, publicada en 1981, del escritor estadounidense Dean Koontz, se iba a hacer siniestra realidad!), ha logrado que el que suscribe comience a llevar una vida de ermitaño, rehuyendo todo contacto con productos asiáticos, dejando de deleitarse con alguna delicatessen del antiguamente llamado “Celeste Imperio” y volviendo con fuerza y convencimiento a sus orígenes gastronómicos mediterráneos.

La pasada Nochevieja se detectó en la ciudad china de Wuhan, una ciudad que ningún europeo era capaz de ubicar en un mapa, un misterioso virus que, silenciosa y obstinadamente, se fue expandiendo por todo el globo terráqueo. Lo que empezó siendo una anécdota del Lejano Oriente, se ha convertido en una categoría inquietante y universal.

Aunque la OMS y todos los gobiernos aseguran que tienen información muy precisa sobre este virus y su expansión, nos tememos que haya ocultaciones interesadas sobre el mismo, sobre su desarrollo y sus mutaciones. Hay indicios racionales que nos hacen pensar que en el origen comunicativo de China, debido a su régimen informativamente opaco, se nos ocultaron datos relevantes. La virulencia de esta peste -quizás la más grave desde la famosa pandemia gripal “española” de 1918- es mayor que todas las anteriores que hemos conocido en las últimas décadas.

Se nos dice que la mortalidad oscila entre el 2 y 3% de los infectados, incluso siendo menor que la de la gripe común, pero entonces, ¿por qué vemos ciudades chinas o calles italianas (¡pronto veremos las españolas!) convertidas en desiertos urbanos? Las respuestas son variadas, alegando muchas y diversas “teorías conspiratorias”: que si hay muertos y contagiados por doquier con incineraciones clandestinas de cadáveres; que si el virus es un arma de guerra biológica, como nos ha contado un senador republicano estadounidense, creada por Bill Gates; que si han sido los propios “mass media” quiénes se habrían inventado esta patraña con fines inconfesables para manipular a las masas.

Lo cierto es que su incubación, propagación y contagio se han disparado (especialmente en nuestra hispánica piel de toro), infectando prácticamente a todo el planeta, a pesar de las increíbles y drásticas medidas de seguridad implantadas. A día de hoy, todavía no sabemos como combatirlo eficazmente y se tardarán varios meses en implementar una vacuna efectiva. Incluso ha circulado el bulo de que eran las propias transnacionales farmacéuticas quiénes habían montado este tinglado para forrarse con nuestros miedos y temores.

Lo único que nos queda por decirles es que se informen bien para que no les engañen, sigan las instrucciones de las autoridades (aunque no les gusten y sean reacios a obedecer sumisamente), que no hagan caso de los dimes y diretes infundados sin base científica y que sigan los consejos que nos dicte el sentido común: coman sano, sean contenidos en los saludos, no hagan alarde de efusiones amatorias y realicen las abluciones de manos que les dicte su instinto de supervivencia. Y, en todo caso, realizar la invocación que hacían nuestros ancestros cuando, en los momentos más tenebrosos y extremos de la peste negra medieval, exclamaban: Et peste, fame et bello, libera nos, Domine!

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