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¿TODO REALMENTE VOLVERÁ A SER IGUAL QUE ANTES?

Reorden mundial
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Reorden mundial

· Por Pablo Sanz Bayón, Profesor de Derecho Mercantil, Facultad de Derecho – ICADE, Universidad Pontificia Comillas

miércoles 01 de abril de 2020, 08:35h
La propagación mundial de la pandemia ha desatado una congelación brutal de la economía, sin precedentes en la historia moderna. Nos ha introducido en una crisis global múltiple: sanitaria, financiera, política y social. Un punto de inflexión disruptivo que marca el final de una época y determinará el devenir del resto del siglo XXI. Una vez se pueda contener finalmente al virus, y comiencen las vacunaciones masivas, las sociedades volverán a activarse y pronto se adentrarán en una fase insólita de incertidumbre geopolítica, hasta que se reordenen progresivamente las relaciones internacionales y las estructuras económicas y políticas. ¿Volveremos a la “normalidad”? ¿O nada volverá a ser igual que antes?

El shock de la pandemia nos situará probablemente en un escenario de paréntesis por algún tiempo. Las grandes potencias mundiales están recalculando riesgos, revisando sus vulnerabilidades y fortalezas, conteniendo sus respectivos impactos sociales y financieros. Pero esta fase será momentánea, aunque pueda durar meses o el primer año. Nos encontramos en la fase de creación y difusión de la narrativa explicativa de lo sucedido. La batalla ahora es discursiva, mediática, propagandística. Se buscarán culpables, cabezas de turco y chivos expiatorios internas y externas. Desde diversos poderes e instancias se crearán épicas y ucronías, o se azuzarán teorías conspirativas para justificar lo que pasó y lo que vendrá. En todo caso, posteriormente se dará paso hacia un replanteamiento del modelo globalizatorio y en concreto, al cuestionamiento de los postulados del desarrollo del capitalismo financiero dominante desde los acuerdos de Bretton Woods.

La arquitectura institucional del sistema financiero internacional, con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial a la cabeza, viven posiblemente sus últimos compases. Otras instituciones también se verán abocadas a metamorfosearse de algún modo, como la Organización Mundial del Comercio o la OTAN. El mundo para el que fueron concebidas ya no existe. Es pronto para anticipar las reacciones de EEUU, China, India y Rusia, y sus áreas de influencia, así como el rol que adoptarán en su caso el G-7 y el G-20 en toda esta nueva situación, así como la supervivencia o no de la Unión Europea ante su enésima crisis de credibilidad. Habrá que examinar con sumo detenimiento cual será el empuje de los BRICS así como los movimientos y sus interpretaciones que puedan producirse en las zonas más sensibles del planeta, plagadas de polvorines y sometidas al albur de un innumerable conjunto de factores, injerencias y tensiones, como son los casos de Siria, Palestina, Irán, Libia, Ucrania, Venezuela, Cachemira, Yemen, Tíbet o Corea del Norte.

La crisis económica mundial en la que nos adentramos es multifactorial y de arrastre, porque no puede entenderse sin la erosión social de las clases medias que supuso el Crash de 2008 y la consiguiente recesión. Esta realidad implica entender que la pandemia de 2020 no es la causa directa de lo que está por venir, sino el detonador o la ignición de la nueva recesión y de una posible depresión económica en ciernes, que pueda ser utilizada, desde algunas instancias, para reiniciar el sistema económico aprovechando la nueva coyuntura. Las características del coronavirus, la rapidez y la facilidad con que se producen los contagios, su difícil contención, la limitada capacidad hospitalaria ante la avalancha de enfermos graves, el desabastecimiento de materiales y suministros médicos básicos, la inexistencia de una vacuna y la inoperancia de no pocas instancias estatales y supranacionales, fueron los elementos que en su conjunto provocaron que, en un contexto globalizado y con fronteras fácilmente permeables, la crisis haya adquirido las dimensiones que finalmente ha tenido.

La respuesta más efectiva a la crisis sanitaria, como ha demostrado precisamente China, ha implicado necesariamente el confinamiento de la población, la cuarentena total sobre los focos de la enfermedad, y con ella, el apagón económico y el cierre de fronteras por varios meses. Esto supone a nivel mundial la suspensión inmediata -abrupta- de la gran parte del flujo de pasajeros y del transporte de mercancías. Básicamente, la solución ha conllevado la interrupción del funcionamiento del comercio, de los mercados y por tanto de los intercambios entre países y entre empresas. Por consiguiente, esto ya está implicando el comienzo de una recesión mundial, con unas zonas más afligidas que otras, y la destrucción general de riqueza por la imposibilidad de cerrar los ciclos de inversión-producción-consumo. Aunque pueda reanudarse parcialmente en los próximos meses, el efecto lesivo sobre amplias capas sociales será muy agudo, sobre todo en las economías más débiles y desequilibradas, como las de los países emergentes, pero también de los decadentes, generando altas tasas de desempleo, la pauperización de muchos estratos poblacionales que a su vez demandarán una respuesta estatal de protección social que será muy difícil de articular y financiar. La crisis económica tambaleará a casi todos los sistemas políticos, y en función de cómo se resuelva, estaremos ante la emergencia de un nuevo tipo de (re)orden mundial o de otro. Pero hay algo que prácticamente se puede confirmar ya mismo: las grandes potencias no volverán a ser las mismas, ni a reproducir el modelo globalizatorio experimentado hasta principios de 2020. El Covid-19 es el fin de una época, o mejor dicho, el comienzo de otra.

Por de pronto, China ha conseguido frenar el contagio y reanudar la actividad económica. Previamente, el desarrollo de la nueva ruta de la seda terrestre y marítima, lanzada por Xi Jinping, ya había permitido a la potencia china mejorar sus conexiones comerciales con numerosos países en todos los continentes, auspiciando instituciones financieras internacionales y de desarrollo de carácter alternativo a las predispuestas por el orden unipolar occidental, como el Banco Asiático de Inversiones e Infraestructuras. Esta crisis significará un posicionamiento exterior más significativo para China, reactivando lo que su diplomacia económica había consolidado en los últimos años y que ni siquiera la guerra comercial desatada por la Casa Blanca había podido desarticular. El gigante asiático asumirá probablemente un rol más activo y decisivo en el tablero internacional porque ahora ya cuenta no sólo con su vigoroso músculo financiero e industrial, sino con una densa red de socios y centros de intereses repartidos y diversificados por América del Sur, África y Asia Central. Por eso puede afirmarse que la incógnita no es China sino más bien EEUU. La incógnita es cómo saldrá Washington de esta crisis múltiple y qué papel asumirá a partir de entonces, ya sea con Trump o en su caso con Biden, desde el próximo noviembre en caso de que hubiera reemplazo de mandatario tras las elecciones presidenciales.

Para las dos potencias hegemónicas estaba claro que el modelo capitalista se estaba agotando. El 2019 fue un año de desaceleración económica y tarde o temprano se iban a tener que plantear reformas estructurales porque parecía insostenible mantenerlo sin una escalada de tensión, como la abierta disputa comercial que habíamos presenciado en los últimos años. El planteamiento de la guerra comercial de Trump, su política proteccionista, pareció dar algunos frutos, frenando la expansión y crecimiento del dragón asiático. De ese modo, EEUU pretendió ganar tiempo para que sus gigantes tecnológicos pudieran igualar a los chinos. Esa era sin duda la razón de más peso que justificó la guerra comercial: ganar tiempo frenando el avance de China, y no tanto las políticas arancelarias, más sonadas que efectivas en la práctica. Seguramente, en los próximos meses veremos si las secuelas del coronavirus sobre la economía mundial permiten vislumbrar cuál de los dos hegemones puede desplegar las mejores redes 5G por toda la geografía mundial y hacerlo más estratégicamente en las diferentes áreas de influencia sobre las que pueden hacer presión. De la infraestructura del 5G dependerán los desarrollos tecnológicos de la Cuarta Revolución Industrial con la hiperconectividad de máquinas y empresas y el Internet de las Cosas, junto con la Robótica, la Ciencia de Datos y la Inteligencia Artificial, como principales frentes de actuación.

Obviamente, el reorden mundial tendrá otras variables y dinámicas, que, aunque opacados ahora por el ritmo de los acontecimientos, irán paulatinamente ganando peso. Ese será el caso de la transición energética hacia una economía descarbonizada -con todo el impacto geopolítico inherente en los países con grandes reservas de combustibles fósiles e hidrocarburos-. El mismo proceso se acelerará en el marco del control de las reservas acuíferas del planeta y en el sector de la producción y suministro de los principales minerales, como el cobalto y las llamadas “tierras raras”, tan necesarios para los materiales que integran los dispositivos electrónicos. Al mismo tiempo, se intensificarán y acelerarán todavía mucho más algunos fenómenos, como las nuevas carreras armamentista y espaciales, los desafíos demográficos y migratorios y, como resultado de lo sucedido con la pandemia, la progresiva nacionalización de la investigación farmacéutica y la instalación permanente de políticas de prevención sanitaria ante hipotéticas oleadas virológicas con sospechosa apariencia de guerra biológica.

Todos y cada uno de estos escenarios del próximo reorden mundial al que vamos a asistir parecen exigir sistemas políticos audaces y emprendedores, gobiernos más ejecutivos y sociedades más disciplinadas. Las potencias que precisamente están demostrando esta eficacia son las que se rigen por sistemas autocráticos. Los interrogantes en algunas partes de Occidente son en realidad cuánto y cómo toda esta nueva situación va a afectar en el modo de vida que hasta muy recientemente sus sociedades habían vivido y conocido. Un modo de vida basado -con sus limitaciones e imperfecciones-, en la democracia representativa, el Estado de Bienestar o los derechos humanos. Ideas, instituciones y doctrinas que fomentaron sociedades abiertas y cosmopolitas, pero también bastantes ingenuas y, en la práctica, vulnerables, como los hechos han demostrado.

La reordenación mundial vendrá por tanto de cómo se fraguarán las nuevas interconexiones entre las principales potencias en torno a sus capacidades e intereses geoestratégicos. Todas estas claves y factores ya estaban allí, antes de la pandemia, pero es precisamente la irrupción del virus lo que ha desencadenado toda la impresionante disrupción que está experimentado el mundo en este momento histórico.

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