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Equilibrios europeos
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Equilibrios europeos

· Por Pablo Sanz Bayón, Profesor de Derecho Mercantil, Facultad de Derecho – ICADE, Universidad Pontificia Comillas

lunes 27 de julio de 2020, 08:04h
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La aprobación del fondo de recuperación en el pasado Consejo Europeo ha supuesto un extraordinario ejercicio de equilibrismo político dentro de las estructuras de poder del proyecto europeo. Las fricciones entre el norte y el sur, con visiones antagónicas respecto a las finanzas europeas, fueron finalmente enfriadas por una Alemania dispuesta a asumir discretamente el liderazgo de Europa. Las ásperas negociaciones tecnocráticas entre los jefes de gobierno holandés, sueco, finlandés o austríaco de un lado y el español, portugués, griego o italiano de otro, pudieron finalmente ser encauzadas por el eje franco-alemán, pero sobre todo por Merkel. La canciller germánica adoptó una posición moderada y moderadora desde su control indirecto de la Comisión Europea (Von der Leyen, alemana y exministra suya) y del Banco Central Europeo (con sede en Frankfurt y con el Bundesbank como su mayor contribuyente).

Los denominados “frugales” (Holanda, Dinamarca, Suecia, Austria y Finlandia) pretendían sujetar a los países deudores, encabezados por Italia y España, a unos compromisos macroeconómicos que sirvieran de garantía fiable para el desbloqueo de los fondos de recuperación. Lo consiguieron. También lograron reducir sus propias aportaciones a los presupuestos comunitarios. Además, la reciente llegada a la presidencia del Eurogrupo del ministro de finanzas irlandés, Paschal Donohoe, aupado por los frugales, contribuirá sutilmente a cumplir las expectativas del norte sobre el cumplimiento de las condiciones que se impongan para liberar la liquidez que tanto necesitan Italia y España. Irlanda se ha convertido en los últimos años en el modelo económico y de gestión pública que el norte quiere imponer a los países meridionales. Asimismo, la recepción de los fondos también se ha visto condicionada al respeto de las garantías del Estado de Derecho. Este punto podría tener bastante recorrido en los próximos meses y años, porque afectará al giro iliberal emprendido por Orbán en Hungría y al recién reelegido Duda en Polonia. Ambos líderes posiblemente se vean obligados a ceder ante Bruselas en varias materias a cambio de acceder y disfrutar de su porción de los paquetes multimillonarios de ayudas y préstamos.

Más allá del fondo de recuperación, la otra zona de conflicto de intereses se sitúa en la política monetaria del BCE. Desde 2014 una parte de la política monetaria ha estado orientada a usar sus recursos para evitar el empeoramiento de la calificación crediticia de la deuda pública de los Estados del sur. Esto ha suscitado serias reticencias en algunas instancias del norte y centro de Europa, por su prolongación en el tiempo y su reciente potenciación por la pandemia. Un ejemplo de estas suspicacias se reflejó en la polémica Sentencia del Tribunal Constitucional Alemán del pasado 5 de mayo, en el que, situándose por encima del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, se cuestionaba la conformidad con el Tratado de Lisboa de estos mecanismos de compra de deuda de los Estados del sur, a los que contribuye sustancialmente el Bundesbank.

Aunque las críticas vertidas contra esta sentencia basadas en el legalismo europeo no estaban faltas de razón, el debate de fondo iba más allá de los tecnicismos jurídicos. La clave del debate de fondo versa más bien sobre el hartazgo que suscita en el norte, en sus gobiernos, empresas, contribuyentes netos y sistema bancario, la dependencia crónica de un sur europeo compuesto por Estados insostenibles. Países gobernados por políticos reacios a asumir el coste electoral que supondría acometer las reformas estructurales (pensiones, mercado de trabajo, administración pública) que sus economías necesitan para modernizarse, ser productivas y competitivas. Si la deuda publica emitida sigue siendo comprada por el BCE, parece lógico que la clase política española e italiana continúe sin tener incentivos para reaccionar a los reiterados desequilibrios presupuestarios y fiscales que generan, dejando a sus respectivos Estados en la inercia de acumular fuertes cantidades de deuda financiada indirectamente con recursos externos, principalmente del norte.

Los países frugales, en tanto que acreedores, ya dejaron claro al comienzo de la crisis económica derivada de la pandemia que en ningún caso iban a admitir la emisión de “eurobonos” ni la implantación de ninguna especie de mutualización de la deuda. Pero la realidad es que una parte de estos fondos de recuperación van a ser captados mediante la emisión de deuda institucional europea. A pesar del histórico acuerdo alcanzado, los frugales han tenido que ceder porque son países pequeños en términos económicos y demográficos, pero han podido fijar sus líneas rojas y reservarse su poder de veto en el Consejo Europeo, institución que funciona con unanimidad y que volverá a ser crucial para el control del cumplimiento de las condiciones de las ayudas a España e Italia.

Por otra parte, un factor determinante en este juego de equilibrios pasa necesariamente por Alemania, que debido a su margen fiscal se ha acogido al régimen de excepcionalidad de la pandemia para implementar un gran volumen de ayudas de Estado a su industria y sectores estratégicos. Las ayudas de Estado constituyen una medida de excepción a las reglas de defensa de la competencia que supuestamente deben regir dentro del mercado interior. El caso más sonado ha sido Lufthansa, que recibió capital público por valor de 6000 millones de euros. Alemania no podía permitirse tener quebrada a su aerolínea más señera ni tampoco otras muchas empresas estratégicas. El neocapitalismo de Estado que inaugura el gobierno alemán marca en cierto sentido una época nueva dentro de los consensos que caracterizan al mercado interior, en el que los fundamentos de la defensa de la libre competencia entre Estados y empresas europeas parecen estar pasando a un segundo plano, recuperándose ideas y mecanismos netamente proteccionistas.

Alemania, gracias al margen fiscal del que goza, está buscando recapitalizar su industria con ayudas estatales para así prevenir los riesgos de insolvencia de sus grandes empresas. Acumula a día de hoy la mitad de las ayudas de Estado de la UE, autorizadas por la Comisión Europea. Pero este giro de su política económica no sería posible si no contara con el plácet de Francia, que ya lo tiene, porque Macron comparte el mismo enfoque a pesar de que el Estado francés dispone de menos recursos para seguir el ritmo alemán de intervencionismo y nacionalización de su economía. Por su parte, Italia y España, que quedan mucho más afectadas por la crisis, al carecer de margen fiscal para ayudar a sus propias empresas, tendrán que ceder en este punto ante Alemania, a cambio de la ayuda moral y diplomática que Merkel les ha facilitado frente a los frugales para desbloquear finalmente el fondo de recuperación. La alternativa era el abismo, tanto de Italia y España, como de la UE. Pero la empatía alemana no ha sido gratis y se cobrará en su debido momento.

Finalmente, en los próximos meses podría formarse un nuevo frente donde fraguarse una verdadera contraofensiva del sur frente a los frugales. Este frente es el de la armonización tributaria de la Unión, a fin de acabar con esa especie de “paraísos fiscales” en la forma de leyes tributarias que generan una competencia abusiva entre los diferentes Estados europeos. No se trataría sólo de terminar con las excepciones y privilegios de Luxemburgo, Malta o Liechtenstein (que no forma parte de la UE, pero sí del Espacio Económico Europeo) y revisar las premisas de la negociación del Acuerdo de Asociación de Andorra, Mónaco y San Marino, sino también con los diversos artificios normativos que permiten a Países Bajos o Irlanda captar capitales e inversiones generados en el resto de Estados miembros. El sur, aunque debilitado y endeudado, está en posición de invocar la firme aplicación del artículo 116 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, que permitiría ir hacia una armonización tributaria europea más adecuada evitando que algunas leyes nacionales sigan distorsionando el mercado interior y falseando las condiciones de competencia entre los Estados miembros.

Con todo, a pesar del éxito del pasado Consejo Europeo, lo cierto es que el tablero político europeo seguirá tensionado. La UE ciertamente no se podía permitir el fiasco de las negociaciones, máxime en una coyuntura mundial en la que EEUU, China y Rusia podrían sacar ventaja geopolítica de los errores y las discrepancias de los socios europeos. La UE se sabe pequeña ante estas superpotencias y Alemania necesita a sus socios unidos para seguir siendo el gigante que es hoy. Por eso, a fin de cuentas, la UE ha sabido por fin mostrar una imagen de cohesión, rescatando a Italia y España, porque en ello le va su propia supervivencia. Ahora bien, este juego de equilibrio europeos ha dejado a la Unión en una situación de impass a la espera de que los acuerdos alcanzados sean efectivamente ejecutados y supervisados.

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