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Aquellos tiempos felices.
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Aquellos tiempos felices.

Nadie está libre de culpa

· Por César Alcalá

viernes 08 de enero de 2021, 08:25h
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Durante la comparecencia de fin de año del presidente del gobierno Pedro Sánchez pronunció una frase que ha levantado ampollas. El presidente dijo que “cuando hablamos de Cataluña, nadie está libre de culpa. Todos hemos cometido errores, y tenemos que aprender de esos errores, mirar hacia adelante, y ser capaces de encontrar en espacio en el que nos podamos reencontrar”. En el fondo el presidente Sánchez tiene razón en sus palabras. Y es que todos han cometido errores desde el principio. Aquel café para todos nos ha llevado a donde estamos. Y, si no, un poco de historia nos refrescará la memoria.

Desde 1982, cuando el PSOE ganó las elecciones por primera vez en democracia, Felipe González estableció una comunicación directa y permanente con Jordi Pujol. El motivo era abordar los problemas derivados del desarrollo económico. ¿Cuáles? El problema de las cofradías de pescadores, el despliegue de los mossos de escuadra y el desarrollo estatutario.

González salvó a Pujol en el caso Banca Catalana. Esta entidad financiera, vinculada desde su fundación a la familia Pujol fue investigada, como años después ocurrió lo mismo con Banesto. En 1986 los fiscales Mena y Villarejo pidieron que se procesara a Pujol y a otros consejeros. En 1990 la Audiencia de Cataluña decretó el sobreseimiento contra Pujol e impidió que la investigación llegara a Madrid.

Ese mismo año Jordi Pujol publicaba en el diario El Periódico lo que se conoce como Programa 2000. El resumen de esta hoja de ruta del separatismo es que se debía colonizar todo. Concretaba con pelos y señales todos los ámbitos sociales en los que el nacionalismo debía incidir para aumentar la consciencia nacional catalana, en detrimento del concepto español de pertenencia a un país. En la práctica el Programa 2000 comentaba que:

Hay que incidir de manera eficaz en todos los medios de comunicación a través de personas con una mayor influencia social positiva. Al mismo tiempo, se deben promover y potenciar las entidades con una extensión cultural y de formación que incluyan este contenido nacionalizador. Las campañas de sensibilización que se organicen han de tener como base el fomento de las fiestas populares, las tradiciones, costumbres y mitología nacional. La potenciación del modelo familiar que garantice la sustitución biológica. Reforma del Estatuto de Autonomía (...). Edición de libros, artículos de sensibilización y material de soporte para las actividades propias de cada ámbito”.

En 1993 Felipe González volvió a negociar con CiU para mantenerse en la presidencia del Gobierno. En 1996 las dificultades económicas, los escándalos, la campaña llevada a cabo por José María Aznar y la negación de Pujol en el momento de aprobar los presupuestos, provocó que se convocaran elecciones.

En 1996 en el Hotel Majestic de Barcelona, José María Aznar y Jordi Pujol sellaron un acuerdo por el que CiU apoyaría la investidura y daría estabilidad al gobierno, a cambio de una serie de contrapartidas. Aznar introduciría una nueva financiación autonómica, eliminación del servicio militar, la supresión de la figura del Gobernador civil, inversiones en Cataluña y transferencia de competencias en tráfico, educación, sanidad, justicia, agricultura, cultura, empleo, medio ambiente y vivienda.

La guinda del pastel fue cargarse al presidente del PP catalán Alejo Vidal-Quadras. Y como explica Artur Mas en sus memorias “el verdadero objetivo era explorar si estábamos dispuestos a unirnos al PP, de tal modo que su partido desapareciese de Cataluña y nosotros ocupásemos todo el espació de centroderecha”. Esta reunión se produjo en Doñana. Aznar entregó Cataluña al separatismo. No solo descabezó al Partido Popular de Cataluña -que tuvo su último gran momento con Alicia Sánchez-Camacho- sino que giró la cara y dejó que Jordi Pujol siguiera poniendo en práctica el Programa 2000.

La llegada de José Luis Rodríguez Zapatero coincidió con el tripartito en Cataluña, de la mano de Pasqual Maragall y José Montilla. De aquella época es la frase: “apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento de Cataluña”, pronunciada por el presidente del Gobierno. Este fue el detonante de las reivindicaciones que se han vivido estos últimos años.

Aquel Estatuto, aprobado en 2005, por el Parlament era inconstitucional en 14 de los 223 artículos. Veladamente el texto pretendía blindar las competencias en manos del gobierno catalán, y reconocer a Cataluña como una nación. Era imposible el encaje constitucional del Estatuto. En 2006 se pactó que el termino “nación” estuviera en el preámbulo. El Tribunal Constitucional le dio el visto bueno en 2010. Todos aquellos desencuentros radicalizaron a los nacionalista.

La llegada de Mariano Rajoy no apaciguó las aguas. Se negó a profundizar en la descentralización del Estado, al recorte del Estatuto de Autonomía catalán de 2006 y la negativa a negociar un pacto fiscal similar al del País Vasco. Recordemos que este pacto se lo ofreció Adolfo Suárez a Jordi Pujol y este lo rehusó.

La hoja de ruta establecida por Jordi Pujol quedó rota con aquel contratiempo del nuevo Estatuto. Recordemos que nadie lo pidió y que no era necesario aprobar uno nuevo. No era, en absoluto, necesario. El enroque de Rajoy de la convocatoria del la consulta del 9 de noviembre de 2014 y el referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017 radicalizaron, aún más, el ambiente. Ahí se podía haber actuado de otra manera.

Por su parte los nacionalistas tampoco se quedaron atrás. Todo fue bien mientras se les dijo a todo sí. Cuando se les llevó la contraria -Zapatero y Rajoy- rompieron la baraja. El primero Artur Mas, la voz de su amo de Jordi Pujol. Y en la misma onda o más extremista Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y las CUP. La radicalización provocó graves altercados sociales. Provocó que se saltaran las leyes y que algunos decidieran huir al extranjero y otros fueran juzgados. Aquella rabieta les costo muy cara a unos. Se enfadaron porque se cerraba el camino iniciado por Jordi Pujol en 1990. Él era el único que sabía dónde quería ir. Los otros solo han llevado a la práctica sus ideas separatistas.

La complacencia de unos, la cabezonería de otros e ir a la suya sin pensar en los demás, nos ha llevado a la situación en la cual nos encontramos. El problema es que aunque aprendamos de nuestros errores, el mal ya está hecho. El nacionalismo catalán lleva más de 30 años trabajando en el programa 2000. Han educado a la sociedad. Han puesto en práctica las palabras que hemos transcrito anteriormente. No están acostumbrados a que les lleven la contraria. Siempre quiere más. Es posible un reencuentro, pero pondrá a prueba a unos y a otros. Todos tiene la culpa, pero ¿quién lanzará la primera piedra para solucionarlo?

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