El autor afirma que, en el momento que entregó el poder a los anarcosindicalista, ahí empieza la cobardía de ERC, pues declinó hacer las funciones que le eran propias. Para esconder la entrega ciega al anarcosindicalismo, a esos hombres se les empezó a llamar “incontrolados”. Nunca hubo incontrolados en Cataluña, todo estaba perfectamente controlado. Esos 40.000 miembros de la CNT-FAI que dominaron las calles de Cataluña podían ser muchas cosas, pero no incontrolados. Llamarlos así formaba parte del discurso cobarde de ERC.
La CNT-FAI dominó el orden público en Cataluña; llevaron a cabo una atroz persecución religiosa y civil; cometieron matanzas represivas en muchos pueblos catalanes; colectivizaron y destruyeron empresas; organizaron sacas; practicaron la eugenesia; e, incluso, confeccionaron un listado que sirvió de salvoconducto para no asesinar a sus hermanos masones. Todo esto lo llevaron a cabo, durante los diez primeros meses de la guerra civil, mientras Companys y ERC miraban hacia otro lado. Se intentó acabar con todo eso con un plan para asesinar a Companys, fracasaron en su empeño.
La cobardía de ERC no se debió al sometimiento dictado por los anarcosindicalistas. Esto fue fruto de la incompetencia de Lluís Companys. Dejó hacer a sus amigos porque sabía perfectamente que eran profesionales y llevarían a cabo su hoja de ruta sin él ensuciarse las manos. Esta fue su cobardía. No entregarse a los anarcosindicalistas, sino no tener el valor de perpetrar sus pretensiones políticas e ideológicas.
La represión en la retaguardia fue maquillada. Se buscó la manera para disimular la barbaridad cometida. En el libro César Alcalá analiza y demuestra que la cifra oficial de 8.352 asesinados durante la guerra civil se queda corta con la realidad. La cobardía de unos y el instinto asesino de otros provocaron un mínimo de 26.606 muertos en la retaguardia catalana.
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