Tampoco es cierta una visión idealizada del escenario mundial (el “Idealismo” politológico internacionalista) pues los graves problemas están ahí y una visión de un progreso infinito mediado por la razón humana -al estilo ilustrado- tampoco obedece al desarrollo de los hechos históricos. De hecho, la llamada Postmodernidad como movimiento cultural surge del desencanto ante los frutos agraces de la Modernidad (Guerras mundiales, totalitarismos, etc.)
Una visión intermedia y más ajustada sería la que se denomina en el ensayo “Idealismo sin ilusiones” (término acuñado por G. Weygel), en el que caben considerar elementos reales muy positivos y respetuosos con la dignidad humana en las Relaciones Internacionales. No son deseos ilusorios sino que podemos constatarlos -de facto- en la historia de la Humanidad (también en la más reciente). Se podría establecer un paralelismo entre este ensayo, aplicado al ámbito internacional, y los inspiradores libros: “El mundo va mucho mejor de lo que piensas”, J. Lecomte (Plataforma, 2018), con datos y pruebas fehacientes, o el no menos sugerente “Factfulness” de H. Rosling (Deusto, 2018).
La comunidad humana global se enfrenta a retos comunes muy significativos y abonar la idea de que el orden mundial es caótico, amoral e inhumano -lo que solo es cierto en parte- nos abocaría a la desesperanza ante la posibilidad real de abordarlos de manera mundialmente conjunta. Pero es que además es desenfocar el asunto, distorsionándolo bastante parcialmente. Señala este trabajo varios aspectos a tener en consideración:
- Ha existido a lo largo de la cultura humana una constante: la aspiración a una comunidad humana universal, que hoy se expresa y articula de diversas formas. La “unidad del género humano” ha sido un horizonte omnipresente como ideal colectivo hasta hoy mismo -y ello desde la Antigüedad, ya que fueron los romanos quienes acuñaron la expresión-.
- La solidaridad ha supuesto un factor decisivo en las Relaciones Internacionales y redescubrirlo es fundamental. Recientemente en la Historia hay hitos significativos (con mayor o menor éxito), así: la Doctrina Wilson (1918), Pacto Briand-Kellog (1924), Sociedad de Naciones (hasta 1932), NN.UU (1945), Declaración de Derechos Humanos (1947), Declaración Schuman y CEE (1950 y 1957), Acta de Helsinki (1975), Caída del Muro de Berlín (1989), Acuerdos de Paz en los 90’ (Centroamérica, Balcanes, Angola etc.), Objetivos del Milenio y ODS (2015 y 2030), Cumbre Climática de París (2015), Documento islamo-católico sobre la Fraternidad Humana (2019), lucha científica frente al Covid-19 (2020)…
- El desarrollo humano ha avanzado muy considerablemente tanto en sus planteamientos teóricos de base, más completos que la mera consideración de la renta per cápita, como en sus logros: reduciendo la pobreza mundial y el hambre severa a mínimos históricos. Hay múltiples factores implicados pero no son menores la cada vez mayor conciencia de las desigualdades y de la interdependencia mundial.
- La salvaguardia de la paz como un valor cada vez más importante a promover y proteger (p. ej., en la ONU, UE, etc.), con una sensibilidad cada vez mayor, así como una renovada ética de la guerra (al menos en sus desarrollos teóricos y en los límites exigibles en la misma), también ha alcanzado cotas muy importantes: aunque los logros sigan sufriendo grandes altibajos y junto con avances, clamorosos y lamentables retrocesos.
- El papel de las culturas, civilizaciones y religiones, conscientes de un necesario cada vez mayor entendimiento, van progresivamente configurándose como un factor pacificador de primera magnitud aunque esto ya ocurriera en muchos casos (Parlamento de las religiones, 1993, Proyecto Weltethik, mediación en conflictos, etc.) No han de ser consideradas únicamente como actores de violencia dogmática -como una visión muy reducida ha querido presentarlos-, sino también y en la obra enumero algunos ejemplos, factor de paz (aún con las consabidas excepciones).
En definitiva, el libro argumenta que ante un proceso muy complejo -ya en marcha hace décadas- pero neutro en sí mismo como es la globalización (o mundialización en francés), encauzarlo de la manera más humana y acorde con la dignidad de las personas -solidariamente- es factible. También lo es poder afrontar colectivamente de manera global los grandes retos: cambio climático, migraciones masivas, IA… teniendo en cuenta que la marcha de la Historia no es reductible sólo a la imposición de la fuerza, el ejercicio de la violencia o la injusticia y la desigualdad globales. Hay muchos elementos éticos y solidarios que ya han entrado en juego con anterioridad en la Política Internacional.
La pacificación de no pocos conflictos, los acuerdos y esfuerzos internacionales, el logro de cotas importantes de desarrollo humano de los países más pobres, un Derecho y una Justicia planetarias mayores (Derechos Humanos, Cortes Penales Internacionales, etc.), la extensión de las democracias parlamentarias y otros muchos fenómenos positivos obligan a no reducir la mirada al pesimismo y la desesperanza. Optar por el pesimismo es una actitud posible pero no enteramente objetiva ni razonable.
Incide el autor en que, partiendo de los hechos, una visión “idealista pero sin ilusiones” del futuro humano es más que realista y posible. Si les interesa esta cuestión palpitante la encontrarán desarrollada en este necesario y urgente ensayo que se presentará en la Escuela Diplomática en el mes de octubre.