Hay nombres que permanecen en la historia de los barrios no por el ruido que hicieron, sino por la huella que dejaron. Leandro Teresa es uno de ellos. Su figura, hoy casi olvidada fuera del ámbito local, resulta imprescindible para entender la transformación de Carabanchel en las primeras décadas del siglo XX. Fue su mejor alcalde cuando fue un municipio independiente de Madrid.
Así se recoge en mi libro 15 Imprescindibles de Carabanchel y Latina, donde su relato novelado aparece como un ejemplo de política cercana, eficaz y profundamente humana. Dicho relato está dedicado a Carlos Izquierdo, quien en la actualidad como concejal está cambiando para siempre Carabanchel a través de la cultura con la marca Distrito 11. Estoy seguro que más pronto que tarde Carabanchel será lo que Montmartre es para París o lo que Chiado es para Lisboa.
Conozcamos un retazo de su historia. El 2 de abril de 1924, Carabanchel Bajo despertó con una expectación contenida. El municipio apenas superaba los tres mil habitantes y su realidad poco tenía que ver con la imagen urbana de Madrid. Calles sin asfaltar, altos índices de analfabetismo, una economía de subsistencia y servicios públicos claramente insuficientes marcaban el día a día de sus vecinos. Aquel día se constituía un nuevo Ayuntamiento y, sin grandes alharacas, era elegido alcalde Leandro Teresa, un hombre serio, de trato directo, poco dado a la retórica y muy consciente del peso de la responsabilidad que asumía.
Desde el primer momento dejó claro su propósito: dignificar la administración municipal y ponerla al servicio de los vecinos. No hablaba de grandes ideales abstractos, sino de problemas concretos: escuelas que no existían, caminos intransitables, viviendas indignas, falta de agua potable. Frente a una política distante y burocrática, Teresa apostó por recorrer el municipio a pie, hablar con jornaleros, lavanderas y hortelanos, y observar la realidad sin intermediarios. Gobernar, para él, era escuchar.
Su gran apuesta fue la educación. En un pueblo donde muchos niños abandonaban pronto la escuela —si es que llegaban a pisarla—, ordenó la construcción de siete escuelas municipales. La decisión fue arriesgada y no exenta de críticas, pero marcó un antes y un después. Aquellos edificios sencillos, de ladrillo modesto y grandes ventanales, se convirtieron en auténticos focos de esperanza. Por primera vez, niñas y niños compartían pupitre, y el futuro dejaba de ser una palabra lejana para muchas familias.
Pero Teresa entendía que la educación no podía prosperar sin unas condiciones de vida mínimamente dignas. Por eso impulsó también la construcción de casas baratas, viviendas humildes pero sólidas, pensadas para obreros y jornaleros. No se trataba solo de levantar muros, sino de ofrecer estabilidad, salud y dignidad. En paralelo, promovió proyectos urbanísticos y alianzas que ayudaron a ordenar el crecimiento del entorno, anticipando transformaciones que marcarían toda la zona sur de Madrid. Colaboró con Marcelo Usera, creador del distrito que hoy lleva su nombre.
Uno de los grandes retos fue el abastecimiento de agua. Durante años, las mujeres recorrieron largas distancias para llenar cántaros en pozos poco fiables. Bajo su mandato comenzaron los trámites para conectar Carabanchel con el Canal de Isabel II, una obra ambiciosa que simbolizaba la voluntad de equiparar el municipio a la ciudad en derechos básicos. Cada grifo que empezó a funcionar fue una pequeña victoria colectiva.
Leandro Teresa también comprendió la importancia de la cultura y la memoria. En 1927 apoyó la publicación de la Guía Oficial de Carabanchel Bajo, una obra singular que retrataba la vida, los oficios y la identidad del pueblo, firmada por Salvador Martín. Para él, el progreso no debía borrar las raíces, sino reforzarlas.
Su labor fue reconocida oficialmente cuando Alfonso XIII concedió al Ayuntamiento el tratamiento de “Excelencia”, un honor reservado a municipios ejemplares. Sin embargo, su verdadero legado no fueron los títulos, sino la transformación real de la vida cotidiana de los vecinos.
La fotografía que acompaña este artículo —Leandro Teresa sentado, sereno, con la mirada firme— resume bien su carácter: un alcalde sin pose grandilocuente, consciente de su tiempo y de su deber. Un hombre que entendió que gobernar es cuidar.
Hoy, cuando Carabanchel vive una nueva etapa de transformación cultural y social, recordar a Leandro Teresa no es un ejercicio de nostalgia, sino de justicia histórica. Fue, sin duda, un imprescindible de Carabanchel. Y su ejemplo sigue teniendo mucho que decirnos.