Vaya por delante algo que me parece esencial subrayar: el libro es pertinente. Y lo es, sobre todo, para los historiadores del presente y del futuro. Durante meses, muchos comunicadores han afirmado hasta la saciedad que Juan Carlos I no debía escribir sus memorias, que su silencio era más prudente que su palabra. Como profesional del libro, discrepo. Agradezco que haya elegido este formato para exponer su verdad, su relato de los hechos. Tiene derecho a hacerlo, como lo tiene cualquier figura histórica consciente de su papel en el devenir colectivo. Otra cosa es que el lector comparta o no ese relato.
Estamos ante unas memorias parciales, sin duda. Pero, ¿qué memorias no lo son? Toda autobiografía es un ejercicio de selección, de énfasis y de omisión. El autor decide qué episodios ilumina y cuáles quedan en penumbra, qué errores reconoce y cuáles relativiza o justifica. En ese sentido, Reconciliación no engaña: no pretende ser una confesión descarnada ni un ajuste de cuentas consigo mismo, sino la afirmación de una trayectoria que el rey emérito considera decisiva para la historia reciente de España.
El libro insiste, de forma reiterada, en el papel desempeñado por Juan Carlos I en la Transición, en su apuesta por la democracia parlamentaria y en su intervención en momentos críticos. Esa insistencia, que a veces roza la reiteración, revela con claridad el objetivo de la obra: fijar un marco interpretativo desde el que leer su figura. No es casual que los episodios más controvertidos de los últimos años aparezcan tratados con cautela, cuando no con una cierta distancia emocional, como si no fuera con él. Las peticiones de disculpas, escasas, no resultan creíbles. Al menos, yo no me las creo. El protagonista parece escribir más para la historia que para el presente, más para ser entendido que para ser juzgado.
Debo confesar que el género memorialístico me gusta mucho. Siempre me ha interesado esa frontera difusa entre la memoria personal y la memoria colectiva, entre el recuerdo íntimo y la construcción del relato histórico. He disfrutado leyendo las memorias de, por ejemplo, Pío Baroja, Jacinto Benavente, Benito Pérez Galdós, Pablo Neruda, Clara Campoamor, María Teresa León, Josefina Aldecoa o José Manuel Caballero Bonald, entre muchos otros. Cada uno, desde su posición y su tiempo, construyó un yo narrativo que dialoga con su época, una conversación que me apasiona. Es un género que me gusta tanto o más que la narrativa o el ensayo.
Incluso como editor y escritor he redactado memorias de otras personalidades —algunas, ciertamente, no puedo contarlas—. Hoy, de hecho, me encuentro inmerso en la realización de las memorias de Valentín González Gálvez, una persona que ha dedicado más de cuarenta años a recuperar y divulgar el patrimonio histórico del distrito madrileño de Vicálvaro, todo ello después de publicar cuatro libros sobre Vicálvaro. Verán muy pronto la luz gracias al trabajo conjunto entre el protagonista, Valentín González Gálvez, y yo como redactor.
El único aspecto imperdonable de Reconciliación es la total falta de mención en los créditos a Laurence Debray. Juan Carlos I la despacha con una fotografía cuando ha realizado un trabajo notable, pues el libro está muy bien escrito. Tampoco hay rastro del traductor. Una desconsideración —y una desfachatez— que quizá represente al personaje. Si no tiene un mínimo de respeto por quienes han trabajado duro para presentar este volumen bibliográfico, dudo mucho que tenga algo de respeto por quienes alguna vez fueron sus súbditos.