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¿Dónde está el límite?

La imagen que ilustra este artículo procede del Archivo Regional de la Comunidad de Madrid y recoge el regreso triunfal de Julio Iglesias tras su participación en Eurovisión.
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La imagen que ilustra este artículo procede del Archivo Regional de la Comunidad de Madrid y recoge el regreso triunfal de Julio Iglesias tras su participación en Eurovisión.

· Por J. Nicolás Ferrando, director de Artelibro Editorial

jueves 15 de enero de 2026, 16:41h

Creo que no hay rincón de España ni de Latinoamérica en el que no se hable estos días de Julio Iglesias, debido a las graves acusaciones que se han vertido contra quien ha sido, durante décadas, el cantante español más universal. Confieso —y no lo oculto— que, a mí, personalmente, siempre me ha gustado su música y que incluso asistí, hace ya bastantes años, a uno de sus conciertos.

La imagen que ilustra este artículo procede del Archivo Regional de la Comunidad de Madrid y recoge el regreso triunfal de Julio Iglesias tras su participación en Eurovisión. Fue publicada en mi libro Aeropuerto de Barajas. 90 años, que contó con el patrocinio del Ayuntamiento de Madrid y de la Comunidad de Madrid en el año 2023. En aquel momento, como para tantos españoles, Julio Iglesias representaba el éxito, la modernidad y una proyección internacional inédita para la música popular española.

Su trayectoria artística fue meteórica, impulsada por una gran versatilidad musical que lo llevó a lo más alto a nivel mundial. Fue un notable embajador de España en el exterior y creó un estilo propio, innegable y fácilmente reconocible. Todo eso no puede borrarlo ninguna acusación, por grave y verosímil que sea, que en todo caso debe investigarse respetando siempre la presunción de inocencia.

Y es precisamente ahí donde surge la pregunta que me inquieta: ¿cuál es el límite entre una vida profesional brillante y una vida privada reprobable? ¿Hasta qué punto debemos —o podemos— separar la obra del autor, el escenario del comportamiento íntimo, el aplauso público de la responsabilidad personal? ¿Es menester retirarle honores artísticos si estas denuncias llegan a confirmarse? Son cuestiones para las que no tengo una respuesta cerrada ni un convencimiento racional definitivo. Tampoco me gustan las condenas a golpe de telediario, aunque hay que reconocer que la complejidad judicial de este asunto es enorme, porque si el derecho internacional público, con Donald Trump, parece haber pasado a mejor vida, el derecho internacional privado no vive, desde luego, su mejor momento.

No se trata de negar trayectorias ni de borrar la historia cultural reciente, pero tampoco de mirar hacia otro lado cuando afloran testimonios que cuestionan conductas que, de confirmarse, resultarían moralmente inaceptables. La admiración artística no puede convertirse en una coartada ética. El éxito no debe otorgar impunidad, ni el silencio ser la respuesta cómoda ante lo incómodo.

Como historiador, siempre he sostenido en mis libros que no se puede juzgar el pasado con los ojos del presente. Como sociedad evolucionamos y dejamos de aceptar comportamientos que en otras épocas se toleraban. Si aplicáramos un criterio estrictamente retrospectivo, deberíamos incluso descolgar de las pinacotecas los cuadros de Pablo Picasso, habida cuenta de su compleja relación con las mujeres, lo que nos conduciría a un debate tan interminable como estéril.

Vivimos tiempos en los que la sociedad exige explicaciones, verdad y respeto a las víctimas. Y quizá ese sea el verdadero límite: cuando el prestigio deja de ser compatible con la dignidad ajena. Recordar, escuchar y reflexionar no implica condenar sin pruebas, pero sí asumir que el talento nunca puede situarse por encima de los valores éticos de la sociedad.

Porque la memoria cultural también debe ser crítica y la admiración, cuando es madura, debe saber hacerse preguntas. Veremos qué sucede.

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