Me dijo que ella nunca fue una alumna díscola sino todo lo contrario, que en clase siempre se sentaba en primera fila enfrente del profesor para seguir mejor la lección.
Y me contó que un día, que a su espalda todos sus compañeros en lugar de atender a la pizarra como era su obligación tenían formado un buen follón, sin avisar se levantó el profesor y dirigiéndose a su pupitre, donde ella estaba totalmente callada y siguiendo la explicación, sin mediar palabra le dio un fuerte, sonoro y doloroso bofetón en el lado izquierdo de la cara de tal calibre que se vio obligada a girar noventa grados a la derecha el cuello y de resultas de tal demostración de brutalidad toda la clase de golpe se calló, haciéndose a modo de laico milagro un sepulcral silencio.
Le pregunté ¿Y qué hiciste? Y me contestó ¿Qué iba hacer? Quedarme callada, aguantar el tortazo y por supuesto no decir a nadie nada al respecto. Debió aquello dejar una huella indeleble en su memoria pues al contarlo gesticuló para mostrar el ímpetu impreso por el golpe al giro de su cabeza.
No indagué más y al finalizar la reunión y despedirnos, mientras caminando volvía a casa disfrutando de un solitario paseo que acompañé poniendo en mi boca un caramelo, no pude dejar de reflexionar y elucubrar sobre tan llamativo hecho. Mi orgullo subió un punto por hacer por encima de dos, aunque a lo mejor no las hice todas bien, tres cosas a la vez: caminar, chupar y pensar. Y así:
Primer enfoque, el economicista, visto desde la eficacia, si el objetivo era hacer que todos callaran, no pudo ser más eficaz el violento método. Nadie puede negar que conseguirlo sin más, lo que se dice alcanzarlo, lo logró.
Cuestión distinta es si nos fijamos en la eficiencia medida en las individuales unidades de energía personal empleadas, y ahí ese profesor merece como mínimo un reproche, puesto que al golpear a otra persona en la acción-reacción inevitablemente con los respectivos movimientos que se necesitaron y se produjeron se consumió energía de ambos; mientras que sin abandonar el camino de la brutalidad, si con un estruendoso grito de karateca hubiera con inusitada e insólita violencia tirado al suelo o lanzado contra la pared, por ejemplo el libro utilizado para impartir su materia, en términos personales se hubiera hecho uso solo de su energía y se habría ahorrado la de la alumna. En las personales unidades reseñadas para conseguir lo mismo hizo gasto del doble.
Segundo enfoque, desde la juridicidad, a priori puede parecer que la actuación del profesor fue del todo injusta, y con la perspectiva de la calle no digo que no. A mi parecer solo lo fue si el docente, al ejecutar tal acto, fue totalmente arbitrario e improvisó motivado por su estado de ánimo.
De tal manera que, y simplemente estoy especulando, si los alumnos de antemano sabían que la regla que para ese profesor en tal aula regía era “si montáis el lío, sin preguntar le sacudo al primero que me quede más a mano y me da igual su grado de participación”, no veo existencia alguna de injusticia en la ejecución al aplicarse en su estricta literalidad la pauta establecida y conocida de antemano; sin perjuicio de que tal norma en su propia sustancia pueda ser totalmente desequilibrada y desproporcionada, no respete ni el más mínimo principio del derecho y merezca su inmediata derogación.
Vigente tal precepto, lo mínimo exigible a sus destinatarios era que ningún alumno motu proprio debería haber montado alboroto sin asegurarse primero de que no se quedaba alguno de sus compañeros fuera del jaleo, para garantizar que fuese el que fuese el damnificado con el sopapo, este también habría contribuido activamente al barullo y por tanto habría hecho méritos para recibirlo. Aquí solo hay discriminación si el elegido para encajarlo no lo ha sido exclusivamente por el azar, es decir por la mala suerte del muchacho.
De existir y ser público tal edicto los responsables de la galleta en una cara inocente serían en último término los compañeros, “causa causae est causa causati", por su egoísmo e insolidaridad puesta de manifiesto al permitir la aplicación de manera sui generis del principio de “ordinalidad”, ese que establece que el que mejor se porta es el que más debe recibir. No confundirlo con el principio de “ordinariedad” aunque tengan puntos en común.
Tercer enfoque, el sociológico, si la economía entiende que lo que mueve al hombre es el interés y el derecho establece que lo que debe motivar los actos en las personas es el cumplimiento de la ley, la sociología estudia la cultura, y en especial su evolución, en tanto en cuanto que se superan las leyes inmanentes de la naturaleza ella es el motor de todo lo humano.
Curioso resulta que en un ambiente donde se supone que debe imperar la cultura, porque hablamos de una de las instituciones donde su aprecio por ella se enseña o debería enseñarse, se aplique la ley más primitiva, aquella de donde se parte para implementar otras más desarrolladas, la que se fundamenta en la agresión con base en la posesión de la fuerza, la conocida como “la ley del más fuerte”.
Con esta perspectiva, que el cobarde macarra del profesor en una clase de “chicos y chicas” aprovechándose de su tamaño y poder le pegara a una jovencita, una integrante del grupo más vulnerable, para acongojar al resto, es un comportamiento más propio de los homínidos que todavía no han ascendido todos los peldaños de la escalera de la evolución.
Aquí da igual la eficacia y la eficiencia, los inocentes y los culpables, portarse como un gorila macho congoleño no tiene un pase ni entonces ni ahora ni nunca. Dado que nos han otorgado un cerebro para discernir el porqué de lo que aceptamos y de lo que descartamos, y con tales acciones vamos paso a paso construyendo una cultura.
El ejemplo a los bulliciosos no lo impartió al que se le suponía la función de maestro, este por mucha eficacia y regla en que pudiera ampararse predicó con el despropósito y el disparate, el modelo a seguir en ese momento sin lugar a duda lo demostró, desde la comprensión de lo que manufactura cultura, con su silente e inteligente aceptación de los lamentables hechos, una dañada niña que por su elegido buen comportamiento como alumna allí con nadie deuda alguna tenía.