El complejo deportivo fue construido con motivo del Mundial de Fútbol Argentina 1978, y hoy alberga un museo dedicado a la historia del deporte en la provincia de Córdoba. En sus salas se exponen piezas únicas —camisetas, balones, fotografías, documentos— que no solo apelan a la nostalgia, sino que reconstruyen décadas de esfuerzo, pasión y compromiso. No es casual que cerca de 40.000 visitantes recorran cada año este espacio, convertido ya en un lugar de peregrinación para aficionados, estudiosos y curiosos.
Nada más cruzar la entrada, el visitante se encuentra con una cuidada retrospectiva dedicada al inigualable delantero nacido en Bell Ville, una selección de retratos de Mario Kempes que te retrotraen de inmediato a su época dorada con la camiseta de la Selección Albiceleste. Las imágenes no solo capturan al goleador implacable, sino también al jugador elegante, comprometido y carismático que marcó una era y dejó una huella indeleble en la historia del fútbol mundial.
Conviene señalar, además, que el camino hacia el museo ya es, en sí mismo, un acto simbólico. En una gran rotonda se alza un monumento modernista de imponentes dimensiones, obra del artista Simón Ibáñez Durán. Según relató Parola, se trata de la escultura preferida del propio Kempes, quien al recibir esta distinción quiso dedicarla “a todos aquellos que defendieron el deporte cordobés para llevarlo a lo más alto”. Una frase sencilla, pero cargada de sentido, que resume una trayectoria personal y colectiva basada en el esfuerzo compartido y la fidelidad a unos valores.
Inmediatamente, a la izquierda de la entrada, se abre una sala de proyecciones equipada con asientos y focos originales utilizados durante el Mundial de 1978. Un espacio que invita a revivir aquellos años de éxito deportivo, pero que también obliga a enfrentarse a una realidad incómoda: la de una barbarie silenciosa que utilizó el fútbol como escaparate internacional mientras se perpetraba un genocidio que costó la vida a cerca de 30.000 personas. El museo no esquiva esta contingencia histórica; permite al visitante añorar el fútbol sin olvidar las circunstancias que lo rodearon, subrayando así la necesidad de una memoria crítica y completa.
Otro de los ámbitos que ocupan un lugar destacado es el dedicado a los cien años de deportistas cordobeses olímpicos, con presencia ininterrumpida en todas las ediciones de los Juegos. Un recorrido que pone en valor la aportación de la provincia al olimpismo argentino y que convierte a este museo en una institución singular: es el único del país que exhibe en su colección permanente tres medallas olímpicas —una de oro, una de plata y una de bronce—, símbolos tangibles de una tradición deportiva construida a lo largo de generaciones.
Me llamó poderosamente la atención la abundancia de objetos originales expuestos, muchos de ellos donados o cedidos en régimen de comodato por los propios deportistas protagonistas. Todos encuentran en estas instalaciones un punto de encuentro inigualable desde el que mostrar al mundo el empuje, la diversidad y la vitalidad del deporte cordobés.
Entre las curiosidades más celebradas, destaca una camiseta sudada de Diego Maradona, de un valor incalculable, y una réplica de la Copa del Mundo custodiada en Zúrich. Esta última, pese a ser una réplica, concita de manera constante la atención y el asombro de los visitantes. El director del museo, Gustavo Farías, me permitió excepcionalmente sacarla de la vitrina que la protege y hacerme una fotografía con ella. Agradezco de corazón esa deferencia, que no fue la única: pude acceder a todas las estancias del estadio, incluido el campo de juego, los palcos y los vestuarios, engalanados con camisetas de la selección argentina.
Al salir por el túnel que desemboca en el césped, tuve una sensación muy similar a la que, imagino, acompaña a los jugadores antes de afrontar un partido decisivo: una mezcla de respeto, concentración y sobrecogimiento. Porque hay lugares —y el Estadio Mario Kempes es uno de ellos— donde el deporte trasciende el espectáculo para convertirse en memoria viva, identidad compartida y, sobre todo, en un legado que merece ser contado y preservado.
Quizá por deformación profesional —o por amor a los libros— eché en falta un catálogo que reuniera, en formato impreso, la extraordinaria colección que atesora este museo. Un libro que permitiera prolongar la visita más allá de sus muros y llevarse un pedazo de Córdoba bajo el brazo. Me hubiera gustado regresar a Madrid con ese volumen en la maleta, para abrirlo en los días de nostalgia y recordar que mi tierra de nacimiento es, también, cuna de campeones.
Estoy seguro de que, en 2028, con motivo del 50 aniversario del Estadio Mario Kempes, esta carencia estará más que subsanada. Será una ocasión inmejorable para que el museo cuente con un catálogo a la altura de su colección y de su significado, un libro que fije en papel medio siglo de historia deportiva y emocional de Córdoba. Ojalá entonces, al volver a Madrid, pueda llevarme ese volumen como quien guarda una victoria querida: para abrirlo de vez en cuando y recordar que hay lugares donde el fútbol no solo se juega, sino que se honra.
El homenaje a Mario Kempes que realiza esta institución, en suma, no se limita a un nombre grabado en un estadio ni a una vitrina bien iluminada. Está presente en cada recuerdo compartido, en cada objeto conservado con respeto y en cada visitante que sale de allí con la certeza de haber pisado un lugar donde el deporte dialoga con la memoria, la ética y la identidad. Y eso —como ocurre con los goles verdaderamente inolvidables— permanece para siempre.