El impacto del anuncio fue suficiente para mitigar el debate sobre el futuro de la isla. Pero quedan en claroscuro los detalles del acuerdo y cómo se abordarán los interrogantes pendientes.
Descartada momentáneamente la acción castrense, una de las propuestas sobre la mesa es que Washington ensanche el fondo de maniobra – todo lo relacionado con Trump debe analizarse en términos económicos - del que disfruta actualmente. El neoyorkino argumenta que sería difícil convencer a sus electores de la necesidad de defender una concesión territorial (“who would defend a lease?”). Pero más allá del eslogan publicitario, en el pasado se dieron numerosos episodios similares como la administración de Hong Kong bajo control británico. Por otro lado, tampoco se descarta que EE.UU. consiga una ampliada soberanía militar parecida a la de Reino Unido en Chipre. Todo queda en vilo a pesar de los pomposos eslóganes comunitarios, la aparente seguridad mediática de Kaja Kallas o las declaraciones del ministro de Comercio, Energía, Justicia e Igualdad Naaja Nathanielsen, que definió como “surrealista la idea de ser adquirido como una mercancía”.
Independientemente del tipo de acuerdo convenido, sigue vigente la problemática de la autodeterminación que otorgaría a Nuuk la facultad de elegir si seguir vinculada a Copenhague o actuar de manera independiente. “Una consulta que expondría tanto la UE como la OTAN al riesgo de una secesión no deseada”, precisan los académicos daneses Kristian Sǿbi Kristensen y Jon Rahbek-Clemmersen. Los editores de Greenland and the International Politics of a Changing Arctic, imprescindible monografía para comprender los entresijos de lo que está aconteciendo en la región boreal, afirman tratarse de “una posibilidad remota, que sin embargo Dinamarca bloquearía complicando significativamente cualquier anhelo de independencia”. En un momento de absoluta incertidumbre es taxativo evitar el agrietamiento comunitario. El recuerdo del fallido golpe autonómico por parte del separatismo catalán en octubre de 2017 sigue provocando jaquecas en Bruselas.
El regreso de Donald Trump en el tablero internacional como elefante en una cacharrería aleja ulteriormente tal posibilidad. El tycoon ha sugerido el uso de la fuerza, y si bien las relaciones de poder influyen en los equilibrios geopolíticos, la intervención militar contra un aliado sin explorar vías diplomáticas no tiene antecedentes en la historia contemporánea. Además, es del todo improbable que Mette Frederiksen faculte una celebración referendaria; sería valorada entre los daneses como una rendición ante la presión estadounidense faltando pocos meses a las elecciones generales que se celebrarán en octubre de 2026.
Según Mariangela Zappia, ex representante permanente de Italia ante el Consejo de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), “la estrategia chabacana y zafia de Trump podría haber dañado permanentemente las relaciones transatlánticas”. Consideramos necesarios matizar tales palabras al hilo del interés estratégico de Washington en Groenlandia desde principios del siglo XX. Mandatarios favorables a la cooperación internacional como Harry Truman, Dwight Eisenhower o el mismo Woodrow Wilson no ocultaron su interés estratégico hacia el enorme iceberg sin perjudicar los vínculos con Europa. A pesar del inconformismo del republicano con la diplomacia establecida, la vulnerabilidad del continente reside principalmente en la debilidad institucional, la ausencia de una política exterior y de un ejército común y en la dependencia energética. Aspectos todos ellos que han sido exacerbados por la cuestión groenlandesa.
No es casualidad que las negociaciones no involucren a la Unión Europea. Trump considera a Mark Rutte una contraparte con mayor autoridad que Ursula Von der Leyden y es necesario tener presentes otros aspectos claves. No han sido publicitados los detalles de un acuerdo entre miembros de la OTAN que el gobierno danés rechazaría de inmediato. Frederiksen ha declarado en numerosas ocasiones que la Alianza “no tiene autoridad y tampoco jurisdicción para negociar sobre territorio danés”. Por último, cabe recordar que aún está pendiente de verificación el incremento del 5% del PIB al gasto en defensa de los países europeos. Desviaciones significativas podrían ser utilizadas desde Washington como pretexto para hacer fracasar las negociaciones y Pedro Sánchez no quedaría tan aislado en la foto de grupo como en junio de 2025.
Sin embargo Donald Trump no puede hacer y deshacer a su albedrío. La Constitución le otorga amplio margen para firmar acuerdos y tratados, incluso sin la aprobación formal del Senado. Pero cualquier propuesta de retirada de la OTAN debe recibir el consentimiento de dos tercios del Congreso. Un escenario improbable de cara a las elecciones intermedias de noviembre que según los expertos reforzarían al partido demócrata. La cámara baja además asigna recursos financieros para eventuales adquisiciones territoriales o expediciones militares.
Un ejemplo de la necesidad de asegurar los denominados check and balances a nivel institucional. Un escenario que tampoco asustaría a Trump, necesitado de mayor protagonismo cada vez que se acerca al final de su, presuntamente, último mandato.