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Güelfos y Gibelinos

· Por Miguel Córdoba, economista

lunes 20 de abril de 2026, 10:40h
Estampa del antiguo castillo de los Hohenstaufen, hoy solo quedan ruinas en la colina.
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Estampa del antiguo castillo de los Hohenstaufen, hoy solo quedan ruinas en la colina.

Corría la primera mitad del siglo XIII en Centroeuropa cuando los Wefen de la Casa de Baviera, aliados del Papado de Roma y los Hohenstaufen de la Casa de Suabia, aliados del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico competían por conseguir controlar las repúblicas italianas, las cuales, a su vez, se habían aliado unas con los güelfos (de Wefen) y otras con los gibelinos (del castillo Waiblingen, sede ancestral de los Hohenstaufen). El punto más álgido de una larga controversia surgió cuando, en 1227, el Papa Gregorio IX excomulgó al Emperador Federico II por incumplir su promesa de liderar la Sexta Cruzada para recuperar Tierra Santa, tras lo cual los gibelinos promovieron una insurrección que hizo huir al Papa de Roma.

Las luchas siguieron hasta la derrota de los güelfos, seguidores del Papa, en el año 1229, cuando intentaban recuperar los Estados Pontificios, ocupados por los seguidores del Emperador, y la imposición de que se levantara la excomunión que tenía éste, lo cual tuvo que aceptar el Papa, tras lo que se restauró la propiedad de los Estados Pontificios a la Iglesia.

Como vemos, los enfrentamientos entre la Iglesia y los poderosos no son algo nuevo, y siempre han existido, especialmente en la época medieval, en la que la Iglesia Católica realmente era un estado más, que tenía su propio ejército. Después del siglo XVI, primero la Reforma y la aparición de diversas religiones cristianas, y más tarde la desamortización de Mendizabal en España, por la que se expropiaron muchos bienes eclesiásticos, o la entrada de Garibaldi en Italia eliminando prácticamente los Estados Pontificios, llevaron a un profundo cambio en la concepción de la Iglesia, que tuvo su primer gran exponente en la encíclica “De Rerum Novarum” del Papa León XIII, en el último tercio del siglo XIX, promulgada con un cambio significativo en el enfoque social que debía tener la Iglesia en un contexto de abuso por parte del liberalismo manchesteriano imperante en aquella época.

Desde entonces, la actuación de la Iglesia Católica, salvo en algún caso como el del Papa Pío XII que presuntamente dio su apoyo a la Alemania hitleriana, ha tenido más un enfoque social y espiritual que de búsqueda de la propiedad y la riqueza que tuvo en la época medieval.

Y llegamos a los tiempos actuales, en los que al igual que el cruel Emperador se enfadó con el Papa Gregorio IX, que, todo hay que decirlo, en aquella época tampoco era muy moderado, la situación actual es bastante similar. Tenemos, por un lado, a un presidente norteamericano con vocación imperialista y un carácter difícil de analizar, incluso para la profesión psiquiátrica, que se ha lanzado a una nueva cruzada por las tierras de Oriente Próximo, esta vez sin la aquiescencia del Papado. Y por otro lado, a un Papa, Robert Francis Prevost, que curiosamente ha elegido para su Papado el mismo nombre que el autor de la encíclica citada antes.

Pues bien, hemos de decir que esta vez el Papa sí que está en el lado correcto de la historia. Y es que cuando has sido misionero en Perú y has vivido las penurias humanas y las injusticias que sufren los más vulnerables, tu forma de pensar queda marcada para siempre y si puedes, como ocurre en este caso, te posicionas del lado de los oprimidos, y no en el de los tiranos, tal y como ha dicho el Pontífice en unas recientes declaraciones en Camerún.

Estar de acuerdo con dos individuos como Donald Trump y Benjamin Netanyahu, que por la mañana se levantan, uno para poner tuits y el otro para calcular cuantos civiles indefensos va a matar ese día, no tiene mucho de fundamentos cristianos o judíos. Por eso, esta controversia tiene mucha más importancia de la que parece, porque trata del bien y del mal, de lo que debe hacer una persona que lidera el comportamiento espiritual de muchos millones de personas y sí, León XIV está haciendo lo que se espera de un pontífice cristiano, enfrentarse a los poderosos y a los que actúan fuera de cualquier ética y moral que debiera ser una nota conceptual característica de la naturaleza humana.

No es habitual en mí el tratar temas de religión, puesto que son de lo más controvertido y suelen afectar a las relaciones personales, y sigo pensando que es mejor ser aséptico y no significarse en estas cuestiones. No obstante, hay ocasiones, como la actual, en la que uno no puede mirar para otro lado, viendo lo que está ocurriendo en Oriente Próximo, al margen de las consecuencias económicas indirectas que está produciendo en los países occidentales.

Siempre me ha gustado separar la ética y la moral cristiana, en la cual creo y procuro practicar, de la interpretación de esta por las diferentes religiones. Las ideas primigenias de Hoshea bin Joseph (probablemente ese sería su nombre verdadero, romanizado con Iesus y apodado por el griego Christos, que simplemente significa “Mesías” o “ungido”), han sufrido muchas transformaciones a lo largo de la historia, pero no pueden manipularse para lograr influencia política o ganar elecciones y luego olvidarse de ellas.

Pongamos, por ejemplo, a un partido como Vox en España. Sus dirigentes no paran de darse golpes en el pecho en las iglesias los domingos, pero resulta que se alinean con Trump, no critican para nada las matanzas de civiles que se están produciendo en Irán y en Líbano, y no dejan de vilipendiar a los inmigrantes, muchos de los cuales simplemente tratan de conseguir sobrevivir en este injusto mundo que nos ha tocado vivir. Sr. Abascal, el cristianismo preconizaba la igualdad y el amor entre los seres humanos, y no el odio racista. La inmigración hay que regularla, los delincuentes tienen que ser deportados, pero la inmensa mayoría de ellos sólo buscan una vida mejor trabajando en un país en el que se les permita tener una vida digna y en libertad.

En el otro lado, mientras que algunos dicen “No a la Guerra” sólo para intentar ganar votos, otros se pronuncian de una manera mucho más contundente, poniendo el foco donde está, y sin esperar recibir nada a cambio; simplemente por la convicción, en este caso cristiana, de lo que está bien y lo que está mal. Se pueden decir muchas alharacas en los mítines o montar conferencias “progresistas” en Barcelona, pero lo que de verdad cuenta es qué ocurre con las personas, y muchas de ellas, las más vulnerables, pueden comer gracias a la caridad de Caritas o de las monjas.

Vivimos en un mundo difícil, en el que los “gibelinos” parece que llevan las de ganar, pero, como dijo una vez Unamuno, “vencerán pero no convencerán”. Los nuevos “güelfos” afortunadamente ya no buscan la propiedad terrenal o la confrontación bélica; muy al contrario, su lucha es y debe ser intelectual, de defensa de las ideas de libertad e igualdad entre todos los seres humanos que preconizó alguien que sufrió martirio por ello, al igual que les ocurre hoy a los civiles iraníes o libaneses, al igual que les ha ocurrido a los palestinos de Gaza o a los ucranianos, masacrados por esa banda de tiranos a la que aludió Robert Prevost, al que todos debemos dar nuestro más profundo apoyo, al margen de las religiones que se profesen.

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