“Lo que vemos es un mercado que aguanta en volumen total, pero que se debilita en su parte más importante. La vivienda ya no crece al mismo ritmo y eso es lo que marca el cambio de fase”, señala Robin Decaux, CEO y cofundador de Equito.
Al analizar el detalle, el ajuste se hace más evidente. La vivienda nueva cae un 1,6%, mientras que la usada retrocede un 0,2%. Este comportamiento refleja un mercado cada vez más sensible al precio, donde la obra nueva corrige antes al concentrar los importes más elevados, mientras la vivienda usada actúa como alternativa más accesible.
Especialmente relevante es la evolución de la vivienda protegida, que registra una caída del 7,9%, frente a la estabilidad de la vivienda libre. Este dato apunta a un mercado que no solo se enfría, sino que también se vuelve más excluyente en términos de acceso.
“Cuando el segmento que debería facilitar el acceso pierde peso, el problema ya no es solo de actividad, sino de accesibilidad. El mercado sigue funcionando, pero para menos gente”, añade Decaux.
En paralelo, la composición de las operaciones también deja señales a tener en cuenta. Las herencias (−6,0%), donaciones (−7,1%) y permutas (−12,1%) registran descensos, mientras que el grupo de otras transmisiones crece un 10,8%. Este último incluye operaciones como ejecuciones hipotecarias o adjudicaciones judiciales, lo que sugiere la aparición de tensiones en determinadas situaciones financieras, todavía de forma contenida.
A nivel territorial, el mercado muestra una elevada heterogeneidad. Comunidades como Navarra (+18,7%), Canarias (+7,9%) y Cataluña (+5,7%) registran crecimientos destacados en compraventas de vivienda, mientras que otras como Murcia (−14,8%), La Rioja (−12,5%) y Galicia (−12,0%) presentan caídas significativas.
“La lectura es clara: ya no hay un único mercado inmobiliario en España. La evolución depende cada vez más de factores locales como la actividad económica, la presión de la demanda o la disponibilidad de oferta”, explica Decaux.