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¿Quién no quiere ser leyenda?

¿Quién no quiere ser leyenda?

· Me enfrenté a la autobiografía de la que todos hablan

By Tino de la Torre
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delatorretinogmailcom/13/13/19
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domingo 03 de mayo de 2026, 10:52h

Según iba leyendo, me empezó a no caer bien el tipo. He disfrutado su obra escrita (esa es su zona de esplendor) y eso me hizo tener una visión de la persona muy idealizada. Conseguí llegar a la mitad del texto, pero a partir de ahí se me caía de las manos, ayudado por las quinientas páginas que pesaba. Una suma de vivencias con su porcentaje justificable de exageración. No faltaban reflexiones sobre todo, como hace el que olvida no opinar de aquello que no sabe, y se atreve con lo que se ponga por delante. ¿De quién hablamos? Pues de alguien que creyó necesario dejarle ese legado a la humanidad. Esa obra imprescindible que habría de estar en las bibliotecas importantes.

En su narración, de forma inadvertida para él, desciende escalones desde el lugar que le corresponde como personaje, con ciertas aspiraciones de trascendencia, hasta aterrizar en la misma tierra y lodo en la que vivimos los del montón.

Es como ese primer amor juvenil que un día se empieza a desmoronar cuando él o ella se suenan los mocos ruidosamente.

Un amigo, que se me adelantó en la lectura, resumió lo que me faltaba por leer: un tostón. Decidí salir de la vida del autor. Nunca mejor dicho.

Marchaba bien el mundo teniendo personas y personajes por separado. Pero en estos tiempos queremos mezclarlo todo. Queremos conocer la casa del torero, la de quien ganó el concurso de cocina, o la de la mezzosoprano. Y como la curiosidad es insaciable no nos vale con verla desde fuera. Entramos en la cocina, en el salón, hasta en el retrete si me apuran. Qué es lo que come, a qué hora saca al perro…

Para al final llegar a saber que, oh sorpresa, gusta de ver series en la tele o que el kiwi le hace efecto casi inmediato a primera hora de la mañana. Qué gran descubrimiento saber que son de carne y hueso y tienen días de zozobra, qué importante tarea de investigación para llegar a su lado oscuro. Y una vez conocido llega la decepción sin posible vuelta atrás.

Modestamente, pero me rebelo. Quiero campeones e ídolos. A las personas ya las veo casi cada día en la fila del supermercado y nos miramos con mutua indiferencia.

Si respetamos a las figuras como tales -y ellos se respetan a sí mismos- podremos incorporar a sus vidas lo imprevisible y lo heroico. Y dotarlos de inmortalidad. Verlos en pijama en su casa haciendo unos macarrones es como cuando se le pasa una cuerda por el pescuezo a la estatua del que ha caído en desgracia. Unos cuantos tirando y al final cae y se hace añicos.

Por tanto, allá cada cual pero es mejor dejar en paz a los dioses en su monte Olimpo. Si los encumbramos por su voz, por su imaginación, inventos o hasta por sus reinados, por qué no dejarlos ahí y que vivan sus vidas fuera del oficio que les hizo grandes como quieran y puedan.

Justo por lo contrario, no me interesa el político que intenta convencerme de que lleva una vida abnegada al servicio de los españoles, cuando hace la peor ostentación: la que pagan otros. Y para hacer ese contrapunto se acerca al pueblo llano, baja del pedestal y lanza el balón a una canasta o va en bici de montaña. Que le quede claro: usted es persona, con algo de notoriedad durante unos años y poco más.

No es personaje, jamás un mito. Dedíquese a aquello por lo que se le paga.

Y en todo caso nos muestra su biblioteca, que eso nos dará pistas.

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