Así que respondí: Donde más noto el paso del tiempo es en que durante la juventud, sin posibilidad de excepción, eres un perfecto ignorante y encima desconoces por completo serlo, lo que te convierte en más de una ocasión en un absoluto impertinente, y ningún joven consigue escaparse de ello; y en cambio, en la madurez sigues siendo un gran ignorante, pero por lo menos, si has estado atento durante el crecimiento, en tu beneficio, en cuanto a la higiene mental, te sitúas en esa atalaya que permite sentir que por fin eres totalmente consciente de ello y lo controlas. Si estás vigilante, estás más protegido frente a la ley que regula la probabilidad de hacer el ridículo en público.
Y añadí: Ese aparente pequeño salto de alta calidad, que se precisa obligatoriamente para darlo de estar en posesión de una provecta edad, es el que marca que finalmente, de alguna manera, sea gracias al paso de los años que estés ya dotado para poder acercarte sin frustrarte a percatarte del a veces nauseabundo olor, de la cruda realidad y de su alcance real.
Por eso, es muy frecuente que, en la búsqueda del supuesto don propio que a uno lo distingue y sobre todo a la hora de solucionar problemas, como herramienta para hacerlo, el joven siempre abrace un inútil idealismo teórico e irredento; y en cambio la persona mayor no pierde ni un minuto de su tiempo con eso, es mucho más pragmática y, en consecuencia, de forma muy inteligente ahorra energía al hacer gala de sus útiles gestos.
Y, antes de que contestes, que sepas que si hubiese optado por la elocuencia, que también para alcanzarse precisa de algunos años, me hubiese limitado a contestarte: En lo que más se nota el paso del tiempo es en la experiencia. Pero si así lo hubiera hecho, soy muy consciente de que el efecto no habría sido dotado de tanta contundencia. ¿Cuán anonadada te quedas?
Se removió en su asiento, de forma inconsciente; fue una inevitable sutil reacción con origen en el punto guerrero de su femenina genética, como si fuera un gato preparándose para adoptar una posición que le facilitara el estar alerta y, en cuanto fuera necesario, hacer uso de sus rápidos reflejos. Advertí el silente aviso de que ya no le bastaba ni se conformaba con observar de manera relajada. Ejercitaba sus retráctiles uñas.
Con una seductora carcajada iluminó la tersa piel de su joven y atractiva cara. Lo que significaba, así me lo hacía saber, que para ella las espadas verbales desde ese momento estaban desenvainadas; y que, por lo menos en su caso, no pensaba guardarla sin antes zaherir. El duelo verbal era a primera “egosangre”.
Entonces, como la feroz espadachina verbal que era, tomó la iniciativa y, lanzándose al ataque, preguntó: ¿Y qué me dices del arrepentimiento y los cargos de conciencia? Con la madurez, a poco que se haya vivido y desperdiciado algo el tiempo, me temo que es inevitable que por igual ambos te alteren el sueño.
¡Qué lista es! Pensé, en lugar de defender la juventud, la muy ladina tira otra directa estocada a la vejez. De nuevo me había despistado y no había previsto sus hábiles artes de esgrimista. Así que, para paliar el efecto psicológico, me vi obligado a decirme a mí mismo: Sin duda, es mi alumna más aventajada.
Sin darme tiempo a ripostar, añadió: La verdadera experiencia no se alcanza con el acúmulo de simples errores que admiten repesca en septiembre, lo que se denomina por los nenazas derecho a una segunda oportunidad; supongo que reconoces estas palabras. Implica dejar atrás, y no pocos, cadáveres, que sin duda no merecieron serlo jamás; y un cadáver solo lo es cuando tiene imposible lo de resucitar. Los errores, por lo menos los de la juventud, al recordarlos a veces hasta desatan la risa; los cadáveres, cuando no se ha sido del todo deshonesto para poder mirarte al espejo, al removerlos, me parece a mí, por lo que observo, que deben sentirse como un puñetazo en el plexo solar. Y añadió: Claro que sobre esto aquí, eres solo tú quien puede realmente saberlo, por la realidad y todo eso, lo digo; yo toco de oído, hablo de lo que cuentan; tú lo has dicho, a mi edad todavía nos cuesta bajarnos del mundo ideal irredento.
Está bien, podrías darme un respiro, sin que sea petición de tregua y mucho menos rendición. Eres imparable e inagotable; menuda energía la tuya. Lo primero, aunque sean pocas, algunos todas las horas de nuestro sueño las dormimos muy tranquilos, de tirón y a pierna suelta; lo segundo, muchos con nuestro quehacer diario no hemos perjudicado el mundo que recibimos, ni hemos colaborado en manufacturar el mundo que dejaremos.
De acuerdo, te lo concedo por respeto a tu cansado cuerpo; de momento puedes respirar tranquilo diez segundos. Es más, te propongo un empate si aceptas y reconoces que la alumna, en dialéctica, está a puntito de superar al maestro.
Solo acepto y reconozco la distancia que tú tan acertadamente has fijado, a puntito. En lo que has errado el tiro es que, en nuestro caso, como en todos los que valdrían como muestra comparable, es el maestro el que está a puntito de completar a la alumna; no en todo, por supuesto, en muchas cosas es obvio, solo hay que verte, ya venías muy bien terminada de casa. El buen discutidor solo busca hacer al otro partícipe de su particular visión y opinión, que aunque ahora no se comparta, en ambas cabezas remansada queda para cuando en el futuro, que el paso de los años en su acción de destrucción-construcción a ninguno va a perdonar, en otras circunstancias le pueda hacer falta.
De acuerdo, lo acepta sin vaciar de desafío sus pardos ojos; tú y tu opinión, yo y mi opinión; polos opuestos peleones de los que ya sabes lo que se supone; exacto, que tanto como respirar, para aprender, necesitan pelear. Y concluye: De otra forma, discrepar y debatir sería muy aburrido.
Compartíamos el gusto por discutir bajo nuestras propias reglas de civismo. Y para decir la última palabra de la lección que, como siempre, una vez más, ambos intercambiamos divertidos ese día, ella enseñándome desde su visión y yo aprendiendo desde la mía, dije: Sí, tú ríete mientras me miras así, joven, pero sabes que, al igual que tú, también tengo mi parte de razón ahora y no dudo que el otro trozo de la tuya probablemente algún día así será; pero aún no, aún no.
Por cierto, antes de que para mi orgullo se produzca para siempre el inevitable sorpasso, ¿recuerdas cómo se dice en latín? No te esfuerces, déjame que, en los días como este que nos quedan, pueda disfrutar del placer de poder volvértelo a recordar. “Sed nondum, nondum”. ¿Tomamos otra?