No puede afirmarse, sin embargo, que exista una conciencia semejante respecto al militarismo japonés que condujo a Asia y al Pacífico a una de las guerras más destructivas del siglo XX. Fuera de la región, el conocimiento de aquel pasado resulta considerablemente más difuso. Para una parte importante de la opinión pública occidental, Japón aparece asociado sobre todo a la reconstrucción de la posguerra, al desarrollo económico o a la innovación tecnológica. En cambio, permanece mucho menos presente el recuerdo de la guerra de agresión emprendida por el Imperio japonés, de las masacres cometidas en numerosos territorios ocupados, de los experimentos biológicos realizados con población civil, del sistema de esclavitud sexual conocido como el de las "mujeres de confort" o de las enormes pérdidas humanas que todavía hoy forman parte de la memoria colectiva de China, Corea y otros países asiáticos.
Esa asimetría en la memoria internacional tiene consecuencias políticas. Allí donde el recuerdo permanece vivo existe una mayor sensibilidad hacia cualquier evolución que pueda interpretarse como una rehabilitación, siquiera parcial, del pasado militarista. Allí donde esa memoria apenas existe, los cambios suelen contemplarse exclusivamente desde la óptica de los equilibrios estratégicos contemporáneos.
Precisamente por ello conviene observar con atención el momento histórico actual. La humanidad atraviesa una nueva revolución industrial impulsada por la inteligencia artificial, las tecnologías duales y la competencia por el liderazgo tecnológico. Al mismo tiempo, asistimos a una acelerada intensificación de la rivalidad estratégica entre las grandes potencias. La combinación de innovación tecnológica, incertidumbre geopolítica y creciente militarización constituye un escenario que la historia invita a contemplar con prudencia.
En ese contexto adquiere especial relevancia la transformación que se desarrolla en Japón de su política de defensa. El fortalecimiento de las capacidades militares japonesas, el aumento sostenido del gasto en defensa, la ampliación del radio operativo de las Fuerzas de Autodefensa y las sucesivas reinterpretaciones de las limitaciones establecidas por la Constitución de la posguerra reflejan una modificación profunda respecto al modelo adoptado tras 1945. Las posiciones defendidas por la primera ministra Sanae Takaichi, favorables a una revisión aún más amplia del marco constitucional y a una mayor “normalización” militar del país, representan una expresión particularmente significativa de esa evolución.
Estos cambios se argumentan en un entorno regional objetivamente más complejo. Pero precisamente porque esas incertidumbres existen resulta imprescindible evitar que la lógica de la confrontación termine relegando las enseñanzas de la historia. La seguridad nunca debería construirse al precio del olvido.
Llama la atención que muchas de las principales potencias occidentales no solo contemplen con tranquilidad este proceso, sino que en numerosos casos lo alienten como parte del reforzamiento de las alianzas estratégicas en Asia. Desde esa perspectiva, el fortalecimiento militar japonés aparece como un componente más de la arquitectura de contención frente a China. Sin embargo, ese cálculo geopolítico corre el riesgo de minimizar el peso de la memoria histórica y de ignorar las percepciones profundamente arraigadas entre los pueblos que padecieron directamente la ocupación japonesa.
La diferencia con el caso alemán resulta particularmente ilustrativa. La memoria del nazismo se ha convertido en un patrimonio universal, mientras que la del militarismo japonés permanece, en gran medida, circunscrita al ámbito regional. Esa diferencia no implica establecer equivalencias mecánicas entre ambos procesos históricos, pero sí invita a preguntarse por qué uno ha dado lugar a una sólida cultura internacional de prevención mientras el otro continúa ocupando un lugar mucho más marginal en la conciencia global.
Tal vez esa insuficiente interiorización explique por qué determinadas transformaciones estratégicas suscitan hoy una preocupación limitada fuera de Asia. Sin embargo, para quienes conservan una memoria directa o transmitida de aquellos acontecimientos, las referencias al pasado no constituyen un ejercicio de revisionismo retrospectivo, sino una advertencia sobre la importancia de impedir que determinadas dinámicas vuelvan a desarrollarse sin suficiente escrutinio.
La historia demuestra que los grandes conflictos rara vez surgen de manera repentina. Suelen incubarse lentamente, alimentados por cambios tecnológicos, rivalidades internacionales, discursos nacionalistas y procesos graduales de normalización del recurso a la fuerza. Precisamente por ello, las políticas de prevención resultan mucho más eficaces cuando se apoyan en una memoria histórica sólida y compartida.
Urge, por tanto, promover una conciencia más amplia sobre el legado del militarismo japonés, no con ánimo de reabrir heridas ni de alimentar antagonismos permanentes, sino como parte de una cultura internacional de paz. Esa tarea corresponde en primer lugar a los países de Asia oriental, depositarios de una memoria especialmente intensa, pero también a la comunidad internacional en su conjunto. La prevención de los conflictos exige recordar todas las tragedias, no solo aquellas que han ocupado un lugar privilegiado en la memoria occidental. Porque la historia no solo sirve para explicar el pasado; también constituye una herramienta imprescindible para reconocer a tiempo los riesgos del presente y evitar que vuelvan a repetirse los errores que condujeron a algunas de las mayores catástrofes de la humanidad.