Por esa razón los festejos organizados por el tycoon en la Casa Blanca ponen de relieve divisiones y conflictos de larga data sobre el verdadero significado del tan aclamado documento fundacional. Nunca como antes historiadores, académicos y filósofos norteamericanos se preguntan quiénes forman parte de la comunidad nacional y qué debería representar y encarnar. Subyace a todo esto un factor común a otros países, aunque especialmente punzante en el caso de EE.UU. La inevitable brecha entre la perfección de lo imaginado y el desacierto de los incumplimientos.
Nadie puede desmentir que aquel admirado modelo liberal hoy se presenta al mundo como una entidad dividida y polarizada. Lo corroboran el análisis de los flujos electorales y las encuestas de opinión. Fragmentación que el tan significado aniversario, en cierta medida, magnifica y distorsiona. Desde enero de 2025 y su regreso al despacho oval, Trump en ningún momento ha lanzado mensajes de unidad e inclusión agrandando la brecha entre los noventa millones de electores que le volvieron a encumbrar y quienes no ocultan una profunda inquina hacia el multimillonario. Lo único que parece importarle es abultar sus riquezas a expensas de lo prometido en campaña electoral.
Según un reportaje del New York Times (véase enlace https://tinyurl.com/42taehn3), el neoyorkino ha ingresado en sus cuentas corrientes al menos 2 millardos de dólares. Proceden en gran medida de inversiones en el sector de las criptomonedas – un resultado opuesto al logrado por su admirado Milei en Argentina – y actividades paralelas como la venta de relojes, perfumes y licencias para que terceros utilicen su marca comercial.
Un modus operandi que busca replicar en los festejos del 4 de julio. Todo gira alrededor de su persona. Se ha apropiado de la efeméride, intentando superponer la imagen de hombre exitoso a la de una entera nación y convirtiendo el aniversario en una celebración de sí mismo. Su definición marcadamente partidista de lo que debería ser EE.UU. sólo contribuye a tensar ulteriormente la cuerda y alimentar el nerviosismo. Ha llegado incluso a reproducir un billete conmemorativo de 250 dólares con su rostro y establecer un fondo de casi 1800 millones para indemnizar a supuestos “patriotas”, figurando entre ellos quienes asaltaron el Capitolio disfrazados de búfalos el 6 de enero de 2021.
De este modo, el recuerdo y los festejos por la Declaración de Independencia han sido tergiversados y distorsionados, puestos al servicio de una narrativa falaz y utilizados para exaltar el nacionalismo racial que abanderan los acólitos de movimiento Make America Great Again (MAGA).
Trátense de una forma de absolutismo esencialista casi preconstitucional, en la que la independencia no se ve complementada por la magna carta de 1787. El actual presidente ha sido el único mandatario de la historia en emitir una orden ejecutiva que designa el inglés como idioma oficial del país. Como bien indica la académica Krisitn Kobes Du Mez en su monografía Jesús y John Wayne, cómo los evangélicos blancos corrompieron una fe y fracturaron una nación, la gran ambición de Trump es que EE.UU. sea “una nación blanca, angloparlante y fundamentalmente cristiana”. Como declaró el secretario de Estado Marco Rubio el pasado febrero en la Conferencia de Seguridad de Munich (véase discurso completo al enlace https://tinyurl.com/y4trhs3k), Europa y EE.UU. forman “parte de una única civilización, la occidental”. “Nos unen los vínculos más profundos que pueden existir entre naciones” matizo el republicano, “forjados a lo largo de siglos de historia compartida y de fe cristiana (…)”.
El choque entre esa concepción particular de la identidad nacional y otra de carácter cívico y equitativa data un cuarto de milenio. Pero ha vuelto a implosionar en los últimos veinte años. Trump es el producto y resultado de similar conflicto, no la causa. Pero al regresar a la Casa Blanca se ha convertido en el gran bombero pirómano. Esta imagen distorsionada de los valores patrios se exhibe en la iniquidad de los aparatos de seguridad para identificar, esposar y deportar a quienes residen sin estatus legal, en la destitución de altos cargos militares que no le secundan incondicionadamente y en la discriminación contra las mujeres. Conducta que se significa por una retórica violenta y cruel.
Este exasperado nacionalismo corre el riesgo de penetrar capilarmente en los estratos de la sociedad estadounidense. El neoyorquino es un mandatario impopular en una nación fracturada y polarizada. Cuenta con el seguimiento de una minoría y el rechazo de una mayoría con índices de aprobación del 36% y del 59% según la última encuesta de Gallup. El pujante rechazo hacia Trump es la natural consecuencia de tomas de decisiones erróneas como el apoyo a Israel en la guerra contra Irán, onerosos proyectos públicos que impactan en los bolsillos de los contribuyentes (el salón de baile en la Casa Blanca o el levantamiento de un arco de triunfo en Washington) y políticas financieras incongruentes.
El próximo noviembre se celebrarán las elecciones de medio mandato. Se renovará un tercio del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes. Las encuestas sugieren que el partido del burro recuperará el control de al menos una de las dos cámaras. Si se cumplen los vaticinios, Trump enfrentará los dos últimos años de mandato debilitado y con un gobierno más que dividido. Y no cabe duda de que tal inestabilidad golpeará y repercutirá en un país aún más fraccionado y polarizado.
Parafraseando a Ramón González Ferriz, de los mejores analistas contemporáneos, cabe interrogarse si “la deriva autoritaria de Trump es solo una de las crisis que los padres fundadores previeron o (…) la señal de que los valores ilustrados y liberales ya no sirven para gobernar a las sociedades contemporáneas” (es posible acceder al texto integral al enlace https://shorturl.at/7nc60).