Basta observar lo ocurrido en las últimas semanas para comprender que estamos ante un acontecimiento que trasciende ampliamente el ámbito deportivo. Las imágenes del Obelisco de Buenos Aires teñido de celeste y blanco, colmado por miles de personas celebrando el pase a la final, han dado la vuelta al mundo. Del mismo modo, la plaza de Cibeles en Madrid, acostumbrada a festejos futbolísticos, ha vuelto a convertirse en el escenario de una celebración colectiva difícil de explicar desde la mera lógica racional.
Hay pocos acontecimientos capaces de movilizar a millones de ciudadanos de manera simultánea. La política ya no lo consigue con la intensidad de antaño; la cultura, salvo contadas excepciones, convoca a públicos más reducidos; incluso las grandes causas sociales encuentran dificultades para mantener la atención pública durante largos periodos. El fútbol, en cambio, conserva intacta esa capacidad para detener conversaciones, modificar agendas y generar una emoción compartida entre personas que, fuera del estadio, probablemente discreparían en casi todo.
Quizá sea precisamente por ello que el deporte nunca ha permanecido completamente ajeno a la política. Sería ingenuo pensar lo contrario. La historia del siglo XX está llena de ejemplos que así lo demuestran. Desde los Juegos Olímpicos de Berlín hasta el llamado “partido de la muerte” en la Ucrania ocupada, pasando por el célebre encuentro entre Estados Unidos e Irán en el Mundial de Francia 1998, el deporte ha servido frecuentemente como escenario simbólico de conflictos, reivindicaciones y reconciliaciones.
España y Argentina tampoco han sido una excepción. En nuestro tiempo hemos visto cómo el expresidente Mariano Rajoy, en una de sus conocidas incursiones como comentarista deportivo, llegó a provocar un pequeño incidente diplomático con Francia a raíz de unas desafortunadas reflexiones sobre el país vecino. Del otro lado del Atlántico, la vicepresidenta argentina Victoria Villarruel calificó en una ocasión de “piratas” y “usurpadores” a los británicos en el contexto de la cuestión de las Islas Malvinas, una reivindicación histórica que reaparece periódicamente en los grandes acontecimientos deportivos. No es casualidad que en distintas competiciones internacionales algunos deportistas argentinos hayan exhibido mensajes o banderas recordando esa causa, a mi juicio ya definitivamente perdida.
No se trata de juzgar si estas manifestaciones son oportunas o no. Lo relevante es constatar que el deporte continúa siendo un poderoso vehículo de identidad colectiva. Cada selección nacional representa algo más que un conjunto de futbolistas excepcionalmente dotados y preparados. Representa una determinada manera de entender la vida, una memoria compartida y, en muchos casos, una forma de estar en el mundo.
Por eso he decidido no rehuir la pregunta que durante los últimos días me han formulado amigos, familiares, lectores y conocidos con una insistencia casi entrañable: “¿Con quién vas el domingo?”.
La respuesta, para decepción de quienes esperan una declaración inequívoca, es que no lo sé.
Y no lo sé porque, en realidad, llevo demasiado tiempo perteneciendo a dos lugares al mismo tiempo.
Nací en Argentina, en una tierra de inmigrantes que hizo de la mezcla una de sus principales señas de identidad. Allí están mis primeros recuerdos, las calles de mi infancia, los afectos que sobreviven al paso del tiempo y la memoria de quienes ya no están. Argentina es la voz de mis abuelos, el acento que nunca desaparece del todo y la nostalgia que acompaña a quienes un día hicieron las maletas y emprendieron otro camino.
Pero España es también mi casa. Llevo aquí buena parte de mi vida adulta. En este país he construido mi proyecto profesional y personal. He tenido la inmensa fortuna de dedicarme a aquello que más me apasiona: escribir y editar libros. España me abrió sus puertas y me permitió convertirme, además de en residente, en ciudadano de pleno derecho.
Con el paso de los años uno descubre que la identidad no siempre responde a categorías simples. Hay quienes tienen la suerte —o la complicación— de poder responder sin vacilar cuando se les pregunta de dónde son. Otros, en cambio, terminamos habitando una suerte de territorio intermedio.
No soy el único. Miles de argentinos viven hoy en España, del mismo modo que miles de españoles encontraron en Argentina un hogar durante los momentos más difíciles del siglo pasado. Entre ambos países existe una relación singular, construida a lo largo de generaciones enteras. España está llena de familias con un abuelo gallego, una madre argentina o un hijo nacido en Madrid. Argentina, por su parte, continúa siendo, en muchos sentidos, una prolongación sentimental de España al otro lado del océano.
Quizá por eso esta final tenga algo de reunión familiar. Una reunión particularmente competitiva, eso sí.
Recuerdo que, cuando comenzaron las eliminatorias, albergaba una secreta esperanza: que una de las dos selecciones quedara eliminada antes de tiempo. No por falta de confianza en ninguna de ellas, sino porque intuía que este escenario terminaría colocándome frente a una pregunta imposible de responder e interpelándome.
Pero el fútbol, que posee un peculiar sentido del humor, decidió otra cosa.
Y aquí estamos.
Durante estos días he escuchado argumentos de todo tipo. Los argentinos me recuerdan que uno nunca deja de ser del lugar donde nació. Los españoles me recuerdan, con idéntica convicción, que la patria también es el sitio donde uno decide quedarse. Ambos tienen razón.
Así que, llegado este punto, me temo que solo puedo hacer una confesión: tengo el corazón partido. O, mejor dicho, el corazón “partío”, como supo cantar Alejandro Sanz en aquella canción que marcó a toda una generación.
El domingo me sentaré frente al televisor con una sensación extraña. Celebraré cada buena jugada, sufriré con cada ocasión de peligro y, pase lo que pase, sabré que una parte de mí terminará inevitablemente triste mientras la otra encontrará motivos para celebrar.
Tal vez esa sea la verdadera enseñanza de esta final. Que es posible querer a dos países al mismo tiempo. Que las identidades no son compartimentos estancos. Y que, en un mundo cada vez más empeñado en obligarnos a elegir entre unos y otros, quizá convenga reivindicar el derecho a sentirse parte de más de una historia.
Todavía queda tiempo hasta el domingo. Quizá en las próximas horas alguien consiga convencerme. Quizá me despierte el día de la final con una certeza absoluta. O quizá no.
Mientras tanto, seguiré respondiendo lo mismo a quienes me preguntan: esta vez, gane quien gane, también perderé un poco.
Y, sinceramente, no se me ocurre una definición más exacta de lo que significa tener el corazón partido.