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Y España volvió a reinar

· Por Francisco Trejo Jiménez

lunes 20 de julio de 2026, 18:22h
Y España volvió a reinar
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España no conquistó únicamente un Mundial. Demostró que todavía se puede ganar una final jugando al fútbol. En un tiempo en el que demasiados partidos decisivos se resuelven entre el miedo, la protesta y el cálculo, la selección española eligió el camino más difícil: dejar que hablara el balón. No necesitó milagros, ni relatos, ni gestas prefabricadas. Le bastó con jugar. Cada posesión fue una declaración de principios. Cada combinación, una renuncia al atajo. Mientras unos buscaban detener el partido, España lo hacía avanzar. Mientras otros discutían cada decisión, ella construía la siguiente jugada. En una final donde el ruido amenazaba con convertirse en protagonista, la selección española eligió el lenguaje más difícil y, al mismo tiempo, el más convincente, el del fútbol.

No fue una victoria nacida de la épica desesperada. Fue el triunfo de una convicción. España recordó que las grandes conquistas no empiezan levantando los brazos hacia el árbitro, sino bajando el balón al césped; que el talento necesita disciplina, que la belleza también exige sacrificio, y que la mejor respuesta a cualquier relato siempre acaba siendo el juego. Solo entonces apareció el reverso de la historia.

No llores por ti, Argentina. El fútbol no reparte indulgencias ni concede privilegios a quien confunde el prestigio con la impunidad. La memoria no marca goles, la nostalgia no da asistencias y los viejos relatos nunca sustituyen al fútbol. Mientras España escribía la final con el balón, Argentina pretendía reescribirla entre interrupciones, protestas y nervios. Eligió el ruido precisamente el día en que el fútbol decidió escuchar el silencio de quien mejor trataba la pelota. Y cuando el balón deja de escucharte, ya no quedan escudos ni leyendas capaces de discutir su veredicto.

Qué irónico resulta el destino. Quien durante tanto tiempo creyó dominar el relato terminó prisionero de sus propias excusas. Cada interrupción parecía un intento desesperado de detener un reloj que ya había elegido bando. Cada protesta sonaba menos a rebeldía que a resignación. Porque cuanto menos aparecía el fútbol, más aparecía la ansiedad.

Y entonces llegó la imagen que resumió toda la noche. Messi, con lágrimas en los ojos, descubría que ni siquiera las leyendas consiguen convencer al balón de que olvide quién lo trató mejor. El fútbol, tan ingrato como justo, tampoco hace excepciones.

Las lágrimas nunca cambian el resultado de una historia. Después del llanto llega el momento más difícil: mirarse al espejo. Y fue precisamente el espejo el gran ausente de la noche. Llegaron las explicaciones, como siempre llegan: el árbitro, los detalles, la fortuna… Todo desfiló por la escena menos el verdadero protagonista: el juego. Porque cuando falta el espejo, sobran las excusas. Y el juego había sido rotundo. A un lado, una selección que convirtió el balón en argumento; al otro, un equipo demasiado ocupado intentando discutir el fútbol en lugar de jugarlo.

Pero esta historia nunca perteneció al derrotado. Perteneció al campeón. España no necesitó proclamar una nueva era. Le bastó con jugar para que todos la vieran. No hubo discursos grandilocuentes, solo pases. No hubo gestos teatrales, solo fútbol. No hubo necesidad de convencer al mundo; bastó con recordarle que las finales siguen ganándose donde siempre se ganaron: junto al balón.

No ganó solo un Mundial. Recuperó una manera de entender este deporte. Mientras unos discutían el partido, otros lo jugaban. Y casi siempre, cuando el balón tiene que elegir entre el ruido y el talento, acaba rodando hacia quien nunca dejó de tratarlo con respeto.

Aquella noche no ganó solo España. Ganó el fútbol. Y el fútbol, por una vez, volvió a hablar con acento español.

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