La reforma incorpora 22 sectores y subsectores que hasta ahora quedaban fuera del sistema, al tiempo que mejora la cobertura concedida a las actividades que ya podían solicitarla. La medida pretende reducir el riesgo de que parte de la producción industrial abandone España o la Unión Europea para instalarse en países con precios energéticos inferiores y exigencias climáticas menos estrictas.
Más industrias acceden a la compensación del CO2
El mecanismo no cubre emisiones liberadas directamente por una fábrica, sino una parte del sobrecoste que soportan determinadas empresas debido a la repercusión del precio de los derechos de emisión en el mercado eléctrico. Esta diferencia resulta importante: la ayuda actúa sobre la factura de la electricidad consumida por la instalación, de acuerdo con los parámetros establecidos en la normativa.
La orden mantiene el marco regulador del Real Decreto 309/2022, aplicable al periodo 2021-2030, pero modifica sus anexos para revisar las actividades elegibles y los criterios de cálculo. Por tanto, no se trata de un nuevo real decreto, sino de una actualización del sistema existente mediante una orden ministerial publicada el 7 de julio de 2026.
Entre las nuevas actividades figuran la fabricación de productos básicos de química orgánica, fertilizantes, colorantes, caucho sintético, plásticos en formas primarias, fibras artificiales y pilas. También se incorporan la preparación e hilado de fibras textiles, la producción de vidrio plano y hueco, la cerámica, determinados procesos metalúrgicos, los tableros de madera y algunas ramas de la minería metálica.
La ampliación reconoce que la exposición al coste eléctrico ya no afecta únicamente a la siderurgia, el aluminio o el papel. Procesos como la fusión del vidrio, la fabricación de azulejos, la producción química o el tratamiento de metales necesitan grandes cantidades de energía y compiten con proveedores situados fuera del mercado europeo de derechos de emisión.
La intensidad máxima de la ayuda sube del 75 % al 80 % para los sectores que ya estaban incluidos en el mecanismo. En cambio, las 22 actividades añadidas podrán obtener una compensación máxima del 75 % de los costes indirectos subvencionables. Esta diferencia responde a la clasificación establecida en los dos cuadros del nuevo anexo y evita aplicar un porcentaje idéntico a situaciones industriales distintas.
Costes energéticos y seguridad en las plantas industriales
La entrada de nuevas ramas productivas amplía el alcance económico de las compensaciones. Una fábrica de vidrio, una instalación química o una planta de fibras sintéticas debe mantener hornos, motores, sistemas de ventilación, cuadros eléctricos y equipos de control durante ciclos prolongados. Por ello, incluso una variación moderada del precio de la electricidad puede alterar sus márgenes y sus decisiones de inversión.
La reducción parcial del sobrecoste no elimina la necesidad de mejorar la eficiencia. Las empresas deben revisar consumos, mantener la maquinaria en condiciones adecuadas y valorar inversiones que reduzcan la energía necesaria por unidad producida. La ayuda protege la competitividad, pero no sustituye la modernización de los procesos ni la planificación energética.
Además, la continuidad de las operaciones exige prestar atención a la prevención de incendios en instalaciones con alta tensión y equipos sensibles. En zonas con cuadros, centros de control o maquinaria eléctrica, un extintor co2 resulta adecuado porque emplea dióxido de carbono y no deja residuos sobre los componentes. Su selección, ubicación y mantenimiento deben ajustarse al riesgo real y a la normativa aplicable.
Esta cuestión cobra especial relevancia en actividades donde una descarga accidental, un sobrecalentamiento o un fallo eléctrico puede detener una línea completa. La paralización no solo afecta a la producción inmediata. También puede dañar materiales en proceso, alterar los plazos de entrega o elevar el coste de reparación de equipos diseñados para trabajar de forma continua.
Por ello, la política de ahorro energético y la seguridad operativa deben avanzar de forma coordinada. Cambiar motores, automatizar consumos o instalar nuevos sistemas eléctricos puede mejorar la eficiencia, pero también obliga a revisar protecciones, procedimientos internos y medios de extinción. Una inversión industrial pierde parte de su valor cuando no contempla los riesgos asociados a la nueva infraestructura.
La electrificación también transforma el transporte
La fabricación de pilas y acumuladores eléctricos figura entre las nuevas actividades elegibles. Su inclusión muestra la creciente conexión entre la política industrial, el almacenamiento energético y la movilidad. Las baterías ya no constituyen un componente limitado al automóvil, sino una pieza relevante para redes eléctricas, instalaciones renovables, maquinaria y sistemas de respaldo.
Este desarrollo puede reforzar la cadena de valor asociada al vehículo eléctrico, aunque las compensaciones no actúan directamente sobre el precio pagado por el comprador. Su efecto se concentra en las instalaciones industriales que cumplen los requisitos del sistema. A medio plazo, una producción más competitiva puede favorecer la disponibilidad de componentes, servicios técnicos y soluciones de almacenamiento.
En el mercado particular, la expansión de la movilidad eléctrica también depende de la oferta de segunda mano. Los coches eléctricos de ocasión en Canarias permiten acceder a modelos ya matriculados, con distintas capacidades de batería y configuraciones, sin asumir necesariamente el coste de un vehículo nuevo. La revisión del historial y del estado del sistema eléctrico adquiere aquí un peso mayor que la mera comparación de precios.
La salud de la batería condiciona buena parte del valor real de un eléctrico usado. Antes de formalizar una compra conviene conocer su capacidad disponible, el comportamiento durante la recarga, el historial de mantenimiento y las garantías ofrecidas. También deben analizarse la autonomía necesaria, la disponibilidad de puntos de carga y el tipo de recorridos habituales.
En un territorio insular, la elección puede ajustarse con precisión a las distancias cotidianas. Sin embargo, no todos los usuarios tienen las mismas necesidades. Un vehículo destinado a desplazamientos urbanos presenta exigencias diferentes a las de un automóvil familiar, una furgoneta de trabajo o un modelo utilizado de forma frecuente en trayectos con desniveles.
Seguridad eléctrica en talleres y zonas de recarga
El crecimiento del parque eléctrico introduce nuevas necesidades en talleres, aparcamientos y áreas de recarga. Las baterías de tracción, los cargadores y los componentes de alta tensión requieren protocolos específicos. Los profesionales deben identificar los circuitos, aislar correctamente el vehículo y emplear herramientas y equipos de protección adecuados antes de intervenir.
La prevención tampoco debe reducirse a disponer de un equipo de extinción. Es necesario mantener despejadas las vías de evacuación, inspeccionar las instalaciones, controlar el estado de los cargadores y formar al personal. La respuesta ante una incidencia depende tanto del medio empleado como de la rapidez con la que se detecta y se aplica el procedimiento previsto.
En cuadros eléctricos, cargadores convencionales y equipos electrónicos, un extintor de co2 evita depositar polvo sobre conexiones y componentes delicados. No obstante, cada espacio necesita una evaluación propia, ya que los riesgos asociados a una batería de tracción no son idénticos a los de una instalación eléctrica ordinaria.
La ubicación de los medios de protección debe responder a criterios técnicos y no a la simple disponibilidad de espacio. Asimismo, las revisiones periódicas permiten comprobar la presión, la accesibilidad, la señalización y el estado general del equipo. Un extintor oculto tras mobiliario, sin mantenimiento o desconocido por el personal aporta una seguridad meramente aparente.
La ayuda exige eficiencia y planificación empresarial
El mecanismo de compensación forma parte de una estrategia industrial más amplia. Las empresas beneficiarias deben integrar el apoyo en decisiones relacionadas con la eficiencia, la inversión y la continuidad de la actividad. Recibir una subvención durante un ejercicio no resuelve por sí sola la exposición a futuras oscilaciones del mercado eléctrico.
Por ello, los planes industriales pueden combinar contratos de suministro, autoconsumo, almacenamiento, renovación de maquinaria y sistemas de gestión de la demanda. La competitividad dependerá de cuánto consiga reducir cada planta su consumo estructural, no solo del porcentaje de costes indirectos que pueda recuperar mediante una convocatoria pública.
La ampliación también puede alterar proyectos que hasta ahora quedaban fuera del sistema. Una fábrica de vidrio, cerámica, fertilizantes o componentes para baterías dispone de un nuevo elemento para calcular la viabilidad de una inversión. Sin embargo, la inclusión de su actividad no implica la concesión automática de fondos: la instalación deberá acreditar que cumple las condiciones y presentar la documentación exigida.
Las convocatorias anuales concretarán los plazos, el presupuesto disponible y el procedimiento de solicitud. Además, la compensación se calcula mediante referencias de consumo eficiente, producción y precios de los derechos de emisión. Esto impide equiparar el porcentaje máximo anunciado con un reembolso directo de la misma proporción sobre toda la factura eléctrica.
La publicación de la orden abre así una etapa de revisión para numerosas compañías. Departamentos financieros, responsables energéticos y equipos de producción tendrán que comprobar el código de actividad aplicable, separar los consumos subvencionables y preparar datos verificables. La precisión documental será decisiva para trasladar la reforma normativa a la planificación económica de cada instalación.