A Pedro Sánchez se le han señalado como traidor por no llegar a la presidencia por las urnas, pero esa afirmación carece de sentido y rigor. No es ajustada a nuestro sistema democrático. El líder del PSOE alcanza el poder por la representación cedida por cada uno de los españoles a los grupos parlamentarios. Punto. Es la esencia de nuestro modelo. España no se rige constitucionalmente por un sistema presidencialista, aunque para el portavoz del Partido Popular en el Congreso de los Diputados haya parecido que sí. El parlamentarismo bebe del principio de ‘confianza de la Cámara’, de mayorías, no de la elección simple y directa, papeleta a papeleta, en la calle. Señalar a Sánchez por sus malabares y argucias para aterrizar en Moncloa es propio de quien tiene mal perder. El problema de fondo no serían sus aliados políticos sino, en puridad, el sistema electoral y democrático español: con déficits, con limitaciones, pero que nadie -ni el Partido Popular con mayoría absoluta- ha decidido cambiar. De aquellos polvos, estos lodos.
La realidad es que, por una razón u otra, España se gobierna con el alineamiento de minorías que quieren debilitarla pero, paradójica e irremediablemente, viven de ella. He aquí el “mercado persa”: un partido hegemónico compra votos vendiendo competencias o entregando presupuestos, según el momento histórico. Lo hizo Aznar en el 96 con los nacionalistas (¡ay la educación!). Lo hizo Zapatero y el ‘Estatut’ (iba a quedar “limpio como una patena”, ¿recuerdan?). Y ahora de nuevo el “cuponazo” de Rajoy. Este mecanismo, sinceramente, no es el propio de una democracia avanzada.
¿Tenemos ahora el gobierno que nos merecemos? Desde luego, seguimos soportando un sistema imperfecto, que confunde poder legislativo con poder ejecutivo, y eso acarrea consecuencias. Finalmente, las mayorías parlamentarias devienen en mayorías regionalistas y soberanistas que corroen el interés nacional, y así se confunde la carrera de San Jerónimo con una asamblea que recoge y amplifica las demandas, presiones, reivindicaciones y hasta los chantajes que, en todo caso, deberían tener su sitio acotado y exclusivo en el Senado. ¿Por qué ningún grupo político desea cambiar estos engranajes y vicios? ¿Porque viven de ellos? ¿Por qué permanecen insensibles a ciertos clamores que manifiestan amplios sectores de la sociedad? Juzguen ustedes.