No me considero la gran amistad de Alfredo Rodríguez, ésa es la verdad; porque además, el tenía muchos y grandes amigos de los de toda la vida. La última ocasión que coincidimos fue hace año y medio, cuando tuvo la deferencia, como había hecho en tantas ocasiones, de invitarme amablemente a asistir a su palco de empresa en el Wanda Metropolitano para seguir el partido del Atlético de Madrid contra el Sevilla (un 2-1, si no me falla la memoria). Disfrutamos del espectáculo, por lo emocionante de aquel mediodía y por el networking tan agradable y hasta productivo siempre. Estaba esa jornada allí, como casi siempre, Julián Corrales, uno de los críticos del mundo del motor que conjugan como pocos el conocimiento y la pasión por lo que hace, incluido el área de las relaciones públicas, desde donde promocionaba como nadie El Brillante.
Intercambiamos palabras más o menos triviales sobre la marcha de la economía y el deporte. No recuerdo mucho más. Antes, siempre a través de las mejores artes de Corrales, me ponía al corriente de las inauguraciones de sus locales de éxito, fuesen en un centro comercial de Getafe o en Boadilla del Monte. E incluso hace un tiempo grabamos, en los jardines del Palacio del Infante Don Luis, un anuncio publicitario sobre uno de sus proyectos/productos/marcas.
Ni conozco ni me interesan los detalles sobre la forma en la que nos ha dejado. Por puro respeto a una persona, a su familia, a un empresario, el rey del bocata de calamares, tan simbólico desde su establecimiento madrileñísimo y abarrotado siempre en plena glorieta de Atocha, por cuya puerta entro cada día a Madrid desde hace dos décadas.
La crisis económica que golpea a muchísimos más españoles de los que imaginamos, y que derriba cualquier estadística oficial u oficialista, va ligada a una terrible depresión emocional, que se ha traducido en un aumento sin precedentes en el consumo de antidepresivos, ansiolíticos y neurolépticos por parte de demasiados compatriotas.
Ninguna muerte puede ser útil, por contundente que sea el mensaje que envíe al conjunto de la sociedad, haciéndola abrir por fin los ojos, porque todo deceso deja detrás un sufrimiento y un desgarro inabarcable del que sólo podemos compadecernos.
Estoy con Alfredo, con los amigos que compartimos (ahora me acuerdo de Juan Carlos Delgado, El Pera) y con los que no, con sus seres queridos en su entorno más privado e íntimo. Y me temo que, seguramente, cada día, cuando doble la glorieta de Santa María de la Cabeza y avance antes de entrar en el Paseo del Prado, no dejaré de pensar, a la altura de El Brillante, en tantos autónomos y hosteleros que merecen un futuro mejor: una vida digna, lejos de la maldita tragedia y del insensible e injusto estrangulamiento del perverso Estado. DEP.