España hace años que entró de lleno en una etapa de su historia en la que el estancamiento de la nación ha tenido mucho que ver con la llegada a las instituciones -por la
vía de las urnas pero, al tiempo, al asalto- de politicastros y politicuchos incapaces de regentar una simple tienda de golosinas o una mercería de barrio: no había ni hay formación, ni experiencia, ni talento ni (no digamos ya) medio gramo de excelencia. Es en la entronización de la incompetencia y el analfabetismo, precisamente, donde hunden las raíces los problemas estructurales que nos aquejan como colectivo.
Todo tiene un límite; la paciencia de los ciudadanos, también. Y así hay que leer el castigo que se prepara para las mesnadas de Podemos, que ya suman demasiados años
acreditando fariseísmo y errores, haciendo alarde público de la mentira y provocando unos daños y perjuicios, especialmente al tejido económico y a la sociedad civil, en términos generales. Buena parte de la población dirá ‘basta’.
Pero el partido morado está echando el resto, desde su decadencia y camino a la irrelevancia, para morir matando: no al Partido Popular, ni a Vox, ni tampoco al PSOE. El
enemigo es esa otra parte de la extrema izquierda -igualmente indocta- pero que reclama más protagonismo presentándose -incluso estéticamente- con presunción de aseo: dejando a un lado el asilvestramiento, los pañuelos palestinos y los modales de extrarradio, en resumen, con los que se aupó a las alturas la originaria pandilla de Iglesias.
La guerra precisamente entre Díaz, quizá la ministra más infantiloide (a pesar de la durísima competencia) de nuestra corta historia democrática, y el grupo de amigas de
Montero, igualmente una de las ministras más ineptas que ha llevado cartera en estos últimos 40 años es apenas un síntoma, una reacción peripatética de lo que se ve venir el 28M: el primero de unos cuantos varapalos -no harán falta demasiados- que devolverán a numerosos cargos públicos de extrema izquierda al sitio del que procedían, la nada.
Suele decirse, a la ligera pero no sin falta de cierta razón, que el pueblo tiene los políticos que se merece. Sin embargo, éstos, cuando ensanchan y agrandan su inutilidad, se
graban a sí mismos la fecha de caducidad en su nómina. En ocho semanas se conocerá con bastante exactitud la que ya llevan inscrita -y lo saben- la colección de cargos públicos que mayores destrozos -empezando por los materiales- ha causado a una sociedad que, para colmo de la injusticia, lleva años, por la vía impositiva, enriqueciéndoles.